martes, 30 de diciembre de 2014

PIROTÉCNICOS REUNIDOS, S.A


Jadeando, con la dificultad que sus minúsculas piernas le permitían, llegó por fin,  a la cumbre de la montaña, aquella soleada mañana de domingo.  Casi  mil quinientos metros de altura le separaban de la civilización, allá en aquel pequeño pueblo que se adivinaba entre algunas nubes bajas.
“Todo el mundo a mis pies”—susurró  Marcial—“Nadie es capaz de escalar hasta donde yo, por esta pared vertical; mañana dejaré de ser Marcialito”. Acercándose al pilón de hormigón, que marcaba el  punto geodésico de la montaña, se echó a reír al pensar en su inminente y más que probable  ascenso a la dirección de la empresa. A esas horas  el Presidente, don Gumersindo,  ya habría leído  el borrador del contrato millonario que le adelantó el sábado por correo electrónico. “Seguro que firmo con los chinos antes que nadie”—imaginó.
Respiró profundamente  admirando  el  magnífico espectáculo de mar y montaña; y pensó que  nunca volverían a  humillarle las burlas  de sus compañeros, ni soportaría  la indiferencia del presidente de Pirotécnicos Reunidos, y sobre todo,  acabaría con la arrogancia de  Julián,  vendedor estrella de la compañía  que aspiraba, el muy ingenuo,  a hacer méritos para cubrir la vacante de director.
—Ese puesto me pertenece—gritó Marcial a pleno pulmón.
Camisa blanca, blazer azul marino —algo grande— y blanca dentadura  resaltaban  la bronceada  tez del pequeño Marcial, al entrar  en la oficina,  a la mañana siguiente. Le pareció oír murmullos o risas apagadas, no supo distinguir de quiénes, pero le daba  igual, miraba por encima de sus holgadas hombreras hacia el infinito.  “Pronto se van a enterar estas presuntuosas y  estos estúpidos de lo que Marcial es capaz”—barruntaba.  Apretando en la mano la cartera cuyo contenido le iba a encumbrar a la gloria y, sobre todo, a hundir en la miseria a ese mequetrefe de Julián, se dirigió hacia su mesa para esperar la hora de la reunión de ventas del lunes.
A las 10.55 Marcial ya estaba junto a sus compañeros de ventas en la sala de reuniones, esperando al Presidente. “¡Qué raro que no haya venido Julián!”—Pensó—“¡lo que se va a perder!”.
Cinco minutos más tarde entró a la sala don Gumersindo e inmediatamente detrás Julián. “Casi llegas tarde idiota; ya verás cómo se te borra de la cara esa sonrisa de conquistador”—saboreó Marcial.  Después de los saludos corteses de rigor, el presidente anunció que tenía una importante noticia que dar, antes de hablar de las cifras de negocio:
—Como todos sabéis, tenemos pendiente el nombramiento de  director de Pirotécnicos Reunidos S.A—  Marcial, atento elevó sus hombros y miró a derecha y a izquierda—…después de valorar sus méritos y recientes éxitos comerciales he pensado que la persona idónea para desempeñar el puesto es Julián Pamplona, por su gran capacidad en gestión…— Marcial escuchó lívido las palabras del presidente—…sus grandes logros en ventas…
Crispado presionó sus pequeños puños sobre la mesa como para levantarse e  interrumpir don Gumersindo, quien seguía:
—…que ha llevado a nuestro querido y admirado  Julián a completar la firma ayer del contrato con el grupo importador de material pirotécnico más emblemático de Estados Unidos…”
“¿Cómo? ¡No puede ser, si era la  empresa china!“—pensó atropelladamente Marcial  mientras veía  a Julián, que discretamente achinaba los ojos y, a continuación,   abría su dedo corazón  con el puño cerrado en un inconfundible y universal gesto dirigido a él.
“Me la has jugado, he caído en tu trampa ¡maldito!”— pensó, mientras revivía vertiginosamente la película de la noche del viernes. A hurtadillas,  Marcial había regresado a la oficina en busca de la carpeta amarilla de contratos,  de la que jamás se desprendía  Julián,  al descubrir que la olvidaba sobre su mesa cuando todos se despedían para iniciar el fin de semana.  Como si de un espía se tratara, en realidad lo era, a oscuras pero ayudado de una linterna había leído apresuradamente y fotocopiado documentos de acuerdos previos con una empresa china que él conoció tiempo atrás pero nunca logró hacer cliente. Creyó que se adelantaría a su enemigo con la maniobra…
Sintiéndose estafado y derrotado, Marcial esperó, hundido en su asiento,  a terminar la reunión, sin prestar atención o respondiendo como un autómata. “Siendo Julián director, puedo considerarme hombre muerto, me va a despedir”— pensó
Salió apresuradamente de la oficina y bajando  al garaje, terminó de madurar una  idea con la que había fantaseado en más de una ocasión. Sería el último objetivo, su última misión en Pirotécnicos Reunidos. Él sabía cómo acabar con todo el oprobio. A Marcial le daba todo igual…
En el sótano abrió el maletero de su coche y sacó dos gruesos paquetes de muestra con marca de la empresa y triángulo de peligro.  Agazapado se dirigió al automóvil de Julián, miró hacia los lados y viendo que no había nadie y que el vigilante estaba en su garita absorto con  la televisión,  se sentó en el asiento del conductor para manipular los cables de encendido del motor. El señor Pamplona se iba a enterar.

