miércoles, 4 de enero de 2017

OLVIDOS

El hombre caminaba despacio donde sus pies querían, sin pensar, sin sentir. No veía pasar por su lado los rostros felices con bolsas de regalos, bufandas y guantes vistosos. No le recordaba, ni evocaba emoción alguna ese caleidoscopio borroso de luces de colores, de engalanados escaparates, de niños y abuelos apresurados, de apretadas parejas que, caminando sobre la nieve, se dirigían tal vez a su cálido hogar. Nada le importaba aquella fría mañana de Navidad.

Al levantar la vista, un cartel llamó su atención: «Oficina de objetos perdidos». Titubeó unos instantes delante de la acristalada y desconchada puerta de madera y, sin saber por qué, se dejó arrastrar dentro.

—Buenos días, ¿qué busca?— preguntó un anodino funcionario. 
—No recuerdo..., el final, eso…tal vez un final— contestó con hombros encogidos y la mirada inexpresiva.
—Hum... Sírvase usted mismo, al fondo— dijo el empleado señalando el oscuro pasillo mientras escudriñaba el rostro surcado de arrugas del anciano.

Lentamente penetró en aquella densa atmósfera de polvo y naftalina, de olor a madera y trapos viejos.

Destartaladas máquinas de coser y sillas de ruedas, gafas y dentaduras, carteras y móviles, grifos y bolsos, lámparas y bombonas de butano...un sinfín de objetos abandonados o perdidos que nada le decían, iban apareciendo ante sus cansados y miopes ojos.

Cuando giró la esquina allí la vio: sobre una mesa estaba esa maleta de cuero rayada y empolvada. La abrió y pasó la mano, despacio, por las tapas de sendos libros y una caja de lapiceros que halló dentro.

Hojeando uno de ellos, titulado «Olvidos», se encontró con palabras dispersas que navegaban sobre la superficie de un apretado texto: «cógeme la mano», «dime amor», «noche de luna roja», «esa caricia insinuada» , «olor a incienso y velas encendidas», «susurros en un cine de verano», «arrullo de madre», «crepitar del fuego», «largas tardes de invierno», «cabellos arremolinados por el viento», «besos sobre los párpados cerrados», «aroma embriagador del recién nacido», «abrázame amor»...Una lágrima, quizás la primera en muchos años, de aquel harapiento hombre sin recuerdos, cayó sobre la página amarillenta.

Tembloroso, invadido por una extraña y olvidada emoción, cogió el segundo libro cuyo título era una raya discontinua, bajo la que aparecía el nombre del autor: «Yo». Pasó páginas y páginas en blanco, salvo la primera hoja que comenzaba:

«Los recuerdos comenzaron a fluir, y sentí de nuevo que vivía...»


Sentándose, tomó un lápiz y siguió escribiendo por donde alguien, tal vez él, lo había dejado, quizá muchos años atrás.

viernes, 24 de julio de 2015

NOKEA (Relato veraniego)

Treinta y ocho grados marcaba el termómetro del coche esa mañana de sábado. El asfalto podría derretirse en cualquier momento y, con un poco de suerte,  en breve  llegaríamos a Nokea.

Me había hecho de rogar durante un par de meses. Siempre me daba pereza y grima  ir a una gran superficie para comprar no se sabe muy bien qué, esquivando por todas partes gente frenética,  y terminando con el carro de la compra cargado de objetos supuestamente prácticos y originales que luego  veías repetidos en casa de familiares y amigos. Pero ese día de Julio me pilló mi mujer con las defensas bajas. La noche anterior, después de una romántica cena, la convencí  para ir de vacaciones en Agosto donde más me gusta, es decir a  practicar deportes de «multiaventura» a la montaña.  No tuve más remedio que ceder esa mañana en su oportuna y endulzada petición entre sábanas:

—Cari, ¿qué te parece si me llevas a Nokea? —a lo que respondí con un gesto vagamente afirmativo mientras la abrazaba. «Hoy por ti, mañana por mí» —me dije—. «Soy un hombre práctico y merece la pena pagar el ‘peaje’» —concluí en mi interior haciendo de tripas corazón.

Nada más tomar el desvío a la macrotienda, anunciado por un enorme cartel de letras blancas sobre fondo morado, nos encontramos con la temida cola de coches y tuve que disimular mi primer gesto de contrariedad que, seguramente, contrastaba con la cara de felicidad de Ana ante lo que parecía una inminente entrada al jardín del edén.

Cuando abandonamos la caldeada plaza de aparcamiento,  encontrada con cierta dificultad, nos dirigimos a la entrada del edificio morado. Al abrirse las puertas de cristal notamos el agradable frescor acondicionado y una guapa azafata vestida con los colores corporativos nos entregó un folleto publicitario e invitó a subir la escalera, flanqueada de un lado por publicidad de la oferta de la semana de un tresillo y de otro por una columna con bolsas de autoservicio de color morado, lápices y libretitas para apuntar (y coger un puñado para llevar).

Ana me sugirió que pasáramos a los aseos antes de subir, idea que secundé  ya que sabía que una vez metido en el laberinto de la tienda era difícil aliviar flujos sin regresar a la entrada o avanzar en el recorrido a la salida,  y sin posibilidad de usar los váteres de pega de dentro de la exposición.

Me encontraba en el cubículo del servicio, al que había entrado sin echar el pestillo de la puerta, y al activar la cisterna oí un tremendo ruido. Se apagaron las luces, incluso las de emergencia, quedando todo sumido en una negrura total. « ¿Qué ha pasado?» —me pregunté sobresaltado. Girándome abrí la puerta y cuando me acercaba a tientas a los lavabos, sentí como si alguien pasara fugazmente por delante de mí, sin hacer el menor ruido, solo noté el aire y el vacío posterior. A continuación oí claramente como se cerraba la puerta exterior, pero ni rastro de luz. Sobresaltado busqué mi móvil para encender la función de linterna y, al fin pude ver algo. Frente a mí los lavabos y espejos. A derecha e izquierda, nadie. Estaba solo, o eso parecía; no recordaba que al entrar hubiera nadie más, o eso creía. Todo estaba en silencio, ni siquiera de fuera llegaba sonido alguno; era muy extraño. Cuando elevé la luz del móvil, me sobresalté al ver una tétrica cara reflejada en el espejo: era mi cara, pálida y asustada, que estaba enmarcada en un extraño graffiti circular de palabras y flechas de color morado.  Acercándome más, un escalofrío recorrió mi espalda al descifrar el absurdo mensaje:



«Condenado a vivir tus miedos» —leí en voz baja.

Rápidamente me dirigí a la salida deseando terminar cuanto antes con esta insólita situación. Abriendo bruscamente  la puerta, todo volvió a ser luz y sonido, como antes. La gente circulaba en el exterior con normalidad, hablando; la música sonaba por megafonía. Me giré cuando vi que un hombre entraba al baño, comprobando estupefacto que ya estaba iluminado. No pude resistirlo y quise ver de nuevo el graffiti, pero ¡había desaparecido! Ni rastro. Todos los espejos estaban impolutos y allí solo había una persona, el recién llegado,  que me miraba con perplejidad mientras usaba el urinario, tal vez pensando que yo era un lunático o un maniático mirón.

Salí de nuevo y pensé que tal vez fueran imaginaciones mías: la críptica pintada debía ser una alucinación producto del miedo a la oscuridad del apagón, mas el estruendo que, seguramente, era el de un avión superando la barrera del sonido…Todo tendría una explicación.

Ana no había terminado todavía. Era raro  pues siempre era ella la rápida —y yo el lento. Esperé unos minutos más hasta que pensé que tal vez era yo el que me había demorado por el extraño suceso, y quizás ella había decidido cotillear por las promociones que hay antes de la subida, aprovechando mi tardanza. Pero Ana no estaba allí. Regresé a la puerta del baño de señoras y sin decidirme a entrar esperé hasta que llegó una joven, a la que pedí por favor que dijera dentro el nombre de mi mujer a ver si contestaba. Al poco salió la chica y me dijo que no estaba, que allí no había nadie.

« ¿Dónde se habrá metido esta mujer?» —pensé—. «El ‘síndrome de Nokea’ ha podido con ella y seguro que ya está arriba obnubilada con algún mueble o cacharro».

Mientras subía las escaleras, sentí que algo no encajaba,  pero lo ignoré mientras buscaba en  la pantalla del teléfono el icono de llamada rápida con la foto de Ana. No lo encontré. Buscando en contactos, comprobé sorprendido que el teléfono se había desconfigurado, no había ningún registro en la agenda. Empecé a impacientarme. Aquello no era posible. ¿Quién lo había borrado? El móvil y yo éramos inseparables. El historial de llamadas estaba vacío. «Definitivamente este móvil es una patata» —sentencié pensando que, en cuanto pudiera, iba a cambiarlo por otro. Pero como el número me lo sabía de memoria marqué los dígitos, no sin antes apartarme a un lado para evitar el trasiego de gente. No conseguí tono de llamada y además  me percaté de que no tenía conexión con el operador.

Empezaba a ponerme bastante nervioso, pero decidí, que tenía que actuar. «Calma, en la oficina soy experto en situaciones de emergencia y nunca me bloqueo» —me dije a mí mismo. Miré hacia el principio de la escalera buscando a la azafata pero no estaba, tampoco el stand de promociones. «Eso es lo que me ha llamado la atención…lo que no encaja» —pensé—. «¿Cómo es posible que hayan quitado tan deprisa todo?». Supuse que esos canadienses eran así de eficaces. Igual el ruido que había escuchado tenía que ver con ello…

Algo confuso y mareado, sin querer pensar más, decidí iniciar el recorrido que no tenía pérdida, estaba muy bien marcado. Enseguida encontraría a mi mujer contemplando algún comedor o plácidamente sentada en algún sofá relax, mientras yo la buscaba preocupado, lo típico. Me encontraba en la zona de salones; había gente por todas partes, como locos, mirando en todos los rincones, apuntando referencias con sus lápices y libretas de colores, haciendo fotos con su Smartphone. Entré en todos y cada uno de los apartamentos de la zona, revisando las habitaciones interiores, cocinas, baños, vestidores y ni rastro de Ana. Allí no estaba, o yo no la veía. La gente me atosigaba. Se cruzaban por todas partes, con sus carritos y sus  bolsas moradas.

Me asaltó una idea: «¡Claro, si lo que quería ver conmigo era un dormitorio!». Así pues decidí proseguir hacia delante, guiado por la dirección de las flechas del suelo, mirando a los lados cada dos por tres por si acaso, zigzagueando por las zonas de ’librerías’, ‘cocinas’ y ‘muebles de oficina’, hasta que llegué a ‘dormitorios’, sudando, con el corazón que se me salía y, ciertamente, algo cabreado con Ana. Después de buscar en todos los rincones de la zona infructuosamente, pensé contrariado que, tal vez estaba esperándome en la entrada o intentando llamarme al móvil sin conseguirlo. Desgraciadamente no había ningún empleado para intentar usar el teléfono o la megafonía.

Regresé sobre mis pasos todo lo rápido que pude,  a contracorriente del torbellino humano, pasando otra vez por las áreas de ‘muebles de oficina’ –‘comedores’ – ‘cocinas’ – ‘muebles de televisión’ – ‘librerías’ y ‘salones’ mirando de reojo a los lados para intentar encontrarla. Sentía rabia, impotencia e indignación, mientras el gentío, con mirada casi ovina, que me encontraba de frente, me rozaba, o se tropezaban conmigo  sin apenas excusarse. « ¿Cómo me puede hacer esto a mí? ¡La última vez que vengo!» —mascullaba yo por lo bajo mientras empezaba a dolerme la cabeza.

Al llegar al principio del recorrido —o eso creía yo— sin ver a Ana, decidí buscar entre la muchedumbre las escaleras y salir al exterior, pues acababa de tener la inspiración: «Tonto de mí, también habrá tenido problemas de cobertura y, con toda lógica, ha decidido salir al exterior a probar» —pensé—. «La compañía ‘Tescucho’ no me da confianza» —recordé haberle dicho unos meses antes, cuando Ana se empeñó en contratarla. Iba rumiando esos pensamientos, mientras sorteaba como podía a las personas pero no encontraba el inicio de la escalera. No podía ser; debían estar ahí los peldaños. Miré alrededor y creí reconocer los primeros muebles de salón que había visto antes al subir, pero la escalera había desaparecido.  A lo lejos solo veía cabezas, paredes, habitaciones, lámparas y muebles. Ninguna flecha ni señal de bajada.

Nuevamente confundido, a la vez que enfadado y, sobre todo,  avergonzado por ser tan torpe de no encontrar la salida, busqué de nuevo a algún empleado para preguntarle. Algo me decía que no iba bien la cosa, pues no recordaba haber visto ninguno con su clásico uniforme morado, salvo la desaparecida azafata del principio. Tratando de avanzar un poco más me sentí como un turista despistado intentando ir contracorriente entre los fieles musulmanes que giran sin parar alrededor de La Meca. Hacía un calor tremendo, sofocante, pero a toda esta gente le daba igual, por lo visto. Paré a un hombre de mediana edad y —fuera vergüenza— le pregunté directamente por la salida. Me miró extrañado y me dijo que por allí no estaba, que tenía que seguir la dirección de las flechas del camino morado hasta el final. Traté de explicarle que yo había entrado por esa zona, subiendo unas escaleras que no encontraba, y mirándome con ojos de loco, me dijo que eso no era posible y que necesariamente tenía que seguir todo el circuito hasta el final. Lo dejé marchar e hice las mismas preguntas a un matrimonio con hijos. Los pequeños me miraron y se rieron de una forma extraña, como con sarcasmo mientras los padres me informaban de lo mismo, que la única salida estaba siguiendo las flechas del suelo.

Un vago sentimiento de terror y pánico anuló los demás: «Esto es un rompecabezas sin sentido, las alucinaciones del aseo, la exposición de la entrada, la escalera desaparecida, los empleados ausentes. Encima he perdido a Ana, o ella me ha perdido, y no puedo llamarla ni nadie me dice nada coherente» —tenía ganas de llorar y las gotas de sudor que me caían por la frente sobre los ojos producían ese efecto—. «¿Me estaré volviendo loco?; ¿Sufro demencia senil o algún tipo de amnesia?» —Pensé, mientras el dolor de cabeza iba en aumento—. «El lunes sin falta, si acierto a salir de aquí, pido cita al neurólogo».

