domingo, 25 de enero de 2015

CICLO VITAL

Apenas unas horas le separan del disparo que, en cierto modo, pasó rozándole, hiriéndole en lo más profundo de su alma. Cosas de la vida, cosas de la muerte. Noche de insomnio de ese hombre que ha vivido en sus propias carnes el drama de la vida, hasta ahora contemplado desde la platea y de súbito, desde el mismo escenario.

Aflicción de madre, cara surcada de profundas arrugas nonagenarias,  de inmenso dolor  irreparable, que impactan en su sensibilidad, que se graba en sus entrañas y alteran su sueño.  Ayer descubría  el padecimiento elevado a la enésima potencia, de una madre y, a la vez, abuela que siente que ha sido estafada por el juego de cartas de vida —de la muerte—al no permitirle abandonar la partida  antes que a su hija, al no ahorrarle el sufrimiento infinito de ver cómo su fruto más querido le es arrancado de sus entrañas por segunda vez, la primera feliz, hace apenas un puñado de años, más esta  trágica ocasión  para no volverlo a ver. Dolor porque se le haya empujado contra su voluntad,  contra toda lógica, al espectáculo de horror que supone contemplar  el amado rostro  exangüe,   ahora sin sangre de su sangre.

Siente  la más profunda pena, amor y solidaridad por el inmenso y a la vez sereno sufrimiento de esos niños,  ya adultos, a los que la madre ha insuflado su último aliento, tras largas noches en vela,  a los pies del lecho de la agónica y terminal enfermedad. Esos adorados chicos que han sabido recoger el amor infinito, las sabias enseñanzas de quien sabía  desde hace tiempo, que su espacio se  había  agotado.

Esa mujer y ese hombre que son ya,  hoy portan el testigo de la naturaleza, del eterno ciclo biológico, por el que la materia, la carne,  ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.  Por el que el espíritu y la memoria de quien han dejado atrás, se les ha trasmitido, para que ellos, alguna vez cedan a sus hijos.

Ellos son el presente y el futuro que, sin lugar a dudas, sabrán construir. Al que van equipados con la valiosa mochila que les ha sido legada en los años de su existencia y que se han visto forzados a cargar, antes de tiempo, por la temprana marcha de una madre, una hija.

miércoles, 14 de enero de 2015

CARICATURAS ONÍRICAS - "Je Suis Charlie"

      En la casa de campo, recluido durante las vacaciones de invierno, el caricaturista dibujaba frenéticamente. Hora tras hora, día tras día perseguía la quintaesencia de la silueta, a través de sus rápidos trazos de lápiz. Quería extraer del papel el más profundo mensaje,  apenas insinuado y a la vez descarnado. En realidad solo buscaba descubrir algo diferente, más sublime y artístico, dentro de su mente, más no sabía qué.
La papelera hacía una semana que se había desbordado de arrugados bocetos. En las contadas ocasiones en que se levantó de su mesa de dibujo, durante ese tiempo, para buscar en el frigorífico algún retal que comer, para dormir o para vaciar la vejiga, sus pies pasaron por entre una maraña de pelotas de papel, desparramadas por todo el estudio,  que llegaban incluso al pasillo.
Esa mañana, al asomarse a la ventana,  tuvo una sensación extraña, un presentimiento de que algo diferente a otros días podía suceder. Contempló el esplendor del jardín de la parte trasera de la casa. El estanque de nenúfares reflejaba el oscuro verde de los parterres —salpicado por níveas esculturas—  que contrastaba con el azul luminoso del cielo. Era un juego de luz y sombra más marcado de lo habitual.
Después de retocar con su lápiz  la túnica de vestal griega, que apenas cubría el voluptuoso cuerpo de mujer, había dibujado el extremo de los pies que asomaban bajo la seda. Empezaba a encontrarse satisfecho conforme iba avanzando en  los detalles de su obra. Sí, eso era lo que buscaba después de tanto tiempo. Quizás no fuera una caricatura.
Tras horas de esfuerzo e inspiración en las que dio forma a  brazos y manos, tomó distancia para ver la correcta perspectiva y su mirada se posó incrédula sobre uno de los pies: ¡no estaba tal y como él lo había dibujado, en paralelo al otro!;  se encontraba ligeramente más adelantado, como si se hubiera movido. Tonterías —pensó—no puede ser, la falta de sueño me está afectando.
Enseguida reemprendió el trabajo con entusiasmo, porque ese día tenía a las musas de su parte, y había que aprovecharlo. Al terminar las delicadas líneas de la cara, dejó sobre la mesa el lápiz y contempló con satisfacción la belleza griega. Esta vez no iba a terminar en el cubo de la basura. Tomándose un momento de descanso, encendió un cigarrillo e inspirando profundamente cerró los ojos.  No cabía en sí de gozo.
Al abrirlos se horrorizó: ¡No! —exclamó. Esa no era su obra; ante sí vio la mujer más bella que podía imaginarse, a la que habían crecido unas alas que él no había dibujado y, lo más sobrecogedor: una gélida y maligna mirada de muerte que él jamás hubiera sabido plasmar. En sus manos empuñaba  una espada que no se explicaba de dónde había salido. Era como…un Ángel Exterminador.

