domingo, 30 de noviembre de 2014

RELATOS CORTOS

PAÑUELOS NEGROS:

      Pañuelos negros envuelven sus cabezas, agitados al viento. Expectantes y húmedos, sin lágrimas de tanto aguardar, sus ojos escudriñan el bravío horizonte, rasgado por gigantescas olas coronadas de blanca espuma en aquella mañana de Nochebuena. Inmóviles como estatuas, con infinita paciencia de cariátide de epopeya, permanecieron un día más las mujeres al borde del acantilado de Cabo Peñas, esperando que el embravecido mar ofreciera respuesta a su impotente dolor. Desde el embarcadero partieron hace cinco días sus hombres, en busca del preciado y bullente tesoro plateado, sardina y boquerón, que siempre traían al amanecer, casi siempre…

      ¡Cuán largo se hace el regreso del amado! ¡Qué Nochebuena más interminable!, ayer de alegres cantos y villancicos, hoy aguardando lúgubres tañidos de campanas. Juntas, solas,  tres yermas mujeres junto al hogar frente a la lumbre, apenas prueban bocado, lo olvidan, no lo necesitan; solo largos silencios interrumpidos por miradas y cuchicheos, recordando el día de su boda o quién sabe qué feliz momento junto a su hombre que les hace soltar una risita ensordecida. Temen enfadar al dios Neptuno si elevan la voz, sospechando que el rapto de sus esposos podría ser para siempre. Presienten  que sus vidas, sea cual sea el desenlace, se han unido esa noche, quizás por un trágico destino que todavía se niega a dar la amarga cara. Apenas unas horas duermen al fin,  juntas, abrazadas y desesperadas buscando el calor que presagian ya nunca volverá.
      Suenan bocinas de barcos y repiqueteos de campanas, se remueven, despiertan, no es un sueño. Con parsimonia se calzan, estiran el áspero y arrugado vestido del que no se han desprendido y, cubriéndose la cabeza, franquean la puerta. Caminan con paso firme, decidido, cogidas de la mano, inseparables pase lo que pase; las miran bajar por el lindero del puerto comprendiendo todos que esta Navidad les ha arrancado una parte de su existencia. Lo que quizás no saben es que un sentimiento ancestral unirá para siempre a tres desoladas mujeres de negros pañuelos.

Marzo 2014


DORADO CARTEL

      La lluvia borraba el dorado cartel anunciador de nuestros  encuentros  prohibidos, de aquel recóndito pueblo ya olvidado. Me atreví a cruzar la puerta giratoria, y al divisar tras el mostrador a Manuel, ¿recuerdas?, mi corazón quería salirse del pecho.
      Su mirada inteligente lo decía todo. Solo preguntó si deseaba la misma habitación. Amada mía, no pude decir no, fue irresistible para mí encontrarme con el testigo de nuestra desbordada pasión de otros tiempos felices.
      Desnudo abracé la almohada, y buscando impotente tu calor y luminosa piel de  seda, lloré tu ausencia largas horas de insomnio.
      Al alba,  dejé atrás nuestro efímero hogar, mientras mis pasos sobre la húmeda arena de la playa, buscaban infructuosamente tus huellas y tu sonrisa, tras muchos años borradas de la memoria. La tempestad y el bravío de las olas acogieron el culpable remordimiento  de las horas previas en vela,  mientras el gélido mar invadió para siempre mi cuerpo y mi alma por tu ausencia atormentados.

Enero 2014


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