Se me ocurrió pedirle el móvil a un joven, que acaba de colgar y que estaba en el rincón de un salón algo friki. Le di una explicación un poco surrealista sobre el mal funcionamiento de mi móvil y que había perdido a mi mujer, a la que necesitaba localizar. Me lo dejó, amablemente aunque un poco mosca. Marqué el número y no me dio tono de llamada. Después de comprobar que no aparecía símbolo de compañía alguna en la pantalla se lo devolví al joven y le pregunté si él había podido hablar hacía un momento. Cogiendo su móvil se marchó dándome por respuesta un gesto despectivo como si  yo no estuviera muy cuerdo. Seguía sin entender nada.

Intenté, de nuevo, seguir más allá, por si yo estaba equivocado respecto de la ubicación de la escalera, pero, esta vez la marea humana, no solo me hizo imposible avanzar, sino que me arrastró. «¿De dónde ha salido toda esta gente?, ¿qué buscan aquí? ¿Han venido a comprar? ¿Por qué no sonríen?» —son preguntas que me asaltaron, cuando vi que nadie llevaba ya bolsas ni, por supuesto, carritos de la tienda. Con la ropa completamente empapada en sudor y empujado por la gente sentí que me ahogaba. Al tratar de  llenar mis pulmones con una brizna de aire fresco poniéndome de puntillas, miré hacia arriba, más allá del entrelazado de barras metálicas,  y observé que el techo de la nave tenía enormes tuberías de aluminio para ventilación que parecían amenazadores tentáculos de un pulpo gigantesco más dispuestos a estrangularnos que a refrigerarnos. Desanimado no me quedó más remedio que seguir la corriente, no sé si por el camino con flechas que ya no era posible ver. «Ya encontraré alguna salida» —dije en voz alta, me daba igual lo que pensara el rebaño que me propulsaba.

Arrastrado por la marabunta, no podía ni desviarme hacia los lados para liberarme un poco de la corriente. La gente me comprimía y no me dejaba respirar. «En realidad… ¿he venido aquí solo o con Ana?» —comencé a dudar, quizás era producto de la hipoxia. Ni siquiera era capaz de recordar bien su cara. No me atrevía a preguntar a la oronda señora que me empujaba por la derecha, o al joven de bíceps hipertrofiados que me asaltaba por la izquierda, estrujado por detrás y por delante por multitud de personas con rostro anodino y de rasgos indefinidos. La mayoría silenciosa, extrañamente cada vez más silenciosa. Ya nada me llamaba la atención, me sentía como anestesiado…

El río humano pasó de nuevo por ‘Librerías’ – ‘muebles TV’…hasta ‘dormitorios’ donde la corriente incansable pero ahora más lenta y asfixiante me siguió transportando hacia el resto de áreas por explorar —si es que se podía plantear con ese término. Alcancé a leer los carteles que colgaban del techo—: ‘armarios’ – ‘colchones’ – ‘dormitorios infantiles’ y al llegar a esta zona, recuperé cierta alegría, ya que creía recordar de anteriores visitas que estaba a punto de llegar al final.  Al girar la siguiente esquina debía divisar la zona de restauración, los aseos y la escalera de fin y principio de este maldito y angustiante laberinto…

Pero el alma se me cayó a los pies. No había ni rastro del restaurante, solo un angosto y largo pasillo curvo y morado, que no recordaba,  por el que inexorablemente íbamos a entrar embutidos y empujados por la aglomeración. Intenté forcejear, gritar, dar la vuelta, salir por un lateral, por arriba de la gente, pero era imposible. Estaba atrapado, mis brazos inmóviles contra mi empapado cuerpo y el del resto de personas, que silenciosas, con terrorífica mirada inexpresiva, avanzaban lentamente como el fluir de la lava de un volcán, poco a poco, sin protestar. El dolor de cabeza fue a más y creí perder el conocimiento en algún momento durante el recorrido de los quince o veinte metros del túnel, carente de toda ventilación y con olor nauseabundo a establo. No podía ver el final pues la visión se  tornó borrosa y solo alcanzaba a ver la espalda enorme del gigante que llevaba delante. Volviendo la vista a los lados comprobé con espanto que estaba rodeado de caras que ya no eran humanas, parecían animales que van al matadero, con los ojos inyectados en sangre y las mandíbulas desencajadas. No pude gritar. Era una película muda de terror de mi propia muerte, a cámara lenta. Deseé acabar con todo, ya no era posible soportar más sufrimiento…

Casi inconsciente, en un momento determinado, supuse que llegábamos al final del túnel debido al suave y progresivo incremento en la velocidad del flujo del rebaño, como en la salida a una zona más abierta.

Me sentí libre de ataduras  y noté a través de los parpados cerrados una potente luz blanca, pero no podía abrir los ojos. El dolor de cabeza era terrible. Sentí una cálida presión en la mano y escuché mi nombre, que sonó a música celestial. Al abrir los ojos vi junto a mi cara la sonrisa y los ojos que me enamoraron hace diez años y le pregunté:
— ¿Dónde te habías metido, Ana? Te he buscado por toda la tienda.
—Tonto, he estado a tu lado todo el tiempo. Estás recuperándote de un golpe, en el hospital —respondió con esa voz maravillosa.
— ¿Un golpe? ¿En el hospital? —dije incrédulo mirando la luminosa habitación.
—Sí, amor. En el aseo de Nokea, por lo visto un atracador te dio ayer un fuerte golpe en la cabeza. Total sólo te quitó el móvil porque la cartera la llevaba yo.
Me quedé en silencio, algo turbado durante unos instantes y, tocándome la venda de la cabeza, le dije:
—Prométeme que nunca volveremos a comprar allí y que cambiaremos de compañía de teléfono.
—Conforme cariño. Supongo que te apetece descansar y recuperarte. ¿Qué te parece si nos vamos de vacaciones al pueblo de mi madre? —me preguntó oportunamente y aprovechando que yo había dejado un flanco abierto.

José María García

24 de julio de 2015

«Cualquier discrepancia con la ficción es mera inconsistencia»

sábado, 20 de junio de 2015

¿PUNTO Y FINAL? (Novela corta)



Hay vidas tan intensas que se desbordan y
fluyen por el cauce de otras vidas
para poder, así, cumplir con su destino.
(Marta Cornejo)     


                                      
INTRODUCCION

      Esta novela corta se escribió entre cuatro personas, María Jesús Ortega, Marta Cornejo, Aurora Asensi y José María García, en el Taller de Escritura Creativa de la Universidad de Alicante, durante el Curso 2014-15.
   Ha sido un experimento interesante, en el que hemos intentado compenetrar los distintos estilos de cada uno de los autores, reflejados en cada capítulo de una historia que bosquejamos entre los cuatro.
      Los lectores juzgarán si hemos conseguido el objetivo y a la vez, o sobre todo, resulta entretenida la historia.

                                         


                                         CAPÍTULO I


          EL HIPNOTERAPEUTA
        Autora: María Jesús Ortega     


Lucía se despertó. Un hilo de luz en su habitación acabó con las tinieblas que esa noche habían invadido la alcoba, y esa oscuridad le dio paz y tranquilidad, la dejó dormir. Se desperezó unos segundos. Abrió los visillos, la ventana, y salió.
        Llevaba con ella un pequeño diario, donde anotaba si había tenido o no el sueño recurrente que la agobiaba desde hacía muchas noches. Ese día tocaba poner, afortunadamente, que no. No vio la vieja casona rodeada de camelias con las dos  añejas palmeras que la  custodiaban y que, cimbreándose con el viento, parecían quebrarse. No vio la hojarasca de alrededor ni vio el gran aljibe de atrás,  no vio ni el sol ni la lluvia que a veces inundaba la casa. Se encontraba más tranquila,  pero tenía que ir con su diario y su historia a un hipnoterapeuta. Sería un segundo intento, porque primero había visitado a un psicólogo que le recomendó leer mucho, pasear, ir a teatros y cines, y viajar para distraerse y alejarse de su soledad con alguna compañía. Le sugirió también la posibilidad de visitar a su hijo en Australia. Pero ninguna de estas opciones le resolvían el problema. Lo que realmente deseaba era saber el origen de esos sueños que acudían a ella una y otra vez.

 Lucía, camino del hipnoterapeuta recomendado por su amiga Berta, pensó en su hijo Diego. Cuando vino al mundo, lo consideró un regalo del cielo. Ya entonces las cosas iban mal con su esposo, con el que llevaba diez años casada. Repetidos pequeños detalles le habían hecho sospechar de su infidelidad.
Su temperamento serio y disciplinado le hizo ser una impecable emprendedora, de lucha diaria y responsable, por lo que a su hijo, ahora australiano de adopción, nunca le faltó nada. A Lucía le había entusiasmado la idea del psicólogo de visitar a su hijo; las veintitrés horas a Melbourne valían la pena. La ciudad le atraía y la idea de abrazar a su hijo y verle en persona, no por Skype, la llenaban de alegría y emoción. Pero su amiga Berta había dado en el clavo, poniéndola en el camino correcto. Su hijo, Melbourne y los bellos ópalos que seleccionaba Diego en su negocio, tendrían que esperar a mejor ocasión.
Paseaba por la Avenida de Salamanca y ya estaba llegando a los aledaños del estadio “José Zorrilla”, donde tenía la consulta el hipnólogo, Jorge Durán. Estaba tranquila, sabía que esta visita podría ser trascendental y confiaba en encontrar una explicación. Ir a la consulta del terapeuta le parecía algo así como ir a la «máquina de la verdad» o tomar «el suero de la verdad», como en las novelas de Frank G. Slaughter, que tanto le habían gustado de joven, donde  el uso de barbitúricos u otras drogas vía endovenosa nunca fallaba.

        Jorge Durán la recibió cordialmente. Hablaron de sus sueños recurrentes y de la frecuencia con que los tenía.  Lucía le mostró un cuadernillo con anotaciones y unas fotografías de los cuadros que pintaba de modo mecánico, con la vieja casona y sus dos torres. El terapeuta mostró un gran interés por sus cuadros  y le dijo que se daba cuenta de que en cada una de sus creaciones había pintado algo nuevo. A Lucía le pareció  sorprendente la capacidad de observación de su interlocutor. Ella no se había dado cuenta de ese detalle, pintaba de modo emocional y la memoria de los cuadros anteriores la perdía con el siguiente. Recordaba que en el último había esbozado un aljibe, porque había pintado la casona con una perspectiva de lado y el aljibe lo había pintado detrás.
Durán le preguntó si tenía algún temor a que la hipnotizara y comentó que lo mejor era grabar todo lo que le aconteciera en su estado hipnótico, para poder así juzgar entre los dos y determinar qué ocurría. Después informó detalladamente a Lucía del proceso a seguir, explicándole en qué consistía la hipnosis:
—No temas: la hipnosis es un estado de conciencia. No te vas a dormir. Además, tu hipnosis va a ser breve y regresiva. Aunque lo que te ocurre es actual, la causa viene de mucho antes. Mi misión es relajarte para que sepamos lo que está pugnando por salir de tu subconsciente. La hipnosis es la llave para ese conocimiento. No sabemos si en tu caso tiene algo que ver el Karma de algún antepasado. Es posible que cuando no se hace algo correcto, repercuta en posteriores generaciones. El desapego y la falta de compasión de otra época actúan como una deuda que regresa, con otras características y síntomas distintos a los que tuvo quien las anidó en su día. Esta deuda puede derivar en remordimiento, fuertes dolores de cabeza, alguna enfermedad  y otras posibles anomalías. La hipnosis promueve el pensamiento positivo por una percepción extrasensorial. Después no habrá pruebas. Quedan las emociones.
—¿Piensas que descubriremos la clave de todo? —preguntó Lucía.
—¡Claro que sí! Ya verás como cuando veas y oigas la grabación te vas a asombrar del resultado.
        Jorge hizo que Lucía se recostase en una camilla  y le cogió una mano, contando de modo pausado hasta tres. Le fue relajando progresivamente la mano, el brazo, la otra mano, la cabeza… En cada periodo de relajación contaba uno, dos, tres. Hasta  que le preguntó  qué veía, qué oía… Su voz era queda y persuasiva. La consulta, muy en penumbra, se prestaba a las confidencias y al misterio...
        Lucía comenzó a agitarse, a pasar las manos por su frente y su cabeza y a decir, con otra voz, que no dejaría nunca ni a su hijo ni al amor de su vida. Se retorcía en la camilla como si estuviera viendo visiones. Representaba también una voz más gutural, la del padre de la anterior voz no identificada,  que le gritaba y le decía que no tenía derecho a hacer lo que quisiera, que su destino era obedecerle. La hija —a la que Lucía ponía voz—  ante tanta contrariedad, gritaba y gritaba, repitiendo las palabras «¡No, no!», «¡Nunca, nunca, no tiene usted derecho!». Se volvió a agitar y el hipnólogo dio una palmada para que Lucía volviera del éxtasis.
       
—Tanta sensación al mismo tiempo me ha dejado exhausta… Nunca imaginé que pudiera pasar esto.
—¿No recuerdas nada?
—No. Me encuentro físicamente agotada, pero creo que mi mente está más tranquila que cuando empezamos. Siento que ya ha pasado lo que tenía que pasar. Ahora, cuando pongas la grabación, ¿sabré si lo recuerdo?
—Seguro que te sentirás mucho mejor y comprobarás que no era ficticio nada de lo que sentías y posteriormente hacías.
Jorge puso la grabación, cuando se hubo cerciorado de que Lucía estaba ya mejor:
        Lucía no se reconoció y, extrañada por esas voces que salían de su garganta, preguntó:
        —¿«Quiénes» son esas voces?
        —La voz femenina es de alguna antepasada tuya y todo indica que la otra pertenece a su padre.
        —Parecería trucado si no lo hubieras grabado completo.
—Debes preguntar a tus padres por los suyos y por sus abuelos. Debes indagar en tu procedencia genealógica. Te lo están pidiendo por alguna razón que desconocemos todavía, pero que es evidente. Cuando sepas el lugar de nacimiento de los progenitores de tus padres, quizá puedas ubicar  la vieja casona, y sobre todo, podrás comprender el porqué de tus sueños y los motivos y sensaciones paranormales que tanto te atormentan. Me gustaría hacer el seguimiento formal de los futuros acontecimientos, aunque sé que vas a estar muy ocupada haciendo las investigaciones pertinentes.
—Preguntaré a mi madre y después procuraré empezar por donde ella termine, ya que espero que me dé alguna pista. Intentaré mantenerte informado.