16-12-2014

José María García

domingo, 30 de noviembre de 2014

RELATOS CORTOS

PAÑUELOS NEGROS:

      Pañuelos negros envuelven sus cabezas, agitados al viento. Expectantes y húmedos, sin lágrimas de tanto aguardar, sus ojos escudriñan el bravío horizonte, rasgado por gigantescas olas coronadas de blanca espuma en aquella mañana de Nochebuena. Inmóviles como estatuas, con infinita paciencia de cariátide de epopeya, permanecieron un día más las mujeres al borde del acantilado de Cabo Peñas, esperando que el embravecido mar ofreciera respuesta a su impotente dolor. Desde el embarcadero partieron hace cinco días sus hombres, en busca del preciado y bullente tesoro plateado, sardina y boquerón, que siempre traían al amanecer, casi siempre…

      ¡Cuán largo se hace el regreso del amado! ¡Qué Nochebuena más interminable!, ayer de alegres cantos y villancicos, hoy aguardando lúgubres tañidos de campanas. Juntas, solas,  tres yermas mujeres junto al hogar frente a la lumbre, apenas prueban bocado, lo olvidan, no lo necesitan; solo largos silencios interrumpidos por miradas y cuchicheos, recordando el día de su boda o quién sabe qué feliz momento junto a su hombre que les hace soltar una risita ensordecida. Temen enfadar al dios Neptuno si elevan la voz, sospechando que el rapto de sus esposos podría ser para siempre. Presienten  que sus vidas, sea cual sea el desenlace, se han unido esa noche, quizás por un trágico destino que todavía se niega a dar la amarga cara. Apenas unas horas duermen al fin,  juntas, abrazadas y desesperadas buscando el calor que presagian ya nunca volverá.
      Suenan bocinas de barcos y repiqueteos de campanas, se remueven, despiertan, no es un sueño. Con parsimonia se calzan, estiran el áspero y arrugado vestido del que no se han desprendido y, cubriéndose la cabeza, franquean la puerta. Caminan con paso firme, decidido, cogidas de la mano, inseparables pase lo que pase; las miran bajar por el lindero del puerto comprendiendo todos que esta Navidad les ha arrancado una parte de su existencia. Lo que quizás no saben es que un sentimiento ancestral unirá para siempre a tres desoladas mujeres de negros pañuelos.

Marzo 2014


DORADO CARTEL

      La lluvia borraba el dorado cartel anunciador de nuestros  encuentros  prohibidos, de aquel recóndito pueblo ya olvidado. Me atreví a cruzar la puerta giratoria, y al divisar tras el mostrador a Manuel, ¿recuerdas?, mi corazón quería salirse del pecho.
      Su mirada inteligente lo decía todo. Solo preguntó si deseaba la misma habitación. Amada mía, no pude decir no, fue irresistible para mí encontrarme con el testigo de nuestra desbordada pasión de otros tiempos felices.
      Desnudo abracé la almohada, y buscando impotente tu calor y luminosa piel de  seda, lloré tu ausencia largas horas de insomnio.
      Al alba,  dejé atrás nuestro efímero hogar, mientras mis pasos sobre la húmeda arena de la playa, buscaban infructuosamente tus huellas y tu sonrisa, tras muchos años borradas de la memoria. La tempestad y el bravío de las olas acogieron el culpable remordimiento  de las horas previas en vela,  mientras el gélido mar invadió para siempre mi cuerpo y mi alma por tu ausencia atormentados.

Enero 2014


INSTRUCCIONES PARA PONER EN MARCHA UNA LAVADORA.


Buenos días, queridos alumnos. Quiero daros la bienvenida a la asignatura que tengo el honor de impartir en este curso académico, “Tecnología y Electrodinámica de  flujos y procesos en el hogar convencional”  cuyo primer tema tratará sobre: 

Instrucciones para poner en marcha una lavadora.

Hoy, a modo de introducción,  haré unas breves definiciones de conceptos que nos sirvan de base para no perdernos en la intrincada y farragosa selva descriptiva, necesaria por otra parte,  para llevar a buen término, limpiamente y a salvo de cualquier crítica, el proceso completo.
Por “instrucciones” hay que entender, el conjunto de acciones a desarrollar, y esto es importante, de forma secuencial y en cadena, es decir una detrás de otra. No recomiendo alterar el orden ni improvisar otro paso diferente, entre medias de los establecidos, aún cuando estemos impulsados por el ánimo y atrevimiento de mejorar el procedimiento. Cualquier error o desviación, como veremos, puede resultar fatídico y de consecuencias imprevisibles. Por tanto, os recomiendo apliquéis  mucho rigor y pulcritud en el seguimiento de las pautas que se marquen en estas lecciones.
Qué es “poner en marcha”, sin descomponer el tipo ni la cara. Ya sé que para muchos de vosotros puede ser la parte más ardua, difícil de entender y comprender, sobre todo cuando se franquea la puerta de la calle y se entra en ese territorio prácticamente inexplorado e inextricable que denominamos hogar o casa de uno. Como sabéis una parte importante de nuestro cerebro se ha adaptado con versatilidad a funciones como “fútbol”, “jarra de cerveza”, “ordenador” y “amigachos”, entre otras. Poner en marcha no es descomponerse en marcha. Es mantener el porte y, siguiendo las directrices, conseguir que una maquinaria tan compleja y desarrollada como  una lavadora cumpla su función, que tal vez algún sabio diseñó (y malició) para ocupar el poquísimo tiempo disponible  entre las horas del periódico y la siesta. Se habla de que algunas personas habilísimas, son capaces de estirar el reloj entre el desayuno y la ducha matinal, ¡antes de salir al trabajo! y ponen en funcionamiento el aparato,  usando el sofisticado sistema de programación del lavado diferido, que no veremos hasta el próximo curso.

Y llegamos al meollo de la cuestión: ¿qué es una lavadora? Por lo que hasta ahora hemos dicho, podemos avanzar algunas de sus características. Es una máquina, de entrada,  inofensiva (no se tiene noticia sobre ataque a hombre alguno, ni amputación traumática de miembros), casi siempre situada dentro de la vivienda y más concretamente en una estancia  denominada lavadero (por daros una pista suele ubicarse normalmente junto a la cocina que, dicho sea de paso, trataremos más avanzado el curso). Su color blanco, induce  a un sereno estado de ánimo, evitando posibles ataques de pánico, si bien las podemos encontrar de color gris acero, frío, glacial. En estos casos, para vuestro sosiego,  debéis saber  que su aparente agresividad queda atemperada  al  combinarse junto a ese otro artefacto, que estoy seguro conocéis más, del que se extraen los botes de cerveza bien helada o los cubitos de hielo (ya veremos en otro tema el misterioso enigma de la termodinámica y recarga de fluidos o sólidos en el frigorífico). En cuanto a su forma y tamaño podemos decir que se asemeja a un bloque de mediana altura, con ojo de buey centrado en el frontal,  sabiamente apoyada en el suelo, para que no se confunda con la conocida y popular televisión aunque,  a diferencia de ésta, la lavadora  no dispone del mando a distancia y me temo que aún tardará en inventarse. Pero lo más importante, chicos: recientemente  diversos hombre de ciencia, antropólogos,  psicobiólogos y expertos en inteligencia emocional han concentrado sus esfuerzos, junto a ingenieros e informáticos,  para sustituir los antiguos, intrincados y enmarañados botones, ruedas e  interruptores, por pantallas táctiles, tipo  iPhone, compatibles con vuestros dedos, usos y costumbres, en un  entorno amigable para vencer vuestras resistencias y pasar el mal trago. De momento no tienen reconocimiento de voz ni pantalla de televisión, aunque todo se andará.
Es importante que asistáis a la clase de mañana, en la que  entraremos a fondo en las instrucciones de uso propiamente dichas, con especial incidencia en la recarga, por distintos cajones y puertas, de  materias primas, como ropa sucia (distinguiremos qué se entiende por ropa de color), detergente, suavizante, lejías y resto de productos, para los que daremos unas nociones de localización en estantes o armarios sin GPS y sin preguntar, dosificación (que se entiende por poner un tapón sin perderlo). Para terminar hablaremos  del producto  que se extrae,  una vez suene un pitido anunciador de que se puede abrir la puerta sin romperla,  denominado “ropa limpia, aunque mojada y arrugada”, que nos servirá de base para los siguientes temas a desarrollar.
Una vez terminada la clase de hoy, les aconsejo que en sus casas se atrevan y se acerquen a este aparatito especialmente, si su pareja o su madre lo va a poner en marcha. Será una maniobra terapéutica de aproximación para que mañana entiendan mejor las explicaciones,  y las afronten sin el bloqueo mental y desapego que hasta ahora han tenido hacia esta tecnología. Ya me contarán su primera experiencia y si han sufrido algún efecto secundario, que ya les avanzo, es altamente improbable.



            Marzo 2014

MICROCUENTOS I

EXTINCIÓN

      Tenía que ser precisamente yo, que he luchado incansablemente, durante los últimos 20 años,  para evitar la extinción de la humanidad por la infección. Siento que este moribundo, contaminado por el fallido antídoto, igual que el resto de seres, nada puede hacer por salvar a la última persona sobre la tierra. A ti, visitante de otro mundo, te deseo que no cometas el mismo error. Dr. Fleming

AQUILES

      Aquiles, el despistado y soñador pastor, desapareció para siempre en aquella disimulada sima, solo la cabra encontró unas hojas de la Ilíada.

TENISTA                     

      Tras larguísima agonía nos ha dejado el tenista que jamás sucumbía a  la “muerte súbita”.

BROMA

      - Se trataba de una broma - pronunció mi amigo Casto cuando lo sorprendí bajo la cama en la que yacía desnuda mi esposa,  con antifaz y un extraño traje de cuero.