Un  torbellino de ideas, de imágenes  en negativo que viraban a negro y rojo, brillos metálicos zigzagueantes, ruidos de cuerpos que se derrumban, gritos entrecortados, estallido de cristales, carreras desesperadas, huellas sobre líquidos  viscosos, estertores… todo ello inundó su mente de manera esquizofrénica, al contemplar el dibujo, sin ser capaz de distinguir realidad alguna, a la vez que una bruma descendía sobre todo lo que le rodeaba…
Despertó con dolor en la sien y frío en las entumecidas articulaciones. Era de noche. Poco a poco levantó la cabeza que tenía apoyada sobre la mesa, encendió el flexo y mirando a su alrededor nada le llamó la atención,  los estantes de libros y cartapacios, el suelo seguía lleno de papeles... ¿Qué ha pasado?—pensó — ¡vaya pesadilla!; sí, la mesa…el papel, todo está en orden—siguió revisando— ¿en orden? Perplejo se dio cuenta que el folio solo contenía una inscripción junto a su lápiz. Con una extraordinaria parsimonia, como el que camina hacia el cadalso,  leyó unas  palabras de extraña grafía:

¡LIBERTARÉ Al MUNDO!

Incrédulo, parpadeó, pero las palabras seguían ahí, desnudas, crípticas, apocalípticas, sin dueño ni explicación. No se oía ruido alguno en la casa. Temeroso, encendiendo las luces,  buscó infructuosamente  por todas las estancias la presencia de alguien, hasta que al llegar a la cocina se encontró los cristales rotos de la puerta del jardín.
Lentamente, con miedo atravesó la estancia saliendo por la puerta al exterior. El juego de sombras era extraño. El estanque apenas reflejaba algo más que oscuridad. El sol se había puesto hacía un rato y solo la tenue luz de la casa y el crujir de sus pies sobre la grava le permitían saber que caminaba por el sendero que rodea el estanque. Se sorprendió al ver un bulto tumbado, junto al seto, casi se tropieza. Parecía blanco, redondeado. Al tocarlo sintió el frío,  como el mármol… ¡era la cabeza de la estatua próxima!... ¡la habían cortado limpiamente! Acercándose se dio cuenta que sobre la frente tenía unas manchas que resultaron viscosas al tacto.
Rápidamente encendió  su mechero y comprobó con estupor que las manchas eran  rojas, parecían de sangre. Formaban una extraña palabra, con los mismos caracteres que el escrito de su mesa. Levantando la vista, la luz de la llama  le permitió ver que el resto de estatuas que rodeaban el estanque también habían sido decapitadas.
Una a una comprobó que todas las cabezas tenían escritas en la frente, distintas palabras y comprendió que su dibujo, la caricatura desaparecida, no había sido un sueño en vano. Había dado vida a sus anhelos de paz. Las palabras malditas eran:
Yihad
   Inquisición
      Cruzadas
         Terrorismo
            Violencia
               Ocupación
                  Gueto
                     Nazismo
                        Guerra
                           Racismo
                              Fanatismo
                                 Intolerancia
                                    Miseria
                                       Arrogancia

José María García
14 de enero de 2015