Lucía empezó a tener pensamientos contradictorios: por un lado quería desentrañar el misterio que tanto le molestaba y no la dejaba en paz, pero por otro, sentía que podía perjudicarse de algún modo. En primer lugar, se terminaría su vida más o menos apacible, pues tendría que ir de un lado a otro indagando y, quizá, pasando malos momentos. Su reputación de mujer equilibrada podía cambiar, pues, ¿cómo iba a comenzar la indagación?, ¿diciendo  la verdad? ¿Se inventaría algo distinto para que no la tomaran por chalada? Podía llevarse alguna sorpresa desagradable, porque por «esos mundos» no hay, a veces, nada bueno.
        Preguntaría a su madre, que siempre había sido reacia a hablar de su familia. Tenía la impresión de que había algo que no le gustaba recordar, como si le costara hablar de algún suceso del pasado que hubiese preferido que no existiera. ¿Un secreto? Sí, así debía de ser, porque cuando algo  no lo sabían ni  los de la propia familia,  era porque debía tratarse de un gran secreto. Pero sí, estaba decidida, después de preguntar a su madre, se entrevistaría con su amiga Berta. Ella era muy decidida. Con Berta lo real parecía irreal y lo irreal, real, porque tenía poderes para cambiar lo malo en bueno. «¡Cuánto me ayudó con el problema de mi marido, y cuánto también en la tienda de antigüedades! Es muy decidida y como ama la aventura, casi, casi, le voy a hacer un favor» —pensó Lucía.

Lucía no encontró a su madre reticente, antes al contrario, fue derecha al grano y le contó quién había sido su padre y toda su historia. El padre de su madre, o sea el abuelo de Lucía, hablaba poco de sí mismo, pero era un hombre de mucho carácter. Su idea de la justicia  había hecho que educara a sus hijos con una rectitud que no transigía el más leve desliz. Era muy exigente y con un dogmatismo en  sus ideas, que le hacían ser inflexible en todo lo que decía y hacía.
Su madre sabía que en su juventud había estado metido en algo de política, pero no porque él lo manifestara, sino porque su modo de hablar era tan firme y tan vehemente a la vez,  que su padre le recordaba a Castelar, porque su discurso siempre convencía.

        Lucía tenía que buscar a Berta, con su madre solo había conseguido averiguar algo que desconocía hasta ese momento: que su abuelo había nacido en La Alberca. Tendrían que marchar a Salamanca, su amiga y ella, para empezar las pesquisas. Cerraría por vacaciones el negocio de decoración y estaría un tiempo sin pintar sus cuadros. Se llevaría las fotografías de su casona, en las distintas perspectivas a las que, hasta entonces, había llegado su obsesiva inspiración.

        Berta no se hizo esperar; el soleado día de Valladolid se fundió con las sonrisas y la alegría de las dos amigas, cuando se encontraron en el Bar-Restaurante del Olid-Meliá. Antes de llegar a la Plaza de San Miguel, Lucía se preguntaba si a Berta le vendría bien hacer ese viaje porque, aunque estaba segura de su respuesta afirmativa, los impedimentos laborales podían ser muchos, ya que ocupaba un lugar importante como cronista-fotógrafa en un periódico de Valladolid. Lucía recordó la solidaridad que siempre le había mostrado su «amiga del alma» Berta, y el apoyo y buenos consejos a pesar  de parecer, a veces, una cabecita loca…
Si no viniese Berta, tendría que ir sola. Lucía recordó la sentencia de Jorge Durán, el hipnólogo: «Hasta que no desentrañes el misterio, no cesarán tus  pesadillas». Esta frase en vez de asustarla, la tranquilizó. Vivir tranquila y feliz, sin ninguna obsesión que la atara a nada ni a nadie, aunque fuese inconsciente,  era tan importante como respirar. No podía perder la esperanza de encontrar la verdad y, con el apoyo de alguien querido, esa esperanza tendría más fuerza.
        En el transcurso de tiempo en que tomaron dos refrescos, marcaron las pautas del viaje. A Berta le debían muchas horas, que traducidas en días, consideró que serían  suficientes, al menos para iniciar una primera investigación, y con un mapa de carreteras en la mano, y el navegador,  ya se veían alternándose en los avatares de conducir el monovolumen de Berta, para hacer más llevadero el viaje.


                                     CAPÍTULO II


EL ABUELO
Autor: José María García

«El viento soplaba con fuerza, azotando entre sí las ramas de los frondosos árboles. La empujaba hacia un lado y otro y, sin poder evitarlo, la sacaba de la senda que conducía a la casa, apenas visible por la niebla. Cayó al suelo. Se oía el gemido rítmico de una de las ventanas de las torres...»

Las escobillas del Ford trataban de limpiar las finas gotas que caían sobre la luna delantera. Berta estaba concentrada en la carretera cuando Lucía abrió los ojos  a tiempo de ver pasar  un cartel que decía Parque Natural.

—¡Uf! Otra vez la casona, no hay manera de que las palmeras me dejen en paz —aquellas fueron las primeras palabras de Lucía—. ¿Falta mucho?
—Buenos días, bella durmiente, casi hemos llegado —contestó Berta—. Un par de curvas o tres y, según el mapa, fin del viaje. ¡Mira qué bonito es el parque de las Batuecas!
        —Precioso, con esos árboles…, parecen robles…, tan misteriosos,  vestidos de musgo. ¿Cómo ha ido el viaje, Berta?
        —Excelente, porque solo ha empezado a llover ahora que estamos llegando. Y tú,   por lo que veo,  sigues con tus pesados sueños.
        —Sí, pero tengo el presentimiento de que a partir de hoy ha de cambiar mi suerte, nuestra suerte; te he embarcado en esta historia y saldremos juntas de ella —contestó Lucía.
        —Ya sabes, amiga mía, que por ti haré cualquier cosa que me pidas. Con la de veces que tú me has ayudado en mis locuras…
Aparcaron el coche en una pequeña plaza, a la entrada de La Alberca, presidida por una elevada cruz de piedra y  cuatro columnas alineadas, emparejadas y cubiertas por dinteles,  que anunciaban el cuidadoso estilo arquitectónico del pueblo, de construcciones antiguas y calles empedradas.
El hostal Elías, en el que habían reservado habitación, se encontraba en esa misma plaza, con lo que no tuvieron ni que preguntar. Se instalaron en su habitación y decidieron que no tenían tiempo que perder para conocer el pueblo e iniciar las pesquisas. Pidieron información y un mapa de la villa a la recepcionista, que les recomendó que salieran por la calle del Tablao, hacia la Plaza Mayor para situarse en el centro.
Había dejado de llover, por lo que el paseo hacia la plaza fue de lo más encantador y, cómo no,  aprovecharon para hacerse fotos en los escaparates de tiendas típicas y ante las casas antiguas  de fachada de granito y piedra. Se reían las amigas, cogidas del brazo, por los resbalones que, de vez en cuando, experimentaban debido a la humedad sobre el adoquinado de piedras. Un hombre con sombrero de lluvia se les cruzó y, con una franca sonrisa, les dijo:
        —Si no quieren acabar en el suelo con un tobillo en forma de bota, les aconsejo que vayan por el lateral derecho de la calle.
Las dos amigas se miraron cómplices y se echaron a reír.
— Gracias —dijo finalmente Lucía—. ¿Vamos bien por aquí hacia la Plaza Mayor?
El simpático hombre de pelo cano,  descubriendo su sombrero al modo medieval,  les dijo que sí y les deseó que tuvieran un buen día, lo que provocó más risas en ellas.
Al llegar a la Plaza Mayor, Lucía contuvo el aliento por el espectáculo. Era más o menos rectangular. Con casas de dos alturas que parecían construidas en dos etapas diferentes: la parte baja, con paredes y soportales de piedra y granito; el piso alto, con balcón, tenía un curioso entramado de vigas de madera. En el centro de la plaza, la belleza de una gran cruz de piedra enmohecida, les impulsó a fotografiarse en todas las perspectivas posibles. Se sentían como hacía veinte años, muy jóvenes y llenas de vida. Posaron e  hicieron gracias provocando la curiosidad de algún que otro viejo, de traje de pana y bastón, que pasaba por allí.
Pensaron que era hora de comer y, sin más, entraron a una taberna llamada El Verraco, que divisaron bajo los soportales, en una esquina de la plaza.
Cuando se sentaron, Berta miró hacia la barra y preguntó a Lucía:
—¿Tendrán verduras aquí? Mira, todo lleno de jamones y embutidos.
—Me temo que no, Berta. No quería decírtelo, pero estamos en la patria del cerdo ibérico. El nombre del restaurante ya lo dice.
Se acercó el camarero con una carta, les aconsejó sobre los platos típicos y Berta le preguntó si tenían algún menú vegetariano. El muchacho, algo lacónico, contestó mirando hacia lo que colgaba de la barra, que «buscaría algo por ahí detrás».
Lucía hacía honores al «cabrito cochifrito» que le habían recomendado y Berta daba cuenta de una menestra, quizás de conserva. Al terminar, el camarero se les acercó para preguntar:
—¿Qué tal ha ido la comida?
—Muy rico el cabrito —contestó Lucía mirando a Berta con cara de guasa, quien se encogió de hombros como única respuesta.
—Les puedo ofrecer de postre, recomendado por la casa, las perrunillas y amarguillos, acompañadas de un licor de la Sierra —dijo el muchacho.
—Eso de «perroniñas» ¿es animal o vegetal? —preguntó Berta algo seria.
—Esté tranquila; son pastas, sin patas ni rabo —contestó el camarero mientras las mujeres estallaban de risa. En ese momento vieron entrar al hombre del sombrero de lluvia, con mochila, que acercándose a la mesa, les dijo:
—Hola, bellas y divertidas damas. Hola Manuel —guiñó un ojo al camarero y a continuación las miró sonriente—. Veo que han encontrado el mejor sitio para comer y, además,  no se han torcido un tobillo.
—¿Don Pedro, disculpe, le pongo lo de siempre? —interrumpió en voz baja el camarero.
—Sí, pero no te pases que ayer tenía más ron que café y luego casi no pude trabajar —dijo con otro guiño—. Voy a la mesa de costumbre.
Lucía dio una patada bajo la mesa a Berta, cuando ésta dijo con cierto desparpajo que se sentara con ellas.
—Gracias, será un placer. Mi nombre es Pedro —dijo, ofreciendo su mano a las dos mujeres mientras se quitaba el sombrero. Dejó la mochila en el suelo y se sentó.
—Ella es Lucía y yo Berta. Encantada. ¿Quieres probar con nosotras las «perronenas» o como se diga, que nos van a traer?
Los tres soltaron fuertes carcajadas, que hicieron volver la vista a los pocos comensales que se encontraban en ese momento en el restaurante. Pedro les habló un poco de los dulces y alimentos típicos de la zona y les recomendó los hornazos y, sobre todo, los embutidos ibéricos. Lucía dijo que ella, con seguridad, probaría todo antes de marcharse del pueblo, pero de Berta tenía sus dudas:
—Creo que tú vas a adelgazar en este viaje los kilos que yo voy a engordar —dijo mirando a Berta.
—O, quién sabe, a lo mejor termino por dejar mis historias vegetarianas y me da por comer algún bicho autóctono —respondió Berta comiéndose la segunda pasta, mojada en licor.
—Veo que al dulce no le haces ascos, así que creo que sobrevivirás —dijo Pedro, y continuó preguntando—. Si no es mucha indiscreción, ¿qué os trae por este pueblo perdido de la Sierra de Francia, en esta época del año?
—Pues un poco de todo. Turismo, buscar a mis antepasados… —contestó Lucía
—¿Tienes familia aquí?
—No sé, es posible. Mi abuelo se llamaba Alberto Fraile González y nació aquí en 1903. Cuando tenía 25 años se marchó a Valladolid, donde echó raíces. De allí somos toda la familia, al menos la conocida.
—Y tú buscas la que pueda quedar por aquí…
—Sí, así es.
—Con ese apellido, Fraile, no conozco a nadie y soy de aquí, aunque he vivido muchos años fuera. Tu abuelo... ¿nunca os contó nada? ¿Nunca regresó a su tierra?
—No. No llegué a conocerlo. Murió unos años antes de que yo naciera, lo mismo que mi abuela. Según mi madre, su padre era muy reservado. El tema de La Alberca era tabú en la familia, por lo visto. Creo que ni siquiera mi abuela debió de saber mucho más. Pero, seguro que te estamos aburriendo con el «culebrón» y tendrás algo mejor que hacer.
—¡Qué va! Aquí la vida es algo gris y monótona, especialmente en invierno, y está muy bien conocer a gente de fuera, a personas como vosotras, que me cuentan historias interesantes. Así me inspiro más en mis relatos.
—¿Eres escritor? —preguntó fascinada Berta.
—Sí, algo he publicado, cinco novelas y algunos ensayos de historia, pero seguro que no os suena mi nombre, Pedro Martín Bellod…
—No sé, igual si me dices el título de una de tus novelas...—siguió Berta, en un gesto de buena voluntad.
—Mi última novela la publiqué hace un año, «El Crimen Charro», y el último ensayo, «Mitos y Leyendas de Las Batuecas» —dejó caer Pedro sin mucho convencimiento—. ¿Las conocéis?
—No, creo que no —contestó Berta, mientras Lucía negaba con la cabeza—. Con lo que a mí me gustan las leyendas y los misterios sin resolver... Por eso le ha costado bien poco a mi amiga convencerme para acompañarla y resolver el enigma de su familia y tratar de… —Sintió otra patada bajo la mesa, que cortó en seco su locuacidad.
Pedro ignoró el gesto y siguió hablando de ciertas personas a las que iba a preguntar esa tarde por el abuelo de Lucía. Les recomendó, sobre el plano, los monumentos y calles que podían visitar. Las convenció para cenar juntos, en un sitio que les iba a gustar a las dos —«tienen verduras», aseguró— y así contarles sus averiguaciones sobre Alberto Fraile.