Marzo 2014

sábado, 22 de noviembre de 2014

VIAJE GENIAL (Relato)


El traqueteo del tren unido a  las fórmulas de química  que trataba de memorizar, me producía un efecto narcótico. Debía combatir el sueño y aprovechar las largas horas del trayecto hasta Murcia para preparar el examen del día siguiente. La Navidad, como siempre, había transcurrido con muchas celebraciones familiares a base de atracones, mucho beber, poco dormir y el recuerdo de un discreto dolor de cabeza.



Dando un respingo, al notar que el tren frenaba, comprobé que aparentemente  ninguno de los viajeros que me acompañaban en el compartimento se había dado cuenta de mi delator cabeceo. A la izquierda una madre, apoyada en el cristal, con su bebé en brazos, dormía plácidamente. Un hombre de mediana edad trataba de bajar  una maleta de tamaño considerable de la leja superior y casi se le cae,  mientras su mujer, abriendo la puerta que daba al pasillo decía: – ¡Venga Mariano! ¿Es que no ves que ya estamos en Hellín?— el hombre la siguió mascullando por lo bajo  y  bufando  mientras esquivaba mis pies y los de enfrente. Cerré la puerta y al sentarme de nuevo  me crucé con los intensos ojos negros de un señor que debía frisar los setenta y tantos años,  algo canijo y de tez morena surcada de arrugas.

—           Joven, disculpe, mientras dormía se le ha caído este folio. –Y alargando la mano me interrogó —. Veo que es usted estudiante, ¿no?
—           Gracias. Si – contesté.
—           Ya veo. Con tanta fórmula y palabrería es natural que pegue alguna cabezada – me dijo.
—           Eh…no exactamente. Creo que es más por el vaivén del tren –dije  mientras ordenaba los apuntes y tratando de poner distancia con aquel raro viejecito entrometido.
El abuelo, lejos de amilanarse, volvió a la carga y me espetó:
—           La ciencia de hoy en día está totalmente equivocada y, por lo que veo, muchacho, usted  seguirá el mismo camino.
—           ¿A qué se refiere, señor, si se puede saber? —dije—, comenzando a impacientarme.
—           Me refiero a que los catedráticos y científicos son  una cuadrilla de engreídos, subidos en su pedestal, e incapaces de escuchar la menor crítica. Es lo que me han demostrado durante  muchos años.
Aquello despertó mi curiosidad por lo que pudiera contarme este hombre y, craso error,  le pregunté:
—           ¿Es o ha sido usted profesor?
Esta pregunta hizo que mi interlocutor se pusiera en pie sin mediar palabra; bajó del estante una vieja maleta de cuero, la apoyó en su asiento y comenzó a quitarle una correa que la rodeaba. Yo estaba perplejo, sin saber a qué atenerme ante la extraña situación. Por fin logró abrir la maleta,  a rebosar de libros y papeles.  Extrajo de ella un recorte de  periódico que me mostró:
—           Ahí tiene quien soy, joven. Como puede ver la prensa no  me trata muy bien; pero si me lo permite me gustaría poder demostrarle cuán equivocados están todos; antes que nada lea, lea.
Se trataba de un artículo del ABC del pasado16 de octubre titulado:

“Incidente en la inauguración del Curso Universitario de la Complutense de Madrid

En la mañana de ayer, se inició el curso universitario 76/77, con el acto académico de inauguración que tuvo lugar en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias de la Complutense.
La clase magistral, que versaba sobre el - aún no resuelto - Teorema de Fermat (1637),  impartida por el Decano y Catedrático de Algebra, D. Manuel Romera, fue interrumpida durante unos 15 minutos por un hombre de avanzada edad que,  presentándose como “Matemático Jerez”, se puso en pie en mitad del salón de actos, para argumentar que él ya había dado con la solución al Teorema, lo que provocó un gran revuelo entre los asistentes. Siguió durante unos minutos, sin que el sorprendido catedrático ni nadie le hiciera callar, y exponiendo que él, aunque solo era un maestro de provincias y autodidacta había escrito un libro, que mostró a todos, llamado Teorema General de Jerez, en el que aportaba la clave. Siguió diciendo que las autoridades académicas no querían prestar atención a su teorema  y a otros cuarenta  que él había descubierto. Poniéndose en pie, se acercó al atril,  le dio el ejemplar al ponente, y dando  media vuelta se marchó por el pasillo mientras hacía gesto de despedida a todos allí presentes. Tras la interrupción el Dr. Romera prosiguió la lección hasta el final y dio por  inaugurado el curso sin más incidentes.
Fuentes autorizadas de la Universidad han manifestado desconocer por completo a este matemático y, por supuesto, quitan toda validez a sus locas teorías carentes de fundamento”

A continuación, el hombre dijo llamarse Antonio Fernández Jerez -  autodidacta, como había podido leer, que no necesitó ir a la Universidad para aprender sobre números y además de encontrar la solución al Teorema de Fermat, había demostrado que Pitágoras, en el suyo, se había equivocado. Nada más y nada menos —Pensé.

