Con una
ligera y, a la vez, cargada maleta viaja en tren. Apenas han pasado un puñado
de días desde que Álvaro subió a bordo. Ahora, casi al final del viaje, adivina
a pesar de la nevada, la Estación. Suma y
sigue; una más y una menos…
En el
itinerario, lleno de emociones y sentimientos encontrados, había conocido a diversos viajeros que no
siempre iban al mismo destino. Unos se despidieron enseguida, en las primeras
estaciones, quizás porque sintieron que no
era su viaje o les había llegado la hora; tal vez se desilusionaron o agotaron.
Los menos,
se incorporaron en apeaderos
intermedios, con todo el tiempo por delante para compartir futuros recorridos o
para pasar desapercibidos.
Unos
cuantos, orondos, viajaron con gruesas
maletas de las que no se desprendían, ni
siquiera al dar una cabezada; de vez en
cuando leían un periódico salmón o hablaban por teléfono. A veces escudriñaban
temerosos el rostro de los acompañantes. A veces parecían despiadados.
Otros,
risueños, contemplaban la veloz película del cromático paisaje a través del cristal, quién sabe si
recordando instantes felices de anteriores trayectos reales o imