El traqueteo del tren unido a las fórmulas de química que trataba de memorizar, me producía un
efecto narcótico. Debía combatir el sueño y aprovechar las largas horas del
trayecto hasta Murcia para preparar el examen del día siguiente. La Navidad,
como siempre, había transcurrido con muchas celebraciones familiares a base de
atracones, mucho beber, poco dormir y el recuerdo de un discreto dolor de
cabeza.
Dando
un respingo, al notar que el tren frenaba, comprobé que aparentemente ninguno de los viajeros que me acompañaban en
el compartimento se había dado cuenta de mi delator cabeceo. A la izquierda una
madre, apoyada en el cristal, con su bebé en brazos, dormía plácidamente. Un
hombre de mediana edad trataba de bajar
una maleta de tamaño considerable de la leja superior y casi se le cae, mientras su mujer, abriendo la puerta que
daba al pasillo decía: – ¡Venga Mariano! ¿Es que no ves que ya estamos en
Hellín?— el hombre la siguió mascullando por lo bajo y bufando
mientras esquivaba mis pies y los de enfrente. Cerré la puerta y al
sentarme de nuevo me crucé con los
intensos ojos negros de un señor que debía frisar los setenta y tantos años, algo canijo y de tez morena surcada de arrugas.
—
Joven, disculpe, mientras dormía se le
ha caído este folio. –Y alargando la mano me interrogó —. Veo que es usted
estudiante, ¿no?
—
Gracias. Si – contesté.
—
Ya veo. Con tanta fórmula y palabrería es
natural que pegue alguna cabezada – me dijo.
—
Eh…no exactamente. Creo que es más por
el vaivén del tren –dije mientras
ordenaba los apuntes y tratando de poner distancia con aquel raro viejecito
entrometido.
El
abuelo, lejos de amilanarse, volvió a la carga y me espetó:
—
La ciencia de hoy en día está totalmente
equivocada y, por lo que veo, muchacho, usted
seguirá el mismo camino.
—
¿A qué se refiere, señor, si se puede
saber? —dije—, comenzando a impacientarme.
—
Me refiero a que los catedráticos y
científicos son una cuadrilla de
engreídos, subidos en su pedestal, e incapaces de escuchar la menor crítica. Es
lo que me han demostrado durante muchos
años.
Aquello
despertó mi curiosidad por lo que pudiera contarme este hombre y, craso error, le pregunté:
—
¿Es o ha sido usted profesor?
Esta
pregunta hizo que mi interlocutor se pusiera en pie sin mediar palabra; bajó del
estante una vieja maleta de cuero, la apoyó en su asiento y comenzó a quitarle
una correa que la rodeaba. Yo estaba perplejo, sin saber a qué atenerme ante la
extraña situación. Por fin logró abrir la maleta, a rebosar de libros y papeles. Extrajo de ella un recorte de periódico que me mostró:
—
Ahí tiene quien soy, joven. Como puede
ver la prensa no me trata muy bien; pero
si me lo permite me gustaría poder demostrarle cuán equivocados están todos;
antes que nada lea, lea.
Se
trataba de un artículo del ABC del pasado16 de octubre titulado:
“Incidente en la inauguración del
Curso Universitario de la Complutense de Madrid
En la mañana de ayer, se inició el
curso universitario 76/77, con el acto académico de inauguración que tuvo lugar
en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias de la Complutense.
La clase magistral, que versaba
sobre el - aún no resuelto - Teorema de Fermat (1637), impartida por el Decano y Catedrático de
Algebra, D. Manuel Romera, fue interrumpida durante unos 15 minutos por un
hombre de avanzada edad que, presentándose como “Matemático Jerez”, se puso
en pie en mitad del salón de actos, para argumentar que él ya había dado con la
solución al Teorema, lo que provocó un gran revuelo entre los asistentes.
Siguió durante unos minutos, sin que el sorprendido catedrático ni nadie le
hiciera callar, y exponiendo que él, aunque solo era un maestro de provincias y
autodidacta había escrito un libro, que mostró a todos, llamado Teorema General
de Jerez, en el que aportaba la clave. Siguió diciendo que las autoridades
académicas no querían prestar atención a su teorema y a otros cuarenta que él había descubierto. Poniéndose en pie,
se acercó al atril, le dio el ejemplar
al ponente, y dando media vuelta se
marchó por el pasillo mientras hacía gesto de despedida a todos allí presentes.
Tras la interrupción el Dr. Romera prosiguió la lección hasta el final y dio
por inaugurado el curso sin más
incidentes.
Fuentes autorizadas de la
Universidad han manifestado desconocer por completo a este matemático y, por
supuesto, quitan toda validez a sus locas teorías carentes de fundamento”
A
continuación, el hombre dijo llamarse Antonio Fernández Jerez - autodidacta, como había podido leer, que no
necesitó ir a la Universidad para aprender sobre números y además de encontrar
la solución al Teorema de Fermat, había demostrado que Pitágoras, en el suyo, se
había equivocado. Nada más y nada menos —Pensé.
—
Fíjese, muchacho en una cosa. Yo nací un
18 de abril de 1901, ¿a que no sabe quién murió el mismo día de 1955? - dijo el matemático.