Durante la tarde las amigas se dedicaron a hacer turismo por las calles estrechas, de balconadas muy coloristas, donde tenían colgados para secar pimientos y calabazas. Visitaron la Iglesia y una casa típica museo. Preguntaron a algunas personas mayores, sobre el abuelo y el apellido, pero nadie lo recordaba.
De regreso al hostal, algo desanimadas, cansadas y con frío, nada más doblar una esquina se encontraron de frente con un enorme animal: era un cerdo negro que las estaba mirando; estaban paralizadas. Cuando el cerdo se les acercó olisqueando, corrieron asustadas y no pararon hasta entrar en el hostal.
—¿Son alucinaciones mías o nos perseguía ese cerdo? —preguntó casi gritando Berta.
—Yo creo que te estoy contagiando mis pesadillas —contestó Lucía, ahora divertida.
La recepcionista, al verlas tan agitadas, les preguntó si tenían algún problema. Le contaron el percance con el cerdo y se enteraron de que acababan de conocer al famoso «marrano de San Antón»:
—Todos los años, en junio, se suelta al marrano por las calles de La Alberca —continuó la chica, mientras les entregaba la llave—. Los vecinos lo alimentan durante unos meses, hasta el 17 de enero, fiesta de San Antón, o sea, dentro de unos días, que es cuando rifan al cerdo entre todos los vecinos.
—No sé, no sé… Este cerdo no nos miraba con buenas intenciones —dijo Berta más tranquila.

A las 9 de la noche  Lucía y Berta se encontraron  con Pedro en la recepción del hostal, como habían acordado. No llovía y decidieron ir andando hasta el restaurante, que tan solo estaba a diez minutos de paseo. Aceleraron el paso, pues el frío de la noche era intenso.
El contraste con la calidez al entrar en El Duende, así se llamaba el sitio,  fue notorio. Durante la cena, Pedro se encontró como pez en el agua en su papel de atento y agradable anfitrión, ayudándoles a elegir los platos de diseño, pues por el nombre, era difícil saber su composición.
Pedro contó que no había tenido éxito en sus pesquisas y ellas le confesaron la agitada persecución del verraco. Berta, animada,  le tiró de la lengua para que narrara alguna leyenda y él les habló de la historia sobre cierta práctica de nudismo ancestral y adoración al demonio que, supuestamente, practicaba una tribu descubierta en el siglo XVI,  por los monjes carmelitas, cuando construyeron el convento bajo la Peña de Francia. A continuación, la conversación derivó hacia el arte y la pintura, donde tanto Pedro como Lucía demostraron sus conocimientos, mientras Berta aprovechaba para deleitarse con sus berenjenas rellenas de arroz y crema de remolacha, recuperándose de la dieta del mediodía.
—Es increíble que mi abuelo naciera y viviera aquí sin que nadie lo recuerde —dijo Lucía en otro momento.
—En realidad, no tanto. Haz cálculos: si nació en 1903 y se marchó de aquí con veinticinco años, o sea en 1928, probablemente solo las personas que tuvieran en esa época un mínimo de veinte años o fueran familiares lo recordarán. Pero familiares, al menos por el apellido Fraile, parece que aquí no hay ninguno —hizo una pausa para beber vino y prosiguió—. Hay que tener en cuenta que durante aquellos años, y hasta mucho después de la Guerra Civil, mucha gente emigró hacia otras tierras en busca de fortuna, como tu abuelo.
—Entonces, según tú, solo una persona con más de 100 años podría haber tenido contacto con él o siquiera recordarlo —repuso Lucía.
En ese momento a Pedro se le iluminó la cara y añadió:
—¿Cómo no lo había pensado antes? Conozco a una persona que quizás recuerde a tu abuelo.

A la mañana siguiente viajaron los tres por una carretera de curvas, hasta el Santuario de la Peña de Francia. Cuando aparcaron, Berta se acercó a contemplar uno de los miradores, desde el que se divisaban los pueblos de la Sierra. Pedro les señaló abajo, La Alberca y el resto de pueblos, Mogarraz, Sotoserrano y alguno más. Les convenció para no demorar más la visita prevista, dejando para luego dar un paseo por todo el Santuario.

Después de tocar una campanilla, salió a la entrada del edificio una joven monja de hábitos color crudo y velo negro. Pedro le explicó el motivo de la visita y les hizo pasar a una sala de altísimas paredes blancas y lámpara colgante de hierro de forja. Algún mueble antiguo, unos sencillos bancos de madera y enormes cuadros de motivos religiosos atrajeron la atención de Lucía. Cuando Pedro les explicaba algo sobre el origen del convento de dominicos, apareció la monja y les indicó que la siguieran: la hermana Teresa les esperaba.

Tenía 106 años y era la persona más anciana de la provincia de Salamanca, les había dicho Pedro en el viaje. Se encontraba recostada en un sillón, en una soleada y agradable estancia. Era un invernadero, con amplias cristaleras y multitud de flores y plantas. Cuando notó la presencia de los visitantes, levantó la cabeza, cubierta por un velo negro y apartó la vista de una gran lupa con la que leía, al parecer, una Biblia de tapas de cuero. Dos pequeñas rayas horizontales sobre la cara surcada de profundas arrugas, miraron al grupo:
—Buenos días, jóvenes. Siéntense ahí, por favor. Acérquense a mí, que les pueda ver y escuchar —dijo la hermana Teresa con voz temblorosa y dulce, señalando unas sillas de mimbre—. Me ha dicho la hermana María que querían hablar conmigo. ¡Hace tanto que no me visita nadie…!
—Hermana, no sé si me recuerda. Soy Pedro Martín, el escritor. Vine hace unos años a preguntarle sobre las Ermitas de La Alberca, ¿recuerda? —dijo elevando la voz.
—Sí. Creo acordarme… El escritor de la Alberca. Aunque mi memoria ya no es lo que era… ¿No era usted el que quería saber algo de antes de la guerra? ¿Algo sobre el teatro que se celebraba en la Ermita de las Majadas?
—Así es, hermana Teresa. ¡Conserva usted una memoria prodigiosa que ya quisiéramos muchos! Mire, he venido con mis amigas, Lucía y Berta, que tienen interés en conocerla.
—¡Qué guapas y jóvenes! —dijo mientras las dos amigas se miraron cómplices—. Pero, ¿qué motivo les trae a verme? Solo soy un pellejo de carne medio ciega y sorda, esperando la última llamada... Ya no creo que pueda ayudar mucho.
—Al contrario, hermana Teresa. Nos ha dicho Pedro que usted era la persona idónea para tratar de averiguar el origen de mi familia. Mi abuelo nació aquí, en La Alberca, a principios del siglo pasado y estoy buscando a familiares o a quien sepa algo de él. ¿Conoció usted a Alberto Fraile?
La anciana, mirando a Lucía intensamente, y luego a la cristalera,  hacia un punto indefinido, comenzó a hablar:

«Nací en el seno de una familia muy adinerada de esta comarca, los Gascón,  en Miranda del Castañar. Mi padre, Juan Gascón, era propietario de gran parte de las tierras de los pueblos de la Sierra de Francia, con casas en muchos de ellos, entre otros La Alberca, donde pasábamos los veranos. Mi infancia y juventud transcurrió plácidamente, con todas las comodidades que se podía tener en aquellos tiempos. Junto a mis dos hermanos, recibimos esmerada educación con maestros y sacerdotes  que venían a la Casa de Miranda, ya que la escuela más próxima se hallaba demasiado lejos para ir todos los días.
Siempre recordaré que el día 26 de junio de 1922 —tenía yo 12 años —mi padre y toda la familia estuvo en el comité de recepción del Rey Alfonso XIII, cuando vino a La Alberca, después de la visita a las Hurdes. Mi familia era monárquica hasta los tuétanos. También fue defensora acérrima de Primo de Rivera cuando, un año después, este impuso la dictadura tras su golpe de estado. Había que terminar con las veleidades e incertidumbres de los gobiernos liberales. Mi familia era muy tradicional y defensora de los valores patrióticos y católicos.
Al cumplir los 14 años, durante el verano, mis hermanos y yo tuvimos que ayudar en alguna de las haciendas —en las que trabajaban no menos de mil braceros—,  unas veces en tareas agrícolas o ganaderas, otras en la oficina. Mi padre quería que sus hijos conocieran de primera mano los negocios para hacerse cargo de ellos algún día.
Su ilusión era casarme cuando llegara a la mayoría de edad con el hijo de un terrateniente de Guijuelo, que empezaba a despuntar en el negocio del jamón. Era costumbre de los latifundistas de aquellos tiempos hacer una cuidadosa selección de los enlaces matrimoniales de sus hijos, para aumentar la fortuna y pasarla a los herederos. Así había sucedido con los Gascón durante muchas generaciones.
Cuando cumplí dieciocho años intenté demorar el compromiso, al principio con la complicidad de mi madre. ‘Aún era muy joven’, ‘quería seguir estudiando’…Pero de nada valieron las excusas: mi padre impuso finalmente su criterio y en unos meses, en septiembre, debíamos casarnos. No quería dejar pasar la ocasión pues el muchacho era un buen partido. Mi padre siempre con su visión mercantil del amor. El muchacho era educado y culto, si bien algo aburrido, pero en aquel entonces tampoco pensaba yo que el matrimonio pudiera consistir en otra cosa más que un contrato entre dos familias. Mi madre y el sacerdote de la familia  me dijeron que el amor y el cariño vendrían solos, en el matrimonio. La boda se iba a celebrar precisamente en la Iglesia de este Santuario...
Faltaban tres meses y el primer día de junio se iniciaba la siega del trigo. Yo me encontraba allí cuando los peones, en mitad de la jornada, pararon y se reunieron alrededor de un hombre curtido y alto, que les arengó subido a un carromato. Decía cosas extrañas para mí. Les habló de la revolución bolchevique y de la toma de poder por los trabajadores en Rusia, hartos de ser explotados por el régimen zarista, de la misma forma que aquí estaba ocurriendo con la Dictadura amparada por el Rey. Llamó a la gente a realizar paros y protestas para los siguientes días y les animó a afiliarse a su sindicato. Era un hombre seductor, hablaba con tanta vehemencia y fuerza que ni mis convicciones, ni mi educación, ni mi estatus fueron impedimento para quedar hechizada, hasta el punto que, después,  no fui capaz de decirle nada a mi padre sobre el suceso. Su intensa mirada me traspasó, al terminar el discurso y, acercándose a mí, me dio su cálida mano –nunca lo olvidaré—. Se presentó y me marché avergonzada, casi huyendo, presa de una gran agitación.
Al día siguiente, algo irresistible me empujó a regresar a la misma zona de trabajo, quería ver a ese hombre que tanto me había turbado, para demostrarme a mí misma que era todo un espejismo. ¡Qué equivocada estaba! Los encuentros, a partir de aquel día, fueron cada vez más frecuentes, su voz, su pelo negro enmarañado, sus manos me cegaban y me impedían ver más allá. Me enamoré locamente, nos enamoramos. Olvidé por completo que estaba prometida. Hice mil pedazos las tradiciones católicas, familiares, el día que nos encontramos secretamente en aquella arboleda junto al río…».

Los tres, Lucía, Pedro y Berta, escucharon el relato en silencio, arrebatados. Las palabras de esta centenaria mujer fluyeron con una elocuencia y naturalidad extraordinarias. Las lágrimas, que habían comenzado a resbalar por los surcos de su cara, interrumpieron el relato. Miró a Lucía y, tomándole la cara entre sus manos, dijo:
—No hay duda: eres su nieta. Tienes su mirada, sus gestos y su boca. Ahora ya lo sabes. Que Dios me perdone.
Lucía no sabía qué decir ante la revelación del pasado de su abuelo junto a esta monja. Un sentimiento de compasión y de complicidad hacia ella le hizo secar sus lágrimas con un pañuelo. La hermana Teresa prosiguió:
—Aquello era demasiado bello y a la vez peligroso. Tenía la sensación de que no podía ser real. Sabía que no podía terminar bien…
—¿Qué sucedió? —preguntó Lucía.
—Tu abuelo era un idealista, que luchaba por las libertades del pueblo, en aquel entonces oprimido por los caciques, como mi padre, que con la compra de votos conseguían asegurar la estabilidad del Régimen desde hacía muchos años.
—Entonces, Teresa, ¿mi abuelo era un revolucionario? Nunca me lo hubiera imaginado, por lo poco que supe de él.
—Sí, lo era, y al mismo tiempo, un loco romántico que cometió la imprudencia de pedirle la mano a mi padre, en lugar de hacerme caso y marcharnos en secreto. Sí, yo también estaba loca… Le propuse huir.
Teresa continuó su relato contando que las consecuencias fueron terribles. El padre, conocedor de las actividades subversivas de Alberto, ordenó que le dieran una paliza y lo echaran de las tierras. Teresa dijo a su padre que renunciaba al matrimonio con su prometido, pues estaba enamorada de Alberto. El padre dijo que jamás consentiría la unión entre una noble y un plebeyo, que, además, era comunista. Montó en cólera e internó a Teresa en el Convento de las Dueñas, en Salamanca.
—Pero, ¿qué fue de mi abuelo? ¿Nunca le buscó a usted? —preguntó Lucía.
—Sí. Supe por mi madre, años después, que Alberto, una vez repuesto de la paliza, me buscó por todas partes, pero mi padre era experto en comprar voluntades. Mi internamiento en el convento se había hecho en secreto. Por lo visto tu abuelo se marchó de La Alberca, al fallecer su madre unos meses después. Al padre, que era militar, lo habían matado unos años antes en la guerra de Marruecos. Nada le ataba al pueblo, no tenía trabajo y encima tenía como enemigo al dueño de estas tierras.
—¿Y no tenía ningún familiar más, algún tío, primos…?
—No, al menos nunca me habló de ellos. Pero sí que me confesó, avergonzado, que había sido adoptado, quizás por ello no reconocía tener más familiares.
En ese momento Lucía miró perpleja a Berta y Pedro. Esta noticia la descolocaba.
—¿Adoptado? ¿Dónde? —preguntó Berta.
—Si mi memoria no me falla, creo recordar que en Frómista, un pueblo de Palencia. Con menos de un año lo recogieron allí sus padres adoptivos y se lo trajeron a La Alberca. Nunca se lo ocultaron, pero Alberto llevaba muy mal haber sido adoptado. Tal vez de ahí sacó su espíritu rebelde, que luego alimentó con ideas políticas tras su paso por la Universidad de Salamanca.
Lucía, preguntada por Teresa, confesó lo poco que sabía de su abuelo a través de su madre. Siempre se había mostrado muy reservado sobre su vida anterior en La Alberca, quizás —añadió Lucía — debido al dolor que le producían las heridas del pasado.
Llegó la hermana María y anunció que era la hora de comer por lo que la visita debía terminarse. Pedro y las amigas se despidieron de la hermana Teresa, no sin antes prometerle que le escribirían de vez en cuando.
  