—           Fíjese, muchacho en una cosa. Yo nací un 18 de abril de 1901, ¿a que no sabe quién murió el mismo día de 1955? -  dijo el matemático.
—           Pues no…
—           Nada más y nada menos que Albert Einstein; así pues, algo habrá influido ¿no cree?
Yo, a estas alturas del viaje, ya no sabía qué postura adoptar, y por supuesto la química orgánica la había aparcado hasta mejor ocasión. La mujer y el bebé, increíblemente seguían durmiendo y yo rezaba porque despertara el niño y empezara a llorar. En fin algo que devolviera la cordura a este hombre y se callara por pudor. Pero el vaivén del tren seguía haciendo estragos en el sueño de algunos, y la incontinencia verbal  en otros.
—           La verdad es que no veo mucha relación entre las fechas, pero si usted lo dice…– contesté intentando darle  un poco la razón por si las moscas.
—           Fíjese si influye que yo sé cuántos decimales tiene el número Pi – siguió dibujándome en una hoja el símbolo π. ¿A que no sabe cuántos tiene?
—           Hombre, por ahí sí que no paso – dije con la autoridad que el segundo curso de ciencias químicas me confería  y sin saber la que me esperaba - el número Pi es irracional y por tanto tiene infinitos decimales…
—           ¡Otro que no tiene ni idea! —me interrumpió—. Por cierto ¿cómo se llama, que aún no me lo ha dicho?
—           José – respondí sin querer darle muchas pistas de mi segundo nombre, Arquímedes,  no fuera a soltarme alguna teoría disparatada sobre el Principio de ídem.
—           Pues, José, el número en cuestión es racional, RA-CIO-NAL. Tiene exactamente 210 decimales y eso lo he demostrado yo en mi teoría. – Sacó de su equipaje un libro cuyo título era algo así como Teoría de la Racionalización del número Pi (π). Mientras me trataba de explicar sus enrevesadas fórmulas, símbolos y ecuaciones, llegando en algún momento a compararse hasta con Don Quijote:
—           Siendo usted manchego me va a comprender. Yo soy un poco como el Ingenioso Hidalgo, que con sus andanzas eclipsó los libros de caballería. Pues bien sepa que mis tratados han desterrado  del campo de la ciencia multitud de teoremas, teorías, demostraciones y hasta paradigmas…

Perdí la noción del tiempo y  el espacio porque, como todo el mundo sabe, viajar en  el tren Rápido de Albacete a Murcia supone, según la Física clásica,  más o menos seis horas en condiciones normales, incluidas paradas en todas las estaciones y, a veces,  en algún paso a nivel. Pero, como se puede intuir fácilmente,  las especiales circunstancias de este viaje me  hicieron pensar mucho sobre la teoría de la Relatividad de Einstein (¿por qué le daría por morirse justamente un 18 de abril?);  sí, es la teoría que habla de la posibilidad de que el tiempo transcurra de forma diferente para una persona en reposo — o sea  tranquila en su casa—,  respecto de otra en movimiento… es decir en ferrocarril con un genio al lado.



Mi cabeza daba vueltas y a ratos seguía las explicaciones y en otros me perseguían a mí. Entré en una espiral de acción y reacción como diría Newton, hasta que el tren se detuvo  y, por fin, pude ver sobre el andén el deseado cartel de Murcia…

El repiqueteo de una campañilla me hizo despertar bruscamente y al mirar por la ventanilla vi   “Estación de Murcia”.  Pegar un brinco y girarme a coger la maleta del estante fue casi un único acto. Recogí como pude los apuntes que se habían desparramado por el suelo, y cuando salía disparado hacia el pasillo, una mano me retuvo, una  intensa mirada sobre una arrugada cara.
—           Joven, disculpe, mientras dormía se le ha caído este folio. –Y alargando el viejo la mano me dijo- veo que es usted estudiante, ¿no?
—           Gracias…si, ¡adiós! – alcancé a decir perplejo y cogiendo la hoja salí corriendo por el pasillo.
Bajé los peldaños y nada más pisar el andén, el tren emitió un chirrido, seguido de un golpe seco y comenzó a moverse. Mi vista se cruzó con la del anciano que, pegado al cristal,  me mostraba un libro cuyo título no alcancé a ver salvo la palabra “Principio”. Conforme avanzaba hacia la salida unas preguntas me acribillaban el cerebro: ¿lo del matemático lo he soñado? ¿Es ahora cuando estoy dormido?...


Tal vez, desde el principio,  todo sea una pesadilla.



