El
hombre caminaba despacio donde sus pies querían, sin pensar, sin sentir. No
veía pasar por su lado los rostros felices con bolsas de regalos, bufandas y
guantes vistosos. No le recordaba, ni evocaba emoción alguna ese caleidoscopio
borroso de luces de colores, de engalanados escaparates, de niños y abuelos
apresurados, de apretadas parejas que, caminando sobre la nieve, se dirigían
tal vez a su cálido hogar. Nada le importaba aquella fría mañana de Navidad.
Al
levantar la vista, un cartel llamó su atención: «Oficina de objetos perdidos». Titubeó unos instantes delante de la
acristalada y desconchada puerta de madera y, sin saber por qué, se dejó
arrastrar dentro.
—Buenos
días, ¿qué busca?— preguntó
un anodino funcionario.
—No
recuerdo..., el final, eso…tal vez un final— contestó con hombros
encogidos y la mirada inexpresiva.
—Hum... Sírvase usted mismo, al fondo— dijo el empleado señalando
el oscuro pasillo mientras escudriñaba el rostro surcado de arrugas del anciano.
Lentamente penetró en aquella densa atmósfera de polvo y naftalina,
de olor a madera y trapos viejos.
Destartaladas máquinas de coser y sillas de ruedas, gafas y
dentaduras, carteras y móviles, grifos y bolsos, lámparas y bombonas de
butano...un sinfín de objetos abandonados o perdidos que nada le decían, iban
apareciendo ante sus cansados y miopes ojos.
Cuando
giró la esquina allí la vio: sobre una mesa estaba esa maleta de cuero rayada y
empolvada. La abrió y pasó la mano, despacio, por las tapas de sendos libros y
una caja de lapiceros que halló dentro.
Hojeando
uno de ellos, titulado «Olvidos», se encontró con palabras dispersas que
navegaban sobre la superficie de un apretado texto: «cógeme la mano», «dime
amor», «noche de luna roja», «esa caricia insinuada» , «olor a incienso y velas
encendidas», «susurros en un cine de verano», «arrullo de madre», «crepitar del
fuego», «largas tardes de invierno», «cabellos arremolinados por el viento», «besos
sobre los párpados cerrados», «aroma embriagador del recién nacido», «abrázame
amor»...Una lágrima, quizás la primera en muchos años, de aquel harapiento hombre
sin recuerdos, cayó sobre la página amarillenta.
Tembloroso,
invadido por una extraña y olvidada emoción, cogió el segundo libro cuyo título
era una raya discontinua, bajo la que aparecía el nombre del autor: «Yo». Pasó
páginas y páginas en blanco, salvo la primera hoja que comenzaba:
«Los
recuerdos comenzaron a fluir, y sentí de nuevo que vivía...»
Sentándose, tomó un lápiz y siguió escribiendo por donde
alguien, tal vez él, lo había dejado, quizá muchos años atrás.