Cuando salieron del convento, Pedro les propuso seguir con la visita a la Iglesia gótica y a un curioso monumento, El Rollo: monumento de piedra que, según les contó, simbolizaba la independencia que el Rey Juan II dio al priorato en el siglo XV. Allí, en la escalinata, se sentó Lucía, mientras Pedro y Berta se hacían fotos en el mirador de la muralla. Berta decidió subir a una de las torres y Pedro se acercó a Lucía preguntándole:
—¿Qué te pasa? Te veo triste, ausente.
—Pienso en mi abuelo. En todo lo que pasó aquí. En lo que tuvo que sufrir…
—Sí, así debió ser. Pero las personas se rehacen y son capaces de correr una cortina sobre su pasado —repuso Pedro. --Yo creo que tu abuelo, cuando se fue a Valladolid, inició otra vida. Creo que «el Alberto enamorado y revolucionario» murió cuando se marchó de La Alberca.
—Tal vez fue mejor así…olvidar todo. Por ello nunca quiso volver al pueblo, para no reabrir heridas, y nunca contó nada a mi abuela, ni a mi madre —dijo Lucía pensativa.
—Entonces, Lucía, con esto acaba tu investigación, ¿no? —preguntó Pedro.
—Al contrario. Ahora empieza.
—No entiendo, ¿qué más quieres saber? Ya sabes el origen de tu abuelo, conoces lo que aquí vivió, luchó y amó. Después quiso iniciar otra vida en Valladolid, de la cual tú formas parte…
—Precisamente por eso, Pedro, porque yo formo parte de su vida, hay más cosas que debo averiguar. Para poner orden en la mía, en mis pensamientos…
En ese momento Lucía contó a Pedro el origen de su sufrimiento, las pesadillas, el cuadro, la casona, los gritos desgarrados. Le relató la visita al hipnólogo y el motivo verdadero de su viaje junto a Berta.
Pedro se quedó pensativo y finalmente dijo:
—Ahora entiendo tus comentarios y tus gestos con Berta. No querías hablar de ello…
—Me daba vergüenza. Pero ahora pienso que es mejor que lo sepas. Nos estás ayudando tanto…
—Te comprendo. Entiendo lo mal que lo estás pasando. ¿Qué piensas hacer?
—Seguir con la investigación. Necesito llegar al origen, tiene que haber algo en nuestra verdadera familia, los antepasados de mi abuelo, los míos, que está sin resolver. Yo, por la razón que sea, he sido elegida para esa misión y me temo que no estaré en paz hasta dar con el misterio que me atormenta.
—Pero hace tanto tiempo de todo ello... Solo sabes que tu abuelo tenía unos meses cuando fue adoptado en Frómista en 1903. No se me ocurre qué más puedes hacer.
—¿No lo entiendes? Yo necesito saber dónde nació, quiénes eran sus padres, mis bisabuelos, dónde vivían, por qué lo abandonaron, dónde lo dejaron en adopción ¡Tal vez cuando tenga respuesta a estas preguntas encuentre la paz! —estalló Lucía.
En ese momento lloró y apoyó su cabeza en el hombro de Pedro, que cogió su mano, en silencio. Lucía se sintió reconfortada durante un tiempo que le pareció eterno. Sintió el perfume y el calor del amigo.  Un ligero estremecimiento recorrió su cuerpo y se incorporó, soltando la mano de Pedro, al darse cuenta de que se aproximaba  Berta.
El resto del día lo pasaron recorriendo la comarca de las Hurdes, pues quiso Pedro que conocieran las maravillas naturales de la zona y los pueblos semiabandonados que una vez recorrió el Rey Alfonso XIII en la época de Alberto y Teresa. Por la tarde, cuando regresaban en el coche, Berta conduciendo y Pedro en el asiento delantero, tenían una animada conversación sobre los espíritus y las leyendas de esos valles y montañas. Lucía, en el asiento trasero, mientras consultaba su móvil, les anunció por sorpresa:
—¡Próxima etapa: Frómista! Lo he decidido. Berta, mañana nos vamos. Tenemos casi trescientos kilómetros hasta llegar allí, así que hemos de madrugar.
—¿Os vais a marchar tan pronto? Con la de cosas que yo os quiero enseñar —preguntó Pedro.
—Sí, Pedro. Tenemos que seguir. Para mí no es un viaje de turismo. Ya te he contado mis pesadillas.
—Lo comprendo. Os voy a echar mucho de menos —dijo girando la cabeza hacia el asiento de atrás.
—Ya te contaremos las peripecias del doctor Watson y Sherlock Holmes —dijo Berta, contagiando sus risas a los demás.


                                     CAPITULO III


LA CRIPTA
Autor: José María García

A la mañana siguiente Berta fue la primera que abrió los ojos. Le dolía algo la cabeza, fruto de la velada nocturna de despedida de los tres amigos, que habían tomado alguna copa de más. Comenzaba a clarear el día, un rayo de luz iluminaba levemente  el dormitorio. Su amiga dormía inquieta, movía la cabeza y los párpados; daba patadas. Incorporándose de su cama tocó levemente el hombro de Lucía, quien bruscamente abrió los ojos y la miró como diciendo «otra vez». Sí, tampoco esa noche se había librado de las pesadillas, y contó que en ese momento soñaba que estaba en el jardín de esa casa, en medio de una terrible tormenta. Se había despertado justo cuando sonaba un relámpago.
Enseguida hicieron el equipaje, desayunaron y se pusieron en marcha. Tenían un largo viaje por delante y no había que desaprovechar ni un instante. Además Berta estaba consumiendo sus vacaciones.
Hacia el mediodía entraban en Frómista, después de un itinerario algo monótono. Había conducido Lucía todo el tiempo ya que, según dijo a Berta,  no le sentaba bien dormirse en el coche, cosa que con seguridad le ocurriría si viajaba de copiloto.
Fueron directamente al hotel recomendado en internet, Hospedería del Peregrino, llevándose una grata sorpresa por la belleza y solidez del antiguo edificio. Dejaron las maletas en la habitación y salieron a tomar un bocado, muy cerca del hotel,  donde el amable recepcionista les aconsejó. Como estaban cansadas, decidieron regresar y dormir una buena siesta para recuperar energía.
A media tarde salieron a pasear y recorrer el pueblo, cosa que hicieron muy rápidamente. Apenas 20 calles y 800 habitantes —que vivían de la agricultura y algo del turismo por estar en la ruta del Camino de Santiago— definían el tamaño del pueblo. Muy cerca del hotel se encontraron con la majestuosidad y sencillez de la Iglesia de San Martín, «estilo románico, sin lugar a dudas» —dijo Lucía. Se encontraron con unos cuantos turistas a esa hora, seguramente peregrinos, que se relajaban haciendo fotografías y adquiriendo cultura. La recorrieron por fuera. Tenía la ventaja de no disponer de edificación civil anexa, con lo que pudieron apreciar la armonía del conjunto. Lucía era experta en arte y le fue señalando a Berta  curiosidades como el cimborrio octogonal junto a los tres ábsides, orientados al este. Hacia el oeste la porticada principal tenía en los extremos de la fachada dos elevadas torres que alojaban las campanas. El conjunto era precioso, rodeado de cierto aire de misterio, al reflejarse en la parte superior de la iglesia la luz naranja del atardecer. Bajo los tejados extrañas sombras alargadas, debido a multitud de curiosas figuritas mitológicas de animales y seres extraños —canecillos, según Lucía— rodeaban todo el edificio. Mientras hacían fotos,  igual que algunos peregrinos del Camino, se dirigieron hacia una puerta pequeña, cerca del ábside sur. Parecía la entrada. Tenían la intención de ver por dentro la iglesia, pero un viejo con hábito de color terroso, encorvado y apoyado en un bastón, les impidió la entrada:
—Está cerrado ¡Ya son más de las seis! —dijo el fraile mostrando su boca desdentada, mientras señalaba el cartel del horario.
Las amigas dieron media vuelta ante el desagradable cancerbero de la iglesia y decidieron volver al día siguiente por la mañana. Al llegar al hotel, el simpático recepcionista, que terminaba su turno de trabajo,  les preguntó si querían ver el edificio, a lo que las amigas respondieron afirmativamente. Mientras les mostraba las dependencias, contó que el edificio se construyó en 1772, por el Marqués de la Ensenada, como almacén de granos de cereales. Posteriormente, en el siglo XIX, fue restaurado y ocupado por la orden Religiosa de los Hermanos Peregrinos, con lo que se transformó en Monasterio que, al estar en el Camino de Santiago, se destinó a albergar a los peregrinos que decidían pasar allí la noche.
—También fue casa de acogida de huérfanos y pobres —dijo el chico, mientras les enseñaba el pequeño claustro rodeado de columnas.
—¿Cuándo dejó de funcionar como hospicio? —preguntó Lucía con los ojos abiertos de par en par.
—En el año 31, al inicio de la Segunda República, debido a un incendio. En aquellos momentos se desató una ola anticlerical que obligó a los Hermanos Peregrinos a marcharse a otros Monasterios más seguros.
—Entonces… ¿el edificio se quemó entero? —preguntó Berta.
—No. Solo una parte. El ala sur, la dedicada a hospicio y biblioteca —respondió el muchacho.
—¿Qué ocurrió con todos los documentos de esa época? —preguntó Berta.
—Por lo que yo sé, prácticamente se quemaron todos. Al parecer los Hermanos, en su precipitada huída, se fueron con lo puesto.
—¿Y en la parte que se salvó, no quedaron documentos? —preguntó Lucía con un hilo de voz.
A ello contestó negativamente el muchacho. En ese momento Berta vio como se le enrojecían los ojos a su amiga y entendió lo que sentía: sin papeles era imposible seguir adelante con la investigación sobre la adopción de su abuelo. Berta le explicó al chico que lo que buscaban era muy concreto: los libros de registro de huérfanos entregados en adopción de unos determinados años. El chico, guiñando un ojo a ambas, dijo:
—En el pueblo, de toda la vida, ha circulado la leyenda de que algunos libros se guardaron en la cripta de la Iglesia de San Martín, pero nunca se ha podido comprobar. Yo nunca vi nada, aparte de las tumbas, bóvedas y columnas.
—Pero, la cripta se puede visitar, ¿no? —dijo Lucía algo esperanzada.
—No. Está cerrada al público. Solo en la festividad de San Martín, el 11 de noviembre, la Iglesia permitía, hasta hace unos años, que los feligreses entraran para honrar las reliquias de sus muertos. Se hacía un recorrido de bajada por una estrecha escalera y de subida por la otra para evitar atascos.
Cuando el recepcionista se marchó, las dos amigas decidieron que al día siguiente, como tenían previsto, harían la visita a la Iglesia e intentarían, de alguna manera, visitar la cripta. Era la única pista posible, por muy endeble que fuera.
A la mañana siguiente fueron a la oficina de turismo, donde consiguieron información, folletos y planos de la Iglesia de San Martín. Les confirmaron que la cripta no era visitable desde hacía veinte años,  debido al deterioro de las bóvedas y columnas, cuyas policromías comenzaron a desprenderse con el trasiego de gente. Hace unos años se inició un proyecto de restauración por parte del Ministerio de Cultura, pero con la crisis y los recortes, se supone que aún tardaría unos años en llevarse a cabo. Aunque la iglesia, del siglo XI, había sido restaurada en 1894 y declarada Monumento Nacional, después de varios siglos de progresivo abandono, inexplicablemente la restauración no se hizo sobre la cripta, que conservaba su primitivo estado bajo el suelo del altar y los ábsides.
Se acercaron a la entrada sur de la Iglesia, la única abierta para el público. Unos cuantos peregrinos hacían cola para sacar el ticket de entrada. El siniestro fraile de la tarde anterior, con cara de pocos amigos, sentado tras una vieja y carcomida mesa les dio las entradas y un folleto, indicando con áspera voz que no se podían hacer fotos ni tocar cuadros o figuras.
Al entrar, se sumieron en la más absoluta oscuridad, hasta que sus ojos se adaptaron a la penumbra. Era una típica iglesia románica de tres naves, que orientadas hacia el este, estaban encabezadas por tres ábsides. En el central había un sencillo altar con crucifijo. Los laterales tenían dos pequeños altares. Dieron una vuelta a lo largo de todo el perímetro de la iglesia, contemplando los pilares cruciformes y capiteles con muchísimas figuras mitológicas, de animales, monstruos y guerreros. Subieron a la única de las dos torres adosadas a la fachada oeste, que tenía la puerta abierta. Arriba, a través de las troneras y campanas, se podía contemplar toda Frómista y el fuerte colorido de las tierras palentinas que la rodeaban. Esa mañana las dos amigas estaban relajadas y felices.
Decidieron bajar y averiguar dónde podían estar las puertas de entrada y salida de la cripta, que no habían visto cuando estaban frente al altar central. Quizás estaban en los ábsides laterales Acercándose al pequeño altar que había en la nave de la derecha, pasaron otra vez junto al fraile jorobado, quien no les quitaba ojo. La luz natural que entraba por los tres ventanales del ábside era suficiente para inspeccionar todo. Sobre el altar había un pequeño sagrario de madera tallada, pero no se veía sobre las paredes ninguna puerta que pudiera conducir a la cripta. Tampoco se podían acercar mucho ya que había una cuerda de pasamanería roja, sujeta a las columnas laterales, con un cartel de prohibido el paso. Continuaron revisando otra vez el altar mayor y finalmente el pequeño altar sobre el ábside izquierdo, todos con sus cuerdas protectoras. En ese momento Berta tuvo una ocurrencia, dirigiendo la mirada bajo el altar:
— ¡Bingo! —dijo en voz baja, --¿te has fijado en la vieja moqueta que cubre el suelo? El de la derecha está igual.
Acto seguido se miraron cómplices y cuando vieron al vigilante atender a otros turistas que llegaban, Berta, que era la más atrevida, pasó por debajo de la cuerda, que mantuvo levantada para que cruzara Lucía. Las dos intentaron despegar por algún sitio la polvorienta alfombra, que parecía incrustada en el suelo hasta que, por fin, justo bajo el altar, pudieron levantarla. Poco a poco, ya que el despegado hacía ruido, consiguieron atisbar en la penumbra, lo que parecía que era la esquina de una vieja puerta de madera sobre el suelo.
—¿Qué diablos están haciendo? —oyeron a sus espaldas mientras levantaban una nube de polvo al soltar precipitadamente la moqueta.
—¡Salgan de ahí! ¡Es que no ven la prohibición! —les gruñó el feo guardián, amenazándoles con el bastón.
Nerviosas, avergonzadas y sacudiéndose la ropa, salieron de la iglesia. Decidieron, para calmarse,  ir a un bar de la plaza para tomarse una cerveza. Berta, como siempre alocada y decidida, le dijo a Lucía que tenían que bajar a la cripta por una de aquellas puertas. Lucía ponía pegas:
—¿Cómo entramos otra vez y eludimos al «perro guardián»?
—Muy sencillo, amiga mía. Por la noche y sin pedir permiso —respondió Berta.
—Pero hay que entrar por algún sitio, forzar alguna puerta…
—¿Es que no me conoces? Estas manos que ves —dijo agitando las palmas— son capaces de hacer lo que se propongan. No es la primera vez que abro una puerta sin llave.
Lucía miraba asombrada a Berta. Era una caja de sorpresas.
—¿Y si nos pillan? —preguntó Lucía.
—¿Y si no averiguamos nada más de tu abuelo? —dijo Berta.
—Sí, supongo que tienes razón. Tendremos que arriesgarnos.
Comenzaron a trazar el plan. Tenía que ser esa noche, con lo que había que proveerse de linterna, además de otros útiles para forzar puertas, guantes, pasamontañas para no ser reconocidas y de paso evitar el polvo que seguro habría en la cripta. Berta sabía lo que se necesitaba. Decidieron ir esa tarde a un centro comercial alejado, para hacer las compras y  no levantar sospechas en el pequeño pueblo.
Una vez en la hospedería, Lucía revisó el plano de la iglesia, para ver por dónde iban a entrar esa noche. Recordó algo y, señalando a Berta el plano, le comunicó sus sospechas de que el fraile vivía allí. Debía de tener sus dependencias junto a la entrada principal de la fachada oeste y pegadas a la torre gemela de la que habían subido ese día. En el plano aparecía un habitáculo y solo podía ser ahí donde viviera. Por tanto la entrada tenían que hacerla por la puerta de la fachada norte, la más alejada, para evitar que les oyera. Sospechaban que esa puerta no se usaba normalmente pero esperaban poder abrirla, ya que, en caso contrario tendrían que intentarlo por la entrada normal de feligreses y turistas.
Esa noche, en restaurante del hotel, apenas consiguieron cenar debido a los nervios. En conversación informal con el camarero, bromeando sobre el parecido del fraile con «Quasimodo», se aseguraron de que vivía en la iglesia.