-----------------------------

Este relato es un entrañable recuerdo de mi época de estudiante en Murcia y, es verdad, realicé el viaje en compañía de un matemático locamente cuerdo o cuerdamente loco, que luego me enteré era famoso. Para los curiosos acompaño un enlace delicioso que he encontrado en internet, todo un homenaje a este hombre singular.
Recomiendo que lo leáis:

viernes, 21 de noviembre de 2014

EL OCASO (Relato)

Apaga aún dormido el zumbido de su iPad, y trata de seguir con el agradable sueño. Pero sus responsables neuronas, que ya están mandando impulsos, le cortan el sopor. Da un respingo y mira de nuevo  la pantalla,  que marca las 7:46; "¿dónde está el icono de la Compañía?" - se pregunta. Mecánicamente pulsa la f de  facebook y comprueba con sorpresa que sale un mensaje de error. "¡Tampoco hay WiFi!".
Sentado en la cama  recurre al archiconocido método de apagado y encendido. Pero tras unos segundos, obtiene como respuesta “red no disponible”.
“Fred, tranquilo, que todo se arregla; de esta no pasa y hoy sin falta me cambio de operador, ya estoy harto de que me dejen colgado” -  murmura en voz baja, mientras da un brinco, pues no quiere llegar tarde al trabajo. Precisamente hoy 29 de febrero están citados todos en la oficina, a primera hora, para la reunión de la campaña de primavera.
Ya aseado, al entrar a la cocina,  se extraña de no ver sobre la mesa las tostadas y el zumo, que su madre le prepara amorosamente cada día. Ahí está, frente al televisor oprimiendo el mando.
-      Perdona Fred- dice al escuchar sus pasos-. Ahora mismo te preparo todo. Es que este trasto no funciona. Intentaba poner las noticias, que se que te gusta escucharlas.
-      ¿Qué me dices?, dámelo.
Pulsa unos cuantos  botones pero la niebla de la pantalla persiste.
-      Bueno, déjalo mamá. Será cosa de una avería o interferencias raras en el barrio porque mi móvil tampoco funciona. ¿Ayer no estaban haciendo zanjas en la calle?, seguro,  eso será - dice a la vez que piensa lo poco creíble que parece esa hipótesis.
Se bebe  el zumo de un trago y mordisqueando la tostada sale por la puerta a la vez que mira nervioso el reloj.
-      Hijo podrías terminar…
-      ¡No tengo tiempo ya me tomaré algo de camino! Me voy pitando que no quiero perder el metro de las 8:30- exclama desde el rellano-. No se van a creer la excusa de las averías domésticas,  así que más me vale intentar llegar a tiempo, ¿quieres por favor llamar a la oficina y les cuentas que enseguida llego?
        La madre, sonriente exclama, mientras su hijo pulsa el botón del ascensor:
-      ¡Pues como no lo haga con señales de humo! He intentado llamar al fijo de la tía hace un rato y ni por éstas. Haz el favor y nada más llegar a la oficina, que seguro que en tu banco no tenéis problemas, avisas al servicio técnico o donde diablos tengas que llamar, para arreglarme por lo menos la tele. Yo no me puedo perder el capítulo de Pasiones Encoñadas, que sabes qué el chico y la chica…
    Alfred, al ver que no funciona el ascensor,  la deja con la palabra en la boca y comienza a bajar de dos en dos las escaleras de los seis pisos hasta llegar al portal. Camina apresuradamente hacia la parada del metro que tiene a cuatro calles de su casa, con la impresión de que hoy va a ser un día aciago. Tiene una sensación rara, no sabe por qué, pero no tiene tiempo que perder. Cuando se precipita por las escaleras del metro, frena para no chocar con un grupo de estudiantes. Todos, extrañados, mirando sus móviles. Les adelanta y piensa que es pura coincidencia. Llega al andén,  descubre a su alrededor mucha más gente de lo normal. Igual en la otra dirección. Muchos con su terminal pegado a la oreja o  tocando pantallas frenéticamente como si se les fuera en ello la vida - “¿Qué está pasando?” se pregunta.
    Los rótulos luminosos que anuncian próximas llegadas parpadean con signos ilegibles. Se acerca a un empleado de metro con cara de despiste, acorralado por varias personas que le acosan a preguntas y escucha el intercambio:
-      …ha habido un fallo general de líneas…
-       ¿Cómo que de líneas? - pregunta alguien
-       Sí,  no circulan los trenes desde esta mañana pero no sé más - responde abrumado el empleado.
-       ¡No hay derecho! - grita alguien
-      A mí nadie me ha comunicado nada, el maldito teléfono no funciona, y esto es lo que hay… - se defiende el empleado tratando de alejarse.
-      ¡Pero oiga! ¿A quién reclamo? ¡Llego tarde!- dicen varias personas
    Alfred sale apurado de la estación,  a la vez que mucha gente, caras de contrariedad o renegando dios sabe contra qué. Una vez en la superficie,  descubre qué era  lo que no le encajaba antes: el tráfico, normalmente fluido en esta calle hoy es muy denso. Además siente un extraño calor, para ser febrero, "serán los humos de los coches"- piensa. Algunos conductores hacen uso impaciente de la bocina,  el ruido crece por momentos.
