PAÑUELOS
NEGROS:
Pañuelos
negros envuelven sus cabezas, agitados al viento. Expectantes y húmedos, sin
lágrimas de tanto aguardar, sus ojos escudriñan el bravío horizonte, rasgado
por gigantescas olas coronadas de blanca espuma en aquella mañana de Nochebuena.
Inmóviles como estatuas, con infinita paciencia de cariátide de epopeya,
permanecieron un día más las mujeres al borde del acantilado de Cabo Peñas,
esperando que el embravecido mar ofreciera respuesta a su impotente dolor.
Desde el embarcadero partieron hace cinco días sus hombres, en busca del
preciado y bullente tesoro plateado, sardina y boquerón, que siempre traían al
amanecer, casi siempre…
¡Cuán
largo se hace el regreso del amado! ¡Qué Nochebuena más interminable!, ayer de
alegres cantos y villancicos, hoy aguardando lúgubres tañidos de campanas.
Juntas, solas, tres yermas mujeres junto
al hogar frente a la lumbre, apenas prueban bocado, lo olvidan, no lo
necesitan; solo largos silencios interrumpidos por miradas y cuchicheos,
recordando el día de su boda o quién sabe qué feliz momento junto a su hombre
que les hace soltar una risita ensordecida. Temen enfadar al dios Neptuno si
elevan la voz, sospechando que el rapto de sus esposos podría ser para siempre.
Presienten que sus vidas, sea cual sea
el desenlace, se han unido esa noche, quizás por un trágico destino que todavía
se niega a dar la amarga cara. Apenas unas horas duermen al fin, juntas, abrazadas y desesperadas buscando el
calor que presagian ya nunca volverá.
Suenan
bocinas de barcos y repiqueteos de campanas, se remueven, despiertan, no es un
sueño. Con parsimonia se calzan, estiran el áspero y arrugado vestido del que
no se han desprendido y, cubriéndose la cabeza, franquean la puerta. Caminan
con paso firme, decidido, cogidas de la mano, inseparables pase lo que pase;
las miran bajar por el lindero del puerto comprendiendo todos que esta Navidad
les ha arrancado una parte de su existencia. Lo que quizás no saben es que un
sentimiento ancestral unirá para siempre a tres desoladas mujeres de negros
pañuelos.
Marzo
2014
DORADO CARTEL
La lluvia borraba el dorado cartel anunciador de nuestros encuentros prohibidos, de aquel recóndito pueblo ya
olvidado. Me atreví a cruzar la puerta giratoria, y al divisar tras el
mostrador a Manuel, ¿recuerdas?, mi corazón quería salirse del pecho.
Su mirada inteligente lo decía todo. Solo preguntó si deseaba la misma
habitación. Amada mía, no pude decir no, fue irresistible para mí encontrarme
con el testigo de nuestra desbordada pasión de otros tiempos felices.
Desnudo abracé la almohada, y buscando impotente tu calor y luminosa piel
de seda, lloré tu ausencia largas horas de
insomnio.
Al alba, dejé atrás nuestro
efímero hogar, mientras mis pasos sobre la húmeda arena de la playa, buscaban infructuosamente
tus huellas y tu sonrisa, tras muchos años borradas de la memoria. La tempestad
y el bravío de las olas acogieron el culpable remordimiento de las horas previas en vela, mientras el gélido mar invadió para siempre
mi cuerpo y mi alma por tu ausencia atormentados.
Enero 2014

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