martes, 30 de diciembre de 2014

PIROTÉCNICOS REUNIDOS, S.A


Jadeando, con la dificultad que sus minúsculas piernas le permitían, llegó por fin,  a la cumbre de la montaña, aquella soleada mañana de domingo.  Casi  mil quinientos metros de altura le separaban de la civilización, allá en aquel pequeño pueblo que se adivinaba entre algunas nubes bajas.
“Todo el mundo a mis pies”—susurró  Marcial—“Nadie es capaz de escalar hasta donde yo, por esta pared vertical; mañana dejaré de ser Marcialito”. Acercándose al pilón de hormigón, que marcaba el  punto geodésico de la montaña, se echó a reír al pensar en su inminente y más que probable  ascenso a la dirección de la empresa. A esas horas  el Presidente, don Gumersindo,  ya habría leído  el borrador del contrato millonario que le adelantó el sábado por correo electrónico. “Seguro que firmo con los chinos antes que nadie”—imaginó.
Respiró profundamente  admirando  el  magnífico espectáculo de mar y montaña; y pensó que  nunca volverían a  humillarle las burlas  de sus compañeros, ni soportaría  la indiferencia del presidente de Pirotécnicos Reunidos, y sobre todo,  acabaría con la arrogancia de  Julián,  vendedor estrella de la compañía  que aspiraba, el muy ingenuo,  a hacer méritos para cubrir la vacante de director.
—Ese puesto me pertenece—gritó Marcial a pleno pulmón.
Camisa blanca, blazer azul marino —algo grande— y blanca dentadura  resaltaban  la bronceada  tez del pequeño Marcial, al entrar  en la oficina,  a la mañana siguiente. Le pareció oír murmullos o risas apagadas, no supo distinguir de quiénes, pero le daba  igual, miraba por encima de sus holgadas hombreras hacia el infinito.  “Pronto se van a enterar estas presuntuosas y  estos estúpidos de lo que Marcial es capaz”—barruntaba.  Apretando en la mano la cartera cuyo contenido le iba a encumbrar a la gloria y, sobre todo, a hundir en la miseria a ese mequetrefe de Julián, se dirigió hacia su mesa para esperar la hora de la reunión de ventas del lunes.
A las 10.55 Marcial ya estaba junto a sus compañeros de ventas en la sala de reuniones, esperando al Presidente. “¡Qué raro que no haya venido Julián!”—Pensó—“¡lo que se va a perder!”.
Cinco minutos más tarde entró a la sala don Gumersindo e inmediatamente detrás Julián. “Casi llegas tarde idiota; ya verás cómo se te borra de la cara esa sonrisa de conquistador”—saboreó Marcial.  Después de los saludos corteses de rigor, el presidente anunció que tenía una importante noticia que dar, antes de hablar de las cifras de negocio:
—Como todos sabéis, tenemos pendiente el nombramiento de  director de Pirotécnicos Reunidos S.A—  Marcial, atento elevó sus hombros y miró a derecha y a izquierda—…después de valorar sus méritos y recientes éxitos comerciales he pensado que la persona idónea para desempeñar el puesto es Julián Pamplona, por su gran capacidad en gestión…— Marcial escuchó lívido las palabras del presidente—…sus grandes logros en ventas…
Crispado presionó sus pequeños puños sobre la mesa como para levantarse e  interrumpir don Gumersindo, quien seguía:
—…que ha llevado a nuestro querido y admirado  Julián a completar la firma ayer del contrato con el grupo importador de material pirotécnico más emblemático de Estados Unidos…”
“¿Cómo? ¡No puede ser, si era la  empresa china!“—pensó atropelladamente Marcial  mientras veía  a Julián, que discretamente achinaba los ojos y, a continuación,   abría su dedo corazón  con el puño cerrado en un inconfundible y universal gesto dirigido a él.
“Me la has jugado, he caído en tu trampa ¡maldito!”— pensó, mientras revivía vertiginosamente la película de la noche del viernes. A hurtadillas,  Marcial había regresado a la oficina en busca de la carpeta amarilla de contratos,  de la que jamás se desprendía  Julián,  al descubrir que la olvidaba sobre su mesa cuando todos se despedían para iniciar el fin de semana.  Como si de un espía se tratara, en realidad lo era, a oscuras pero ayudado de una linterna había leído apresuradamente y fotocopiado documentos de acuerdos previos con una empresa china que él conoció tiempo atrás pero nunca logró hacer cliente. Creyó que se adelantaría a su enemigo con la maniobra…
Sintiéndose estafado y derrotado, Marcial esperó, hundido en su asiento,  a terminar la reunión, sin prestar atención o respondiendo como un autómata. “Siendo Julián director, puedo considerarme hombre muerto, me va a despedir”— pensó
Salió apresuradamente de la oficina y bajando  al garaje, terminó de madurar una  idea con la que había fantaseado en más de una ocasión. Sería el último objetivo, su última misión en Pirotécnicos Reunidos. Él sabía cómo acabar con todo el oprobio. A Marcial le daba todo igual…
En el sótano abrió el maletero de su coche y sacó dos gruesos paquetes de muestra con marca de la empresa y triángulo de peligro.  Agazapado se dirigió al automóvil de Julián, miró hacia los lados y viendo que no había nadie y que el vigilante estaba en su garita absorto con  la televisión,  se sentó en el asiento del conductor para manipular los cables de encendido del motor. El señor Pamplona se iba a enterar.

16-12-2014

José María García

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