    Busca un taxi pero, se da cuenta de que es un esfuerzo inútil, llegará antes andando a la oficina, aunque esté a un par de kilómetros. Echa casi a correr. Presiente que lo menos importante hoy va a ser la reunión del banco.
    Cuanto más se aproxima al centro el caos circulatorio y la algarabía de cláxones va en aumento. Los semáforos en ámbar, policías que vociferan y hacen aspavientos, más por impotencia que por tratar de organizar algo. Entre el ruido oye que uno de los municipales le está diciendo a su compañero algo de un sabotaje en alguna centralita…
     Por fin llega a la cafetería de siempre, junto al banco, siempre atestada de oficinistas y hoy  medio vacía. La irritación del dueño es ostensible, intenta con el mando hacer que funcione la tele. Como no ve a nadie conocido se marcha. Al entrar a la oficina casi se da de bruces con su jefe  que en ese momento sale del  despacho.
-      ¿Qué está pasando, Manel? -casi grita Alfred- aquí...en la calle…
-      No tengo ni idea…sé lo mismo que tú- balbucea
-      ¿No ha llegado nadie más?
-      No...no, ya ves, ninguno de tus compañeros, ni siquiera han llamado…claro, no funcionan los teléfonos fijos, ni mi móvil, ¿el tuyo va? - niego con la cabeza-. Los ordenadores tampoco ¡maldita sea! ¿qué narices le ocurre hoy a todo el mundo?
    Entonces las luces parpadean y se apagan, disparándose la alarma. La desconectan  según el protocolo de seguridad, pensando Alfred si eso tenía algún sentido. Nada más salir a la calle el ulular de sirenas les sorprende y dos motos de la Policía Nacional,  que casi les atropellan siguen su loca y sinuosa carrera sobre la acera,  esquivando e increpando a los viandantes. Desaparecen por la siguiente calle.
     Ambos, sin saber muy bien por qué,  se suman al torrente de personas que parece dirigirse hacia la Plaza Mayor. Se oyen voces de indignación, de estupor, mucha gente pregunta a quien  lleva a su lado; hay quien dice “ha explotado la central nuclear”, otro “esto es una guerra, seguro”. Apresuran el paso los dos compañeros  y se oye por la megafonía municipal  reiteradas llamadas a la calma, y que en breve se dará un mensaje de la autoridad.
    La marea humana les empuja hacia la entrada de la estrecha calle que conduce a la plaza y, después de momentos de apuro, pisotones y codazos, llegan a un espacio más abierto. Se dirigen a una zona más despejada, desde la que se divisa el balcón del Ayuntamiento.
    Pasan unos minutos y las calles peatonales que dan a la plaza siguen vomitando gente hasta que ya no cabe un alfiler. El griterío ensordecedor parece que se apacigua  un poco cuando salen al balcón el alcalde seguido de un militar,  al parecer de alta graduación. Gesticulando para calmar a la multitud toma el civil un micrófono dice: 
"¡SILENCIO…POR FAVOR!, ¡UN MOMENTO…POR FAVOR, CÁLMENSE! – se van apagando los gritos y murmullos en la plaza-  ¡Ciudadanos, escúchenme con atención! Estamos ante una situación muy especial y les pido que presten la máxima atención a las palabras del General Castresana"
    La plaza se queda en silencio, oyéndose solo el ruido de fondo de los pitos de los coches y sirenas de la ciudad. Alfred,  mientras se limpia con un pañuelo el sudor de la frente, observa que Manel completamente pálido no quita ojo al militar.
"Ciudadanos y ciudadanas, desde este momento se decreta el estado de emergencia y la Ley Marcial en todo el país…" - Alfred siente un escalofrío y mira aterrorizado a Manel que tiene la boca abierta de par en par sin atreverse a pronunciar palabra - "Las circunstancias me obligan, como máxima autoridad militar de la plaza, a tomar esa decisión. Se ha producido un corte generalizado de señales de radio, comunicaciones y ahora también fallos eléctricos de origen incierto en todo el país…"- el bramido de una multitud aterrorizada calla las siguientes palabras del militar, quien, a duras penas y elevando el tono de voz por los altavoces consigue aplacar un poco a la gente-  "¡CALMA, SILENCIO…! ¡POR FAVOR,  ESCÚCHENME!...hemos de evitar a toda costa cualquier desorden, actos vandálicos y  pillaje, que no vamos a tolerar bajo ningún concepto. Estoy autorizado por el Presidente de la Nación para informarles  que  aún no sabemos cuál ha sido la causa de estos fallos eléctricos y de telecomunicaciones generalizados. Desconocemos si el origen de esta situación obedece a alguna causa natural, sabotaje  o incluso provocada por algún arma estratégica de  enemigos de nuestro país…
    En este momento Manel coge del brazo a Alfred - ¡vámonos, rápido! -le dice arrastrándolo hacia una calle lateral, algo más despejada,  mientras siguen sonando las palabras…”mientras lo averiguamos y tratamos de mitigar sus efectos les pedimos vuelvan a sus casas ordenadamente. Queda prohibido bajo orden de arresto…”
    Una vez fuera de la plaza Manel, sudoroso y  desencajado dice a Aldred:
-      Corre a tu casa con tu familia, que yo me voy a buscar a mi mujer y mis hijos. Esto no me gusta nada, ¿tú has escuchado? Ha dicho el militar ése que no tiene ni puñetera idea de qué está pasando. Es para salir corriendo...