Era una noche de luna llena cuando dos sigilosas figuras negras, cubiertas con pasamontañas, atravesaron la plaza de la Iglesia de San Martín. Todo el mundo debía de estar durmiendo a esa hora. A lo lejos se oyó ladrar un perro. Rodearon la fachada por la zona de los ábsides, hasta llegar a la puerta norte, cuya cerradura iluminaron con la linterna. Rápidamente Berta, con maestría de ladrón profesional, sacó de la mochila sus herramientas para abrir el antiguo cerrojo de llave de hierro, no sin antes echarle un spray lubricante. También roció las bisagras para amortiguar ruidos, según le había explicado a Lucía. En unos minutos se oyó el «clac» de apertura de la puerta, y con una parsimonia extraordinaria, Berta fue empujando hacia dentro, sin apenas hacer ruido, hasta lograr una rendija suficiente para pasar.
Caminaron por la nave lateral, sin encender la linterna, ya que, por fortuna, entraba la tenue luz de la luna por las ventanas de los ábsides, hacia donde se dirigían. Sombras alargadas, agazapadas tras las columnas, parecía que les acechaban a cada paso. No eran más que estatuas. Terroríficos monstruos les miraban y parecía que giraban la cabeza a cada paso que daban, desde los capiteles de las columnas. Despacio, un poco temblorosas,  se acercaron a la penumbra del altar de la izquierda. Solo oían su propia respiración agitada, cuando procedieron a levantar, por segunda vez en el día, la moqueta, ahora casi sin esfuerzo. Enseguida dejaron al descubierto la carcomida y estrecha puerta de entrada a la cripta, que iluminaron con la linterna. Solo tenía un aro y un herrumbroso pestillo que para abrir tuvieron que engrasar. Lentamente, tirando del aro oxidado, la trampilla iba subiendo. Pesaba considerablemente. Los goznes crujían a pesar del spray silenciador. Bruscamente el aro se desprendió de la puerta que, cayendo sobre la entrada, provocó un estrépito descomunal, cuyo eco duró lo que a ellas les pareció una eternidad.
Berta apagó inmediatamente la linterna y se agazapó junto a Lucía. Contuvieron la respiración. No se escuchaba nada. No se vio luz alguna procedente del fondo de la nave. Cuando se aseguraron de no haber sido descubiertas, prosiguieron con la apertura de la puerta. Berta sacó una palanqueta con la que haciendo presión pudo volver a levantarla y entre las dos, con sumo cuidado y esfuerzo consiguieron voltearla, esta vez en silencio.
Bajaron por la estrecha escalera de piedra. Lucía iba delante con la linterna, apartando telarañas, sin poder evitar que alguna se le quedara pegada al verdugo. Al llegar abajo enfocaron a la derecha y descubrieron una angosta sala de paredes de piedra, llena de bajas columnas con capiteles decorados, desconchados,  en penoso estado. El suelo crujía al pisar los escombros. Al acercarse a la zona central, situada bajo el altar mayor, descubrieron una reja metálica, que al otro lado tenía tres tumbas. Proyectando el haz de luz sobre el resto de la cripta no vieron lugar alguno, ni piedra o puerta, que pudiera hacer pensar que al otro lado había algo guardado, salvo la segunda escalera del fondo que debía subir al otro altar.
Lucía cuchicheó a Berta, un poco desanimada:
—No veo dónde podemos buscar los malditos documentos. Como no sea dentro de alguna tumba…
—Mira ahí —dijo Berta señalando la tumba de la derecha— ¿La tapa no está un poco desplazada?
—Es verdad. Además se nota la junta. Si te fijas, las otras dos están selladas. Podríamos…
—A mi me da un poco de repelús, esto de ultrajar a los muertos —dijo Berta un poco cortante, pero añadió— si estoy sola no lo hago. Contigo me atrevo.
Después de abrir con ganzúa la cerradura de la reja de hierro, Berta sacó de su mochila la palanca que había usado antes y  pidió a Lucía que le ayudara a desplazar la gruesa losa. Despacio, con dificultad, movieron la piedra hasta dejar el hueco suficiente como para mirar al interior. Conteniendo el aliento se asomaron, enfocando con la linterna. Había una especie de jarapa o tela de saco raída que tapaba un bulto. Se miraron como preguntando quién iba a meter la mano.
Lucía, la menos supersticiosa de las dos, se animó y comenzó a destapar la tela, dejando al descubierto las cuencas de los ojos de un cráneo que le hizo dar un respingo. Se repuso y decidió continuar ante la mirada de pánico de Berta. El resto del esqueleto, algo desmadejado, quedó al descubierto. Algo llamó la atención de Lucía:
—Allí al fondo, veo una cosa oscura. Vamos a mover un poco más la piedra para ver de qué se trata—dijo empuñando ella misma la palanqueta.
Cuando consiguieron desplazar suficientemente la losa, Lucía, metió la mano otra vez, mientras Berta temblorosa apuntaba con la linterna.
—¡Aquí hay unos libros! Mira —le dijo a Berta.
 Entonces notó a través del guante, una cosa viscosa o blanda que se removió, una serpiente o una rata quizás. El grito de Lucía, y el de Berta a coro, resonaron como un extraño cántico gregoriano sobre las bóvedas de la cripta. Las dos amigas se quedaron paralizadas, mirando hacia las escaleras por las que habían bajado. Transcurrió un tiempo indeterminado en absoluto silencio. Entonces sintieron claramente unos pasos de alguien que arrastraba un pie y golpeaba el suelo rítmicamente con un bastón, que se acercaba hasta pararse sobre sus cabezas. « ¡Quién anda por ahí!» —sonó el desagradable graznido del fraile. Era como si hubiera un altavoz en la cripta conectado a un micrófono del altar.
Al sentirse descubiertas, reaccionaron de inmediato, se miraron preguntándose qué hacer y Lucía, que conservaba la cabeza algo más fría, señaló la otra escalera,  hacia la que se dirigieron a toda prisa. Cuándo iniciaron la subida, Berta le pidió a Lucía que la esperara, porque había olvidado la mochila. Lucía, agazapada en la oscuridad de la escalera, aterrorizada, oyó como los pasos de arriba se desplazaban lentamente hacia la entrada por la que habían descendido antes. Vio en el otro extremo de la cripta una débil iluminación parpadeante, que poco a poco aumentaba su intensidad. «¡Berta!», gritó mentalmente Lucía. De repente la linterna de Berta vino corriendo hacia ella, mientras sonaban los pasos y el bastón del fraile, que descendía por las escaleras del otro extremo. Reagrupadas las dos amigas señalaron hacia arriba, la puerta cerrada, y subieron a toda prisa. Era la única oportunidad que tenían de escapar: empujar con todas sus fuerzas y tratar de abrir esa puerta. « ¡Sé que están ahí!» oyeron claramente cuando ambas al unísono, desde lo alto de la escalera, empujaron la madera con todas sus fuerzas, que crujió pero no cedió. « ¡No se saldrán con la suya!» sonó más cercana la voz. Cogiéndose de las manos, hicieron una última embestida sobre la puerta, dotadas de la brutal fuerza que da el instinto de supervivencia. La madera, seguramente podrida se hizo añicos, deshaciéndose sobre sus hombros y pasamontañas. Empujaron la polvorienta alfombra, no sin dificultad y tosiendo sin parar, hasta que consiguieron separarla del suelo. Salieron al espacio del altar derecho y echaron a correr en la penumbra. La linterna la habían perdido en la escalera. Lucía tropezó con el banco de la primera fila y cayó al suelo. Cuando Berta la ayudaba a incorporarse, la figura del fraile, con una especie de camisón blanco, tan solo estaba a unos quince metros. Les apuntaba con su linterna y no paraba de gritarles, amenazadoramente, para que se detuvieran. Lucía, cojeando, al haberse lastimado una pierna, y Berta, ayudándole, consiguieron salir al pasillo lateral y a la puerta por la que habían entrado sin que el fraile les diera alcance.
Una vez en el exterior, bajo la luz de la luna, corrieron a esconderse en unos jardines próximos donde, agachadas tras un seto, observaron que el fantasmal cancerbero se asomaba a la puerta. Este, tras inspeccionar a uno y otro lado, decidió entrar de nuevo, golpeando contrariado el suelo con su bastón.
Esperaron un rato, sin oír nada raro, salvo el perro que ladraba a lo lejos. Algo más tranquilas, se desprendieron de los guantes y el pasamontañas. Se sacudieron el polvo y las virutas de la ropa antes de regresar al hotel. Eran las dos de la madrugada. El amigo recepcionista, que estaba de guardia esa noche, les abrió la puerta. Las miró entre divertido y extrañado y les dio las buenas noches. Cuando entraron al ascensor, se vieron por primera vez reflejadas en el espejo y empezaron a reírse como locas liberándose de la tensión acumulada en las últimas horas: tenían rodales ennegrecidos alrededor de los ojos y de la boca que les daban un aspecto muy cómico.
Al llegar a la habitación, Lucía, dolorida por el golpe,  empezó a cambiar el gesto y dijo:
—Nos hemos librado de «Quasimodo» por los pelos, pero ahora está todo perdido. Por mi culpa. Los libros se quedaron…
—¿Te refieres a estos? —dijo una Berta exultante, mientras sacaba dos viejos tomos de la mochila.
Lucía abrazó llorando a su amiga quien al mirarla y ver el efecto de payaso que le producían las lágrimas sobre los rodales de los ojos, soltó una carcajada.