—
Pues no…
—
Nada más y nada menos que Albert
Einstein; así pues, algo habrá influido ¿no cree?
Yo,
a estas alturas del viaje, ya no sabía qué postura adoptar, y por supuesto la
química orgánica la había aparcado hasta mejor ocasión. La mujer y el bebé,
increíblemente seguían durmiendo y yo rezaba porque despertara el niño y
empezara a llorar. En fin algo que devolviera la cordura a este hombre y se callara
por pudor. Pero el vaivén del tren seguía haciendo estragos en el sueño de
algunos, y la incontinencia verbal en
otros.
—
La verdad es que no veo mucha relación
entre las fechas, pero si usted lo dice…– contesté intentando darle un poco la razón por si las moscas.
—
Fíjese si influye que yo sé cuántos
decimales tiene el número Pi – siguió dibujándome en una hoja el símbolo π. ¿A
que no sabe cuántos tiene?
—
Hombre, por ahí sí que no paso – dije con la autoridad que el segundo curso de ciencias químicas me confería y sin saber la que me esperaba - el número Pi
es irracional y por tanto tiene infinitos decimales…
—
¡Otro que no tiene ni idea! —me
interrumpió—. Por cierto ¿cómo se llama, que aún no me lo ha dicho?
—
José – respondí sin querer darle muchas
pistas de mi segundo nombre, Arquímedes,
no fuera a soltarme alguna teoría disparatada sobre el Principio de
ídem.
—
Pues, José, el número en cuestión es
racional, RA-CIO-NAL. Tiene exactamente 210 decimales y eso lo he demostrado yo
en mi teoría. – Sacó de su equipaje un libro cuyo título era algo así como
Teoría de la Racionalización del número Pi (π). Mientras me trataba de explicar
sus enrevesadas fórmulas, símbolos y ecuaciones, llegando en algún momento a
compararse hasta con Don Quijote:
—
Siendo usted manchego me va a
comprender. Yo soy un poco como el Ingenioso Hidalgo, que con sus andanzas
eclipsó los libros de caballería. Pues bien sepa que mis tratados han
desterrado del campo de la ciencia
multitud de teoremas, teorías, demostraciones y hasta paradigmas…
Perdí
la noción del tiempo y el espacio porque,
como todo el mundo sabe, viajar en el tren Rápido de Albacete a Murcia supone, según la Física clásica, más o menos seis horas en
condiciones normales, incluidas paradas en todas las estaciones y, a veces, en algún paso a nivel. Pero, como se puede
intuir fácilmente, las especiales
circunstancias de este viaje me hicieron
pensar mucho sobre la teoría de la Relatividad de Einstein (¿por qué le daría
por morirse justamente un 18 de abril?); sí, es la teoría que habla de la posibilidad
de que el tiempo transcurra de forma diferente para una persona en reposo — o
sea tranquila en su casa—, respecto
de otra en movimiento… es decir en ferrocarril con un genio al lado.
Mi
cabeza daba vueltas y a ratos seguía las explicaciones y en otros me perseguían
a mí. Entré en una espiral de acción y reacción como diría Newton, hasta que el
tren se detuvo y, por fin, pude ver sobre
el andén el deseado cartel de Murcia…
El repiqueteo de una campañilla me hizo despertar bruscamente y al mirar por la ventanilla vi “Estación de Murcia”.
Pegar un brinco y girarme a coger la maleta del estante fue casi un
único acto. Recogí como pude los apuntes que se habían desparramado por el suelo,
y cuando salía disparado hacia el pasillo, una mano me retuvo, una intensa mirada sobre una arrugada cara.
—
Joven, disculpe, mientras dormía se le
ha caído este folio. –Y alargando el viejo la mano me dijo- veo que es usted
estudiante, ¿no?
—
Gracias…si, ¡adiós! – alcancé a decir
perplejo y cogiendo la hoja salí corriendo por el pasillo.
Bajé
los peldaños y nada más pisar el andén, el tren emitió un chirrido, seguido de
un golpe seco y comenzó a moverse. Mi vista se cruzó con la del anciano que,
pegado al cristal, me mostraba un libro
cuyo título no alcancé a ver salvo la palabra “Principio”. Conforme avanzaba
hacia la salida unas preguntas me acribillaban el cerebro: ¿lo del matemático
lo he soñado? ¿Es ahora cuando estoy dormido?...
Tal
vez, desde el principio, todo sea una pesadilla.
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Este relato es un entrañable recuerdo de mi época de estudiante en Murcia y, es verdad, realicé el viaje en compañía de un matemático locamente cuerdo o cuerdamente loco, que luego me enteré era famoso. Para los curiosos acompaño un enlace delicioso que he encontrado en internet, todo un homenaje a este hombre singular.
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Bien enfocado y dirigido, introduces en una historia más o menos creible, que culminas con sorpresa dentro de un posible sueño.
ResponderEliminarMe ha gustado, es un buen corto para cine
Enhorabuena por tu Bolg
Gracias Belén:
ResponderEliminarSi es que ni hay nada como tirar de la memoria. Nunca olvidaré aquel viaje en compañía del matemático Férez, que ahora revivo como un sueño.
Besitos.