-      ¿Sí, pero hacia dónde?
-      Tú vete con tu madre, tranquilízala y protégela…de lo que sea, que yo haré lo mismo - contesta Manel encogiéndose de hombros. Ya saldrá el sol por algún sitio...
     Ambos se dan un abrazo y cada uno sale disparado en una dirección. Alfred corre lo que sus piernas y la fatiga por el calor le dejan, esquivando todo tipo de obstáculos. Se tropieza con un joven que, saliendo de las puertas reventadas de unos grandes almacenes, se lleva lo que parece es un televisor- "¿para qué?"- piensa Alfred. Le siguen otros con cajas de comida, botellas de agua y ginebra entre los brazos… Un guarda de seguridad aporrea violentamente a un joven  que, tendido en el suelo junto a una caja, implora…Alfred siente la necesidad de pararse para defenderlo, pero decide seguir corriendo.
    Las escenas de pillaje, las peleas se repiten por todas partes. El pánico es evidente, las personas se atropellan y empujan en todas direcciones, saltan entre los coches -ya sin conductor-, desencajados,  sudorosos…
    Al llegar a casa - "¡maldición, no funciona el ascensor!" - sube los 6 pisos a toda velocidad. Extenuado y empapado, irrumpe en el piso y se encuentra junto a la ventana del comedor abierta, a su  madre que, con cara de espanto, rompe a llorar. Alfred la abraza mientras ella pregunta:
-      Hijo ¿qué está pasando? ¿Por qué corre y grita todo el mundo?
-      No sé muy bien mamá…
-      ¿Estás enrojecido y sudando muchísimo? ¿por qué tengo hoy tanto calor?, la menopausia hace tiempo que la olvidé…
-      Tranquilízate y te cuento…
-      Pero Fred... – dice mirando a la calle- no ves, esos dos están tratando de quitarse un paquete...los coches, ahí en mitad de la calle, los han dejado abandonados... ¿No será una guerra?
-      Mamá, pues uhmm…el alcalde…un militar ha hablado desde el Ayuntamiento y dice que no saben si alguien nos ha declarado la guerra y han disparado algo o se trata de una catástrofe.
-      Entonces ¿qué pasa? ¿qué podemos hacer? ¿nos vamos a morir achicharrados con este calor? ¡seguro que es una bomba nuclear de esas!
-      No, que no madre, que esto tendrá una explicación y ya verás como todo vuelve a la normalidad…
    Un temblor casi imperceptible, que hace vibrar los cristales, corta las palabras de Alfred.
-           ¿Qué es eso hijo?- dice la madre y ambos se asoman a la ventana.
    De repente en el horizonte, observan arrobados y estremecidos, como las nubes a toda velocidad van adquiriendo la tonalidad rojiza de un aterrador crepúsculo bañado en sangre.
    El suelo oscila ligeramente a la vez que el fragor de fondo va en aumento, mientras  madre e hijo se abrazan desesperados,  para no caerse. La temperatura ya es insoportable. Todos los objetos de la habitación son ahora color púrpura, igual que  los edificios de enfrente, cuyo resplandor apenas deja verlos. Es un caleidoscopio apocalíptico, para Alfred, que aún puede ver gente en la calle  huyendo como hormigas cuando las pisotean, corriendo entre los vapores amarillentos que emanan las alcantarillas. La densa niebla en la habitación ya es irrespirable, madre e hijo, tosen nerviosamente, mientras un olor sulfuroso impregna el ambiente. En seguida  un bramido ensordecedor parece rasgar el  mundo y las fuertes sacudidas  del seísmo derriban a la pareja, caen cuadros, lámpara, cascotes y armarios con estrépito. Revientan los cristales de las ventanas, mientras una bocanada de aire abrasador les envuelve.
    Alfred desde el ardiente suelo, a duras penas abre los ojos, sabe que por última vez, y arrastrándose para abrazar a su madre inconsciente, observa con beatífica  y resignada serenidad,  a través del hueco que ha dejado la pared rota,  la invasión del colosal sol rojo abrasador que en su ocaso  los está devorando.


                                                               --------------------


    Este relato lo escribí pensando y contestando a la pregunta "Qué ocurriría si de repente dejaran de funcionar los móviles". tirando del hilo, salió el ovillo y el Ocaso.

Pero, no temáis, hasta dentro de unos 3.000 o 4.000 millones de años la Tierra no será absorbida por el Sol:




miércoles, 5 de noviembre de 2014

"PALEONTOLOGIA". 1910. Poema de Miguel de Unamuno

¿Quien dice que la ciencia y el arte están reñidos o son un mundo aparte?
A continuación copio el poema que Unamuno dejó sobre la ciencia de la Paleontología o estudio de los seres vivos del pasado a través de los fósiles.



Hay rocas que conservan, alegatos
al diluvio anteriores, las señales
que dejaron rastreros animales
de su paso en la tierra. Los estratos

pedernosos en esos garabatos
como con grandes letras capitales
nos dicen las memorias ancestrales
de sus vidas. El sabio los hiatos

de esas huellas supone y con tanteos
logra fijar la alcurnia de una raza
que pasó, más el cielo a los ondeos

del volar de las aves no da caza.
En la historia del hombre los rastreos
quedan así, no de sus vuelos traza.

MIGUEL DE UNAMUNO
"Paleontología" (1910)