Como es natural, el grado de excitación no les iba a permitir dormir esa noche, sin antes inspeccionar los libros, uno de ellos con un borde algo chamuscado. Después de sacudir el polvo cuidadosamente para que no se rompiera,  tomaron el primer libro, cuyo título borroso sobre el cuero envejecido era: «Registro de adopciones. Hospicio de Hermanos Oradores Peregrinos.  De 15 enero 1857 a 31 de Julio de 1902». El otro libro, mucho más nuevo y mejor conservado, aunque con una punta ennegrecida,  tenía el mismo título, pero solo contenía la fecha de inicio: 1 de agosto de 1902 hasta…, aparecía en blanco.
Decidieron mirar entre las fechas de 1902 y 1903, ya que de haber algo sobre el abuelo Alberto tenía que ser ahí. No sin mucho esfuerzo, debido a la caligrafía con pluma, antigua y rebuscada, a veces borrosa debido al efecto de la humedad sobre la tinta, consiguieron finalmente encontrar en el segundo libro, con fecha 23 de septiembre de 1902, la entrada en el hospicio del niño Alberto Expósito. No había ningún Alberto más en ese año. Se había entregado por una persona cuya firma casi ilegible, figuraba en un borde parcialmente quemado, y empezaba por «Borr…». En la página de adopciones encontraron que el niño Alberto Expósito fue adoptado, con fecha 16 de junio de 1903, por un matrimonio de La Alberca, provincia de Salamanca, tomando los apellidos de los padres adoptivos: Fraile González.
Las dos daban saltos de alegría al encontrar, por fin, el nombre del abuelo de Lucía. Aunque no era mucho, habían dado un paso importante para averiguar los orígenes. Lástima que el nombre de la persona que lo entregó fuera ininteligible.
Decidieron que aquel día, lleno de emociones, debían darlo por concluido y, después de esconder la ropa sucia y los libros en sendas bolsas, se dieron una ducha, frotándose a conciencia la suciedad, y se acostaron.
A la mañana siguiente, sobre las nueve, unos tenues golpes en la puerta, las despertaron. Lucía, en ropa interior, entreabrió la puerta y oyó:
—Buenos días. ¿Puedo pasar? Soy José, el de recepción. Es importante que hablemos —dijo misterioso.
—Pero… estamos medio dormidas aún. ¿No puedes esperar?
—No. Es por un suceso ocurrido anoche,  en la Iglesia. Parece que dos personas desconocidas profanaron una tumba. La policía está preguntando a todo el mundo y enseguida estarán en el hotel.
—Espera un segundo, que nos pongamos algo encima y te abro— dijo Lucía entornando la puerta y sacudiendo a Berta para que se levantara de inmediato. Se colocaron unas holgadas camisetas y dejaron entrar a José.
— ¿Qué tiene que ver con nosotras esa profanación? —dijo Lucía
—No soy policía, pero coincide que sois dos. Me preguntasteis anteayer por los documentos del antiguo Hospicio de los Hermanos Peregrinos y os informé de la posibilidad de que estuvieran en la cripta. Y llegasteis anoche a las dos, en un estado lamentable,  justo después de la hora en que Fray Pancracio dice haber sorprendido a dos sujetos con pasamontañas en la cripta. ¿Sigo?
—Ya veo que estamos perdidas. ¿Nos vas a denunciar? -–preguntó Lucía.
—No veo el motivo. No me parecéis vulgares profanadoras de tumbas ni ladronas, aunque sí guapas atrevidas. Contadme qué habéis encontrado y por qué lo habéis hecho.
Lucía hizo un rápido resumen de los motivos de la investigación y de los documentos hallados, que le habían permitido encontrar el origen de su abuelo. Mostraron los libros a José.
—Os propongo un trato. Yo os doy unas fotocopias de las páginas que os interesan del libro y me entregáis los originales. Puedo, perfectamente, declarar a la Policía que anoche no entró ni salió nadie del hotel después de las diez de la noche, por ejemplo…
—Deben ser muy valiosos esos libros, cuando te expones tanto —dijo Berta, ya más espabilada.
—Valor en sí, ninguno. Solo para mí, porque llevaba muchos años tratando de encontrarlos para mis investigaciones históricas y mis colecciones privadas. Me encantan los libros antiguos.
—Trato hecho —dijo Lucía estrechando su mano y entregándole los libros—. Pero escóndenos esta bolsa de ropa polvorienta donde nadie pueda encontrarla nunca. Tal vez dentro de la caldera.
José se marchó con los bultos, no sin antes recordarles que se dieran prisa, por el posible interrogatorio. Se arreglaron y bajaron a desayunar tranquilamente, con cara de no haber matado una mosca en su vida.
Al terminar, ya estaban en recepción los inspectores. José les llamó y las presentó. Les hicieron pasar a un  despacho y las sometieron a un interrogatorio normal, sobre lo que habían hecho el día anterior. Por supuesto reconocieron haber saltado por la mañana el cordón ya que eran expertas en arte románico y querían ver el estado de conservación de la puerta de entrada a la cripta, cerrada ya tantos años. Berta dijo que querían preparar un informe para la Universidad, a ver si conseguían acelerar la llegada de las subvenciones para la reforma. Debió sonar muy creíble. «Ahí estuviste genial, Berta, improvisando lo del informe para las subvenciones» —reconoció después Lucía.
Como el delito era prácticamente inexistente, solo el allanamiento de la iglesia y la apertura de una tumba, pero sin robo aparente alguno —Fray Pancracio debía desconocer lo de los libros— y dado que la declaración de José había sido en la línea acordada, los policías terminaron enseguida el rutinario e inútil interrogatorio. Las dejaron marchar pidiéndoles colaboración en caso de que oyeran algo sospechoso de algún peregrino o turista del Camino de Santiago.
Lucía y Berta decidieron tomarse un día de relajación total, para superar el estrés, paseándose por los pueblos de alrededor, y probando la deliciosa gastronomía palentina, mientras pensaban en el próximo paso. Al día siguiente bajaron el equipaje a recepción y allí estaba José, esta vez de turno de día, a quien pidieron la factura. Entre tanto, les preguntó en voz baja:
—Me pica la curiosidad: ¿Y ahora qué vais a hacer? ¿Cómo vais a proseguir con las investigaciones? —mientras les entregaba disimuladamente un sobre con las fotocopias prometidas.
—Seguiremos recorriendo otros Monasterios de los Hermanos Oradores Peregrinos, para ver si encontramos alguna pista que nos conduzca al señor «Borr…». No se me ocurre nada más —dijo Lucía.
—Os puedo decir, como ya os anticipé, que los monjes que huyeron de aquí durante la República se fueron a dos Monasterios: el de Santa María de Carracedo, en Ponferrada y el de San Francisco, en Betanzos. Pero lo que quizás no sepáis es que el primero está en ruinas, fue  abandonado enseguida por la Orden  y se encuentra en  proceso de restauración. El segundo se quemó totalmente en mitad de la Guerra civil. Dudo que podáis conseguir información allí.
—¿Y qué fue de los monjes de la Orden? —preguntó Berta ante el silencio de Lucía.
—La Orden se disolvió, pero algunos expertos historiadores dicen que los monjes marcharon a Francia, uniéndose a otra orden benedictina.
Viendo a las amigas desanimadas, José tuvo una inspiración y, tratando de ayudarlas, preguntó a Lucía:
—¿Tienes una fotografía de algún cuadro de la casona que pintas?
—Sí, mira estas fotos —dijo alargando su móvil
José contempló las diversas fotos de cuadros de la casa, del jardín, con las camelias y las dos palmeras flanqueando la entrada… Sonriendo devolvió el móvil a Lucía y dijo:
—Podíais haber empezado por ahí. Está clarísimo —continuó—. Es un pazo gallego típico. De la época de los indianos que emigraron a América. Deberíais ir directamente a Betanzos sin perder más tiempo e indagar en la pista de esas fotos. No puede haber muchos pazos como ese.
Las dos amigas, agradecidas, cubrieron de besos a un José abochornado tras el mostrador,  sobre todo cuando se dio cuenta de  que unos clientes estaban esperando su turno en la cola.


                                        CAPÍTULO IV


RUTA DE LAS CAMELIAS
Autora: Marta Cornejo

Al fin se encontraban cerca de Betanzos. El día era lluvioso y gris. A veces el limpiaparabrisas no daba abasto para la cantidad de lluvia que caía. Otras veces, la lluvia amainaba y parecía que las pequeñas gotas quisieran convertirse en copos de nieve. El estado de ánimo de Lucía estaba en consonancia con el tiempo. Berta la animaba:
—Vamos, Lucía, ya verás como en Betanzos descubrimos algo interesante. Bueno, tengo la corazonada de que lo que encontraremos será más que interesante. Seguro que allí está la clave de todo.
—No sé, Berta. Es todo muy complicado,  ya no sé qué pensar.
—Piensa que estamos a punto de llegar y que vamos a premiarnos con una buena cena.
El móvil de Lucía sonó en ese momento.
—Es Pedro —Lucía vio su nombre en la pantalla del teléfono—. Hola, Pedro —la voz de Lucía sonó más animada que hacía unos instantes—. ¿Vienes mañana a Betanzos?... Estupendo.
La cara de Lucía se iluminó y a Berta no le pasó desapercibido. Después de una corta conversación con Pedro, Lucía se dirigió a su amiga.:
—Dice Pedro que mañana a mediodía se nos une, que nos echa de menos y que le ha pillado el gustillo a ser investigador.
—¡Vaya!, seguro que te echa de menos a ti más que a mí —Berta le guiñó un ojo a su amiga, apartando un momento la vista de la carretera.
—Venga, Berta, no empieces. Pedro me cae muy bien, y a ti también, ¿no?
—Sí, sí, a mí también. Pero creo que a ti te gusta bastante. ¿O me equivoco?
—Pues sí, Berta, me gusta, pero no tengo ánimo ni disposición para pensar en nada más allá de una amistad. Ahora mismo solo hay una cosa que me preocupa: encontrar el origen de lo que me está pasando, de mis sueños y mis pesadillas.
—Vale, vale, está claro. Pero Pedro no está nada mal, yo me lo pensaría…
—Déjalo ya, Berta. ¡Mira, ahí está la salida a Betanzos!
Berta se desvió a la derecha, siguiendo la indicación. La lluvia había cesado y las nubes empezaban a ser menos densas.
Cuando llegaron a la plaza, aparcaron cerca de unos soportales donde se encontraba la oficina de Turismo. Entraron y pidieron información de la zona. Después de recomendarles un par de hostales, les informaron sobre “La ruta de las camelias”, un recorrido por diferentes pazos de los alrededores, todos ellos con magníficos jardines.
Estaban agotadas, pero unos tímidos rayos de sol aparecieron entre las nubes, lo que animó a las amigas y, sobre todo, a Lucía, quien había parecido revivir con la noticia de que Pedro se les uniría al día siguiente.
Por la mañana, Lucía y Berta recorrieron varios pazos que estaban indicados en el folleto de Turismo. Ninguno era la casa soñada por Lucía. En uno de ellos entablaron conversación con uno de los jardineros y le preguntaron si no había otros pazos o casonas señoriales en los alrededores. El jardinero les contó que la ruta turística incluía solo los que estaban restaurados y eran visitables, pero que había, al menos, tres pazos más que permanecían abandonados, por eso no se citaban en el folleto.
Las dos amigas decidieron buscar esos pazos por la tarde, ya con Pedro, que se les uniría para comer. Habían quedado en la plaza, donde se encontraban varios restaurantes y tascas típicas.
Pedro y Lucía se alegraron de verse, y eso que solo habían estado separados cinco días. La comida fue animada, pues Pedro venía con ánimos renovados y contagió a las dos mujeres su optimismo.
—Ya veréis como esta tarde encontramos algo —les aseguró.
Se dirigieron a los dos primeros pazos, que estaban muy cerca de la salida a la carretera de La Coruña. Ambos estaban bastante abandonados, pero su sólida estructura se mantenía totalmente en pie. Ninguno de los dos le resultó familiar a Lucía.
Al llegar al último pazo, el pazo de Láncar, en Bergondo, una pequeña aldea junto a Betanzos, aparcaron el coche junto a un muro del que sobresalían enormes árboles de ramaje salvaje y descuidado. Decidieron bordear el muro para buscar una puerta o algún tipo de entrada a lo que supusieron debía de ser una gran casa en medio de una especie de selva enmarañada. El cielo estaba plomizo y empezaban a caer gruesas gotas de lluvia, mientras se dejaba sentir algún trueno. Comenzó a llover fuertemente mientras los tres amigos intentaban refugiarse bajo las ramas, pero la lluvia arreciaba y Berta decidió buscar refugio en algún sitio.
—¡Nos estamos empapando, vamos a algún sitio a resguardarnos y cuando pare de llover, volvemos! —Berta salió corriendo, al tiempo que animaba a Lucía y Pedro a seguirla.
Pero Lucía se había quedado inmóvil: mirando por un boquete del muro, había visto la fachada que tantas veces había aparecido en sus sueños, la fachada flanqueada por dos altísimas palmeras…, la escalinata…, los dos torreones, uno de ellos semiderruido…, las paredes desconchadas, las desvencijadas contraventanas verdes...


                                       CAPÍTULO V


EL PAZO
Autora: Aurora Asensi

Lo que tantas veces le había parecido irreal... ahora estaba ahí, frente a ella. Ya no era un sueño...
Pedro, cogiéndola suavemente por los hombros, dijo:
—Tranquila, todo irá bien. Estoy contigo.

Berta  había decidido quedarse bajo el porche de una parada de autobús cercana. «Estáis un poco locos. Os vais a empapar. ¿Por qué no esperamos a que escampe?» —pensaba.
Juntos inspeccionaron la valla buscando un hueco, un resquicio por donde penetrar al jardín y, sin dificultad, lo consiguieron dado el estado en que se encontraba.



«Todo está ahí... Es increíble» —pensó Lucía. Sintió vértigo frente a la fachada que tantas veces había sido un anuncio de lo incomprendido.
El cielo se cerró y la cortina de lluvia los envolvió pero a ella nada parecía importarle. Como hipnotizada, se dirigió a los escalones que daban paso a la entrada. Agarró el pomo de la puerta que tantas veces había visto, pero esta no cedió. Pedro, que había ido tras Lucía, cogió sus manos heladas, pero ella no parecía sentirlo, empapada como estaba de lluvia y lágrimas. El cielo se incendió  por momentos, y se escucharon estampidos atronadores. Pedro la llevó con firmeza hacia un lateral de la casa, bajo una techumbre.  Justo allí había una ventana carcomida y de un empujón consiguió abrirla. Lucía, poseída por una atracción incontrolable, entró. En el interior el aire era denso. Aunque todavía era de día, el amplio salón en el que se encontraban estaba envuelto por una neblina que hacía aún más enigmática la escena. De las paredes enmohecidas colgaban varios cuadros representando paisajes y algún retrato.
Ella avanzó con los brazos extendidos, como sonámbula, arrastrada por una voluntad ajena a la suya, mientras de sus labios se escapaban palabras ininteligibles. Él la miró con fascinación y algo asustado, pero no quiso interferir, presintiendo que algo fuera de toda lógica iba a ocurrir.  Lucía fue directamente hacia uno de los cuadros, puso sus manos sobre él y un espasmo agitó todo su cuerpo. Pedro la sujetó cuando empezaba a desplomarse y, a pesar de la semioscuridad  reinante, pudo contemplar, con asombro, el retrato de una mujer de enorme parecido a Lucía, o más bien a una Lucía en su primera juventud.
Pedro arrancó el cuadro de las manos de  Lucía y la sacó  de allí, aquella estancia era demasiado turbadora. Una vez fuera  de la casa, bajo el techado junto a la ventana, Lucía preguntó a Pedro si había  visto lo mismo que ella. Él asintió con la cabeza y la abrazó con fuerza.
Serían las seis de la tarde cuando un fuerte vendaval se levantó y la hojarasca barrida dejó al descubierto,  muy cerca de ellos, dos lápidas. Sin importarles el aguacero, se pusieron de rodillas junto a ellas y con las manos descubrieron las inscripciones. En una se leía: «Blanca Borrajo Llanes (1875-1921)»; en la otra, «Julian Borrajo Paredes (1848-1936)».
Pedro se levantó, alejándose unos metros. Recordó entonces el apellido casi ilegible del libro del hospicio que le había enseñado Lucía. Ella permanecía absorta, en el suelo cuando, repentinamente, una luz cegadora y un estampido atronador la envolvieron. Un rayo había caído destruyendo el torreón que aún quedaba en pie y una de sus ramificaciones alcanzó la tumba del hombre, junto a la que estaba Lucía.


