En la
casa de campo, recluido durante las vacaciones de invierno, el caricaturista dibujaba
frenéticamente. Hora tras hora, día tras día perseguía la quintaesencia de la silueta,
a través de sus rápidos trazos de lápiz. Quería extraer del papel el más
profundo mensaje, apenas insinuado y a
la vez descarnado. En realidad solo buscaba descubrir algo diferente, más
sublime y artístico, dentro de su mente, más no sabía qué.
La papelera
hacía una semana que se había desbordado de arrugados bocetos. En las contadas
ocasiones en que se levantó de su mesa de dibujo, durante ese tiempo, para
buscar en el frigorífico algún retal que comer, para dormir o para vaciar la
vejiga, sus pies pasaron por entre una maraña de pelotas de papel, desparramadas
por todo el estudio, que llegaban incluso al pasillo.
Esa mañana, al asomarse a la ventana, tuvo una sensación extraña, un presentimiento
de que algo diferente a otros días podía suceder. Contempló el esplendor del
jardín de la parte trasera de la casa. El estanque de nenúfares reflejaba el oscuro
verde de los parterres —salpicado por níveas esculturas— que contrastaba con el azul luminoso del
cielo. Era un juego de luz y sombra más marcado de lo habitual.
Después de retocar con su lápiz la túnica de vestal griega, que apenas cubría el
voluptuoso cuerpo de mujer, había dibujado el extremo de los pies que asomaban
bajo la seda. Empezaba a encontrarse satisfecho conforme iba avanzando en los detalles de su obra. Sí, eso era lo que
buscaba después de tanto tiempo. Quizás no fuera una caricatura.
Tras horas de esfuerzo e inspiración en las que dio forma a brazos y manos, tomó distancia para ver la correcta
perspectiva y su mirada se posó incrédula sobre uno de los pies: ¡no estaba tal
y como él lo había dibujado, en paralelo al otro!; se encontraba ligeramente más adelantado, como
si se hubiera movido. Tonterías —pensó—no puede ser, la falta de sueño me está
afectando.
Enseguida reemprendió el trabajo con entusiasmo, porque ese día tenía
a las musas de su parte, y había que aprovecharlo. Al terminar las delicadas líneas
de la cara, dejó sobre la mesa el lápiz y contempló con satisfacción la belleza
griega. Esta vez no iba a terminar en el cubo de la basura. Tomándose un
momento de descanso, encendió un cigarrillo e inspirando profundamente cerró
los ojos. No cabía en sí de gozo.
Al abrirlos se horrorizó: ¡No! —exclamó. Esa no era su obra; ante
sí vio la mujer más bella que podía imaginarse, a la que habían crecido unas
alas que él no había dibujado y, lo más sobrecogedor: una gélida y maligna mirada
de muerte que él jamás hubiera sabido plasmar. En sus manos empuñaba una espada que no se explicaba de dónde había
salido. Era como…un Ángel Exterminador.
Un torbellino de ideas,
de imágenes en negativo que viraban a
negro y rojo, brillos metálicos zigzagueantes, ruidos de cuerpos que se
derrumban, gritos entrecortados, estallido de cristales, carreras desesperadas,
huellas sobre líquidos viscosos,
estertores… todo ello inundó su mente de manera esquizofrénica, al contemplar
el dibujo, sin ser capaz de distinguir realidad alguna, a la vez que una bruma descendía
sobre todo lo que le rodeaba…
Despertó con dolor en la sien y frío en las entumecidas articulaciones.
Era de noche. Poco a poco levantó la cabeza que tenía apoyada sobre la mesa, encendió
el flexo y mirando a su alrededor nada le llamó la atención, los estantes de libros y cartapacios, el suelo
seguía lleno de papeles... ¿Qué ha pasado?—pensó — ¡vaya pesadilla!; sí, la
mesa…el papel, todo está en orden—siguió revisando— ¿en orden? Perplejo se dio
cuenta que el folio solo contenía una inscripción junto a su lápiz. Con una
extraordinaria parsimonia, como el que camina hacia el cadalso, leyó unas palabras de extraña grafía:
¡LIBERTARÉ Al MUNDO!
Incrédulo, parpadeó, pero las palabras seguían ahí, desnudas,
crípticas, apocalípticas, sin dueño ni explicación. No se oía ruido alguno en
la casa. Temeroso, encendiendo las luces, buscó infructuosamente por todas las estancias la presencia de
alguien, hasta que al llegar a la cocina se encontró los cristales rotos de la
puerta del jardín.
Lentamente, con miedo atravesó la estancia saliendo por la
puerta al exterior. El juego de sombras era extraño. El estanque apenas
reflejaba algo más que oscuridad. El sol se había puesto hacía un rato y solo
la tenue luz de la casa y el crujir de sus pies sobre la grava le permitían
saber que caminaba por el sendero que rodea el estanque. Se sorprendió al ver
un bulto tumbado, junto al seto, casi se tropieza. Parecía blanco, redondeado.
Al tocarlo sintió el frío, como el
mármol… ¡era la cabeza de la estatua próxima!... ¡la habían cortado limpiamente!
Acercándose se dio cuenta que sobre la frente tenía unas manchas que resultaron
viscosas al tacto.
Rápidamente encendió su
mechero y comprobó con estupor que las manchas eran rojas, parecían de sangre. Formaban una extraña
palabra, con los mismos caracteres que el escrito de su mesa. Levantando la
vista, la luz de la llama le permitió
ver que el resto de estatuas que rodeaban el estanque también habían sido
decapitadas.
Una a una comprobó que todas las cabezas tenían escritas en la
frente, distintas palabras y comprendió que su dibujo, la caricatura desaparecida,
no había sido un sueño en vano. Había dado vida a sus anhelos de paz. Las
palabras malditas eran:
Yihad
Inquisición
Cruzadas
Terrorismo
Violencia
Ocupación
Gueto
Nazismo
Guerra
Racismo
Fanatismo
Intolerancia
Miseria
Arrogancia
José María García
14 de enero de 2015