Jadeando, con
la dificultad que sus minúsculas piernas le permitían, llegó por fin, a la cumbre de la montaña, aquella soleada
mañana de domingo. Casi mil quinientos metros de altura le separaban
de la civilización, allá en aquel pequeño pueblo que se adivinaba entre algunas
nubes bajas.
“Todo el mundo
a mis pies”—susurró Marcial—“Nadie es
capaz de escalar hasta donde yo, por esta pared vertical; mañana dejaré de ser Marcialito”.
Acercándose al pilón de hormigón, que marcaba el punto geodésico de la montaña, se echó a reír
al pensar en su inminente y más que probable
ascenso a la dirección de la empresa. A esas horas el Presidente, don Gumersindo, ya habría leído el borrador del contrato millonario que le
adelantó el sábado por correo electrónico. “Seguro que firmo con los chinos
antes que nadie”—imaginó.
Respiró profundamente admirando el
magnífico espectáculo de mar y montaña; y pensó que nunca volverían a humillarle las burlas de sus compañeros, ni soportaría la indiferencia del presidente de Pirotécnicos
Reunidos, y sobre todo, acabaría con la
arrogancia de Julián, vendedor estrella de la compañía que aspiraba, el muy ingenuo, a hacer méritos para cubrir la vacante de
director.
—Ese puesto
me pertenece—gritó Marcial a pleno pulmón.
Camisa blanca,
blazer azul marino —algo grande— y blanca dentadura resaltaban la bronceada
tez del pequeño Marcial, al entrar en la oficina, a la mañana siguiente. Le pareció oír
murmullos o risas apagadas, no supo distinguir de quiénes, pero le daba igual, miraba por encima de sus holgadas
hombreras hacia el infinito. “Pronto se
van a enterar estas presuntuosas y estos
estúpidos de lo que Marcial es capaz”—barruntaba. Apretando en la mano la cartera cuyo contenido
le iba a encumbrar a la gloria y, sobre todo, a hundir en la miseria a ese
mequetrefe de Julián, se dirigió hacia su mesa para esperar la hora de la
reunión de ventas del lunes.
A las 10.55
Marcial ya estaba junto a sus compañeros de ventas en la sala de reuniones,
esperando al Presidente. “¡Qué raro que no haya venido Julián!”—Pensó—“¡lo que
se va a perder!”.
Cinco minutos
más tarde entró a la sala don Gumersindo e inmediatamente detrás Julián. “Casi
llegas tarde idiota; ya verás cómo se te borra de la cara esa sonrisa de
conquistador”—saboreó Marcial. Después
de los saludos corteses de rigor, el presidente anunció que tenía una
importante noticia que dar, antes de hablar de las cifras de negocio:
—Como
todos sabéis, tenemos pendiente el nombramiento de director de Pirotécnicos Reunidos S.A— Marcial, atento elevó sus hombros y miró a derecha y a
izquierda—…después de valorar sus méritos y recientes éxitos
comerciales he pensado que la persona idónea para desempeñar el puesto es
Julián Pamplona, por su gran capacidad en gestión…— Marcial escuchó
lívido las palabras del presidente—…sus grandes logros en ventas…
Crispado presionó
sus pequeños puños sobre la mesa como para levantarse e interrumpir don Gumersindo, quien seguía:
—…que
ha llevado a nuestro querido y admirado Julián a completar la firma ayer del contrato
con el grupo importador de material pirotécnico más emblemático de Estados
Unidos…”
“¿Cómo? ¡No
puede ser, si era la empresa china!“—pensó
atropelladamente Marcial mientras veía a Julián, que discretamente achinaba los ojos
y, a continuación, abría su dedo corazón con el puño cerrado en un inconfundible y
universal gesto dirigido a él.
“Me la has
jugado, he caído en tu trampa ¡maldito!”— pensó, mientras revivía
vertiginosamente la película de la noche del viernes. A hurtadillas, Marcial había regresado a la oficina en busca
de la carpeta amarilla de contratos, de
la que jamás se desprendía Julián, al descubrir que la olvidaba sobre su mesa
cuando todos se despedían para iniciar el fin de semana. Como si de un espía se tratara, en realidad lo
era, a oscuras pero ayudado de una linterna había leído apresuradamente y
fotocopiado documentos de acuerdos previos con una empresa china que él conoció
tiempo atrás pero nunca logró hacer cliente. Creyó que se adelantaría a su
enemigo con la maniobra…
Sintiéndose
estafado y derrotado, Marcial esperó, hundido en su asiento, a terminar la reunión, sin prestar atención o
respondiendo como un autómata. “Siendo Julián director, puedo considerarme hombre
muerto, me va a despedir”— pensó
Salió apresuradamente
de la oficina y bajando al garaje,
terminó de madurar una idea con la que
había fantaseado en más de una ocasión. Sería el último objetivo, su última
misión en Pirotécnicos Reunidos. Él sabía cómo acabar con todo el oprobio. A Marcial
le daba todo igual…
En el sótano
abrió el maletero de su coche y sacó dos gruesos paquetes de muestra con marca
de la empresa y triángulo de peligro.
Agazapado se dirigió al automóvil de Julián, miró hacia los lados y
viendo que no había nadie y que el vigilante estaba en su garita absorto
con la televisión, se sentó en el asiento del conductor para
manipular los cables de encendido del motor. El señor Pamplona se iba a
enterar.
16-12-2014
José María
García