                                        CAPÍTULO VI


EL HOSPITAL
Autora: Marta Cornejo

Imágenes sin forma definida, colores, líneas… se agolpaban en la mente de Lucía. No tenía una noción clara de dónde se encontraba. Había estado dos días en coma, pero había despertado y empezaba a ser consciente de lo que la rodeaba: paredes verde manzana, puertas que se abrían y cerraban, una ventana por donde, a veces, se filtraban unos débiles rayos de sol. A menudo caía en una duermevela que no le impedía escuchar lo que se decía a su alrededor. Oía la voz de Pedro, y a veces la de Berta, junto con otras voces que no podía identificar.
        Lucía se imaginaba a menudo flotando: era un globo mecido por el viento. La sensación era agradable, pero le desconcertaba no poder aterrizar. Otras veces, notaba una brisa en el rostro, parecía estar en la cumbre de alguna montaña, con un enorme valle a sus pies. Solo imaginaba espacios abiertos y cielos limpios de nubes.
        Finalmente, pudo vencer la pesadez de sus párpados y mantuvo los ojos abiertos. ¿Dónde estaba? Giró la cabeza hacia la luz y se encontró con el rostro de Pedro, sonriéndole.
—Hola, guapa.
—Hola —Lucía se dio cuenta de que le costaba articular, tenía la boca seca. —Estoy en un hospital, ¿verdad?
—Sí. ¿Cómo te encuentras?
—Bien —respondió Lucía, —pero no tengo claro por qué estoy aquí. Estoy confusa.
    Pedro le ofreció un poco de agua.
—¿No recuerdas lo que te ocurrió?
—No, solo tengo sensaciones. A veces siento un calor repentino y una especie de sensación de vacío; creo que voy a recordar algo… pero se me escapa.
—La historia es larga, Lucía, además de increíble. Estás viva de puro milagro…
Entonces, Pedro le contó lo sucedido: el pazo, la tormenta, el rayo que la había afectado, por suerte, solo tangencialmente…
Lucía no recordaba nada de todo aquello. Ni rastro en su mente de las imágenes que durante tanto tiempo la habían atormentado ni del impacto que sufrió ante las tumbas. Ahora entendía por qué tenía las piernas vendadas y le costaba trabajo moverlas. Las quemaduras de tercer grado todavía tardarían en curar. Había tenido mucha suerte, era una superviviente
—Berta ha  hablado con tu hijo Diego y me ha dicho que estará aquí muy pronto—Pedro le apretaba la mano. —Ha podido arreglar los asuntos de trabajo. Está deseando verte y darte un abrazo.
Lucía, con los ojos llorosos, asentía.
—Verás cómo te vas a poner bien muy pronto.
—Gracias, Pedro —la voz de Lucía fue un susurro apenas audible.

La noticia de la llegada de su hijo fue un bálsamo para las heridas de Lucía.
Los días comenzaban a alargarse anunciando una tímida primavera. Lucía se recuperaba poco a poco y quería ordenar sus pensamientos para reconstruir los sucesos que la habían llevado hasta aquella habitación de hospital. Necesitaba comprender y le pidió a Berta que le contara todos los detalles de lo sucedido el día de la tormenta.
Berta le relató que al alejarse del pazo, dejando a Lucía y Pedro, se había refugiado bajo una marquesina de madera que hacía las veces de parada de autobús. El agua se filtraba entre las tablas, pero, al menos, protegía de la tremenda cantidad de lluvia que estaba cayendo. Allí había encontrado a un aldeano que le contó la historia del pazo de Láncar, del dueño, Julián Borrajo, y de su hija Blanca.
La joven Blanca se había vuelto loca al perder a su hijo de pocos meses, y el padre la había tenido encerrada en la casa durante años, en el torreón ahora derruido. A veces, según contaban los viejos, se escuchaban sus gritos en la aldea. La joven llamaba al niño y profería gemidos y lamentos desgarradores como si alguien le hubiera quitado a la criatura. Un día de tormenta, un rayo había destruido el torreón, acabando también con la vida de Blanca. Entonces, el padre decidió marchar a América, donde tiempo atrás había hecho fortuna. La casa quedó abandonada. Transcurridos unos años falleció en la Argentina, pero había dejado estipulado en su testamento que quería ser enterrado en el pazo de Láncar junto a su hija, que yacía allí. Padre e hija permanecieron juntos bajo la tierra desde entonces. El pazo nunca se reconstruyó, pues pasó a propiedad de varios parientes que no llegaron a ponerse de acuerdo en los términos de la herencia.
Lo asombroso de la historia es que el rayo que había afectado a Lucía, había destruido el otro torreón del pazo, donde solía habitar el padre, y también su tumba. La tumba de Blanca había quedado intacta. Parecía una venganza del destino que, al cabo de los años, había deparado el mismo final al padre y a la hija.

Las ajetreadas mañanas de hospital, con enfermeras y médicos que entraban y salían de la habitación, daban paso a las tardes diáfanas que se extendían en la luminosidad del cuarto. Lucía se encontraba cada día un poco mejor  y era más consciente de todo. Aun así no lograba recordar los sucesos acaecidos ni evocar la imagen del pazo, esa imagen que había rondado por su cabeza durante tanto tiempo. Solo, en alguna ocasión, habían vuelto a su mente sensaciones difusas que sentía como un martillo metálico golpeando sus sienes, pero que desaparecían sin dejar rastro.
Pedro, que estaba  escribiendo una historia con todo lo sucedido, iba y venía a La Alberca, turnándose con Berta en acompañar a Lucía. La presencia de Pedro se había convertido en un apoyo impagable: callaba cuando era preciso, le hablaba cuando lo necesitaba, le mostraba un afecto incondicional, bromeaba y le contaba pequeñas historias que hacían más llevaderas  las largas horas de hospital. Era el abrigo con el que Lucía se arropaba y su calor empezaba a ser vital para ella.

Una tarde de marzo, Lucía miraba por la ventana los tímidos brotes de las ramas del olmo que se erguía por encima de los demás árboles del pequeño jardín. Pedro entró y le dio un beso en la mejilla.
—¿Cómo estás hoy?
—Muy bien. He andado por el pasillo un buen rato y me he tomado todo el desayuno y casi toda la comida.
—Así me gusta, estás hecha toda una mujer —bromeó Pedro con una sonrisa cómplice.
—Tengo una buena noticia: el viernes me dan el alta —Lucía le sonrió.
—Estupendo, Lucía, estoy seguro de que en tu casa terminarás de recuperarte del todo.
—Sí, eso creo. Además, ahora que viene Diego prefiero estar en casa y aprovechar cada minuto para disfrutar de él.
—Muy bien. Yo me iré al pueblo. Tengo mis cosas un poco abandonadas.
—Pedro, gracias por estar conmigo y por dejar aparcados tus asuntos. Has sido una ayuda fundamental para mí y… no sé cómo agradecértelo, de verdad —Lucía miraba a Pedro con los ojos húmedos mientras cogía su mano y la apretaba con fuerza.
—Agradécemelo poniéndote buena pronto —Pedro respondió a la presión de la mano de Lucía.
—Berta y tú habéis sido mi apoyo…y lo sois todavía…
—Lucía, yo he estado donde quería estar y… espero seguir estando, si tú quieres —la mirada de Pedro se dirigió intensa a los ojos llorosos de Lucía.
—Claro que quiero…
—Mira, —Pedro, sentado frente a Lucía, se inclinó para estar más cerca de ella —yo voy a marcharme y te dejo con tu hijo para que disfrutes plenamente de los días que va a estar aquí. Después volveré y hablaremos de nosotros, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —Lucía apenas controló su impulso de reír y llorar a la vez.
Pedro se inclinó aún más y besó suavemente a Lucía en los labios. Ambos notaron una sensación cálida que creían ya olvidada.



                                      CAPÍTULO VII


EL HIJO
Autora: Marta Cornejo
 
Los días con Diego, ya en Valladolid, transcurrieron demasiado rápidos. Los paseos junto al río, los largos desayunos en la cocina, las visitas de los amigos… A Lucía le parecía un milagro tener a su hijo otra vez en casa. Había sentido su marcha como un auténtico desgarro. Pero sabía que no debía retenerlo, no podía ser un obstáculo en su camino.
 Lucía tenía ganas de vivir y se esforzaba por recuperar su vida, lejos de obsesiones y pesadillas. La compañía de Diego le daba fuerzas. Pedro hablaba mucho por teléfono con ella y el cariño de su familia y de sus amigos estaba resultando definitivo en su curación. Solo alguna noche que Diego había salido, estando sola en casa, había intuido alguna sensación extraña que apartaba inmediatamente de su cabeza, pero que le dejaba un rastro amargo, como si masticara herrumbre y polvo.
Una tarde intentó ponerse a pintar de nuevo, quería saber si  volvería la imagen recurrente de tantas otras veces…, pero su mente se hallaba en blanco. Estaba ensimismada,  intentando definir un contorno que le era familiar, pero que no era capaz de plasmar, y abandonó los pinceles. En ese momento sonó el teléfono. Era el doctor Moura, uno de los doctores del hospital donde había pasado más de un mes.
—¿Cómo se encuentra, Lucía?
—Bien, doctor. Estoy tranquila, pero tengo algunas lagunas y no puedo recordar ciertas cosas.
—Bueno, es normal. Piense que sufrió un gran shock.
—Sí, supongo que sí…
—Verá, Lucía, he estado estudiando su caso con mucho interés y me gustaría cambiar impresiones con usted. Tengo unos días libres y podría acercarme a Valladolid, si no tiene inconveniente.
—Por supuesto que no, doctor, venga a casa cuando quiera, me encantará hablar con usted. Pero, ¿ocurre algo por lo que deba preocuparme? —Lucía se alarmó.
—No, no, por favor, no se preocupe. Únicamente quiero que hablemos porque quizá  pueda ayudarla, si no a comprender, sí a aceptar todo lo que le ha ocurrido. La verdad es que, hoy por hoy, la ciencia— dijo —no puede explicarlo todo.
El doctor Moura acudió el fin de semana a la cita con Lucía. Berta y Diego la acompañaban. Mientras tomaban  café, el doctor les explicó su teoría de lo sucedido.
—Muchos puntos pueden tener alguna explicación científica, pero como le he sugerido por teléfono, a la neurociencia le queda mucho camino por recorrer.
—Doctor, yo siempre he sido una persona muy intuitiva, pero realista y práctica, a la vez. No creo que llegue nunca a entender lo que me ha ocurrido, lo que quiero es olvidarlo y, sencillamente, vivir.
—Verá —explicó el doctor Moura—, la memoria de los sucesos traumáticos, que dejan un rastro marcado sobre la psique (tragedias violentas, muertes, pérdidas desgarradoras…), puede ser barrida, o neutralizada a través de otro suceso traumático de igual o mayor impacto emocional. La fuerza del segundo shock anula la huella del primero, por decirlo de algún modo. Ello ha sido demostrado en numerosos estudios sobre pacientes afectados por grandes traumas. Por tanto, el impacto del rayo puede haber borrado la memoria heredada de los sucesos sufridos por su antepasada, su bisabuela. Queda por resolver cómo ha llegado hasta usted la presencia tan intensa de unos hechos ocurridos muchos años antes. Por el motivo que sea,  sus conexiones neuronales son, o al menos eran, hipersensibles y habían captado imágenes y voces marcadas de algún modo en su herencia genética. Según la teoría de la Bioneuroemoción, los herederos van acumulando, en forma de dolencias físicas o mentales, los conflictos no resueltos del pasado familiar. La ciencia está investigando al respecto, pero no hay todavía resultados ni explicaciones definitivas.
—Doctor Moura, me cuesta trabajo comprender por qué me ha ocurrido esto, es más, no recuerdo el día de la tormenta ni tampoco la historia de mis antepasados. Solo sé lo que me han contado  y, si le soy franca, quizá sea mejor así.
—Entiendo su postura. Pero si cambia de opinión, sepa que su caso es digno de ser estudiado con más detalle y yo estaría dispuesto a hacerlo si usted quisiera realizar algunas sesiones de terapia en mi consulta.
—Doctor, le agradezco su interés, pero solo quiero empezar de nuevo y disfrutar de lo que tengo. No quiero volver atrás ni hurgar en el pasado. En este momento solo me preocupa el presente —Lucía miró a Diego—. No necesito nada más.
Lucía despidió al doctor Moura  y, cuando este se marchó, comenzó a llorar. Berta, preocupada, le preguntó qué le ocurría. Lucía lloraba de felicidad, al fin se sentía liberada. Quería ser una mujer nueva, olvidar sus obsesiones, dejar de sufrir. Era una superviviente y solo quería ser feliz. Solo anhelaba pintar cielos abiertos y paisajes multicolores. Solo necesitaba desterrar las sombras de su alma.

Diego regresó a Australia. La despedida fue difícil, pero Lucía sabía que Diego siempre estaría con ella, aunque viviera a miles de kilómetros de distancia. Era consciente de que su hijo estaba bien en Melbourne, de que le gustaba su trabajo, y había intuido, además, que probablemente también tuviera allí algo parecido a una novia. Estaba claro que su vida se encontraba allí.
Lucía ahora se sentía una mujer nueva y había aprendido a valorar lo que tenía. Ante ella tenía un nuevo reto, su relación con Pedro. También quería volver a poner en marcha la tienda, cerrada durante varios meses, retomar la pintura… Si alguna sombra pasaba fugazmente por su mente, la borraba de inmediato.

La primavera  vestía de aguaceros y tardes cálidas la ciudad, mientras Lucía y Pedro se acomodaban a una situación nueva en sus vidas. Lucía intentaba disfrutar con cada pequeña cosa que la vida le proporcionaba, pero de cuando en cuando sufría episodios de ausencia que preocupaban a Pedro.
Lucía y Diego hablaban un par de veces por semana. La pantalla del ordenador  le devolvía una imagen algo deformada de su hijo, pero, al menos podía verlo. Lo conocía muy bien, sabía si estaba contento, o triste, o cansado…
Últimamente parecía preocupado.
Una noche, el rostro de Diego delataba una fatiga que Lucía no había notado otras veces. No quería ser la típica madre pesada y había estado evitando preguntarle, pero ya no podía más. A su hijo le ocurría algo. Después de insistirle mucho, finalmente, Diego le contó lo que le pasaba.

Desde hacía días vivía obsesionado por un sueño cada vez más frecuente: soñaba con una gran tormenta, sentía que le envolvía una luz cegadora, escuchaba un ruido abrumador y notaba una sacudida interna, su cuerpo parecía arder y caía a tierra en un espasmo violento. Se desplomaba sobre la tierra mojada.
       
Había sido alcanzado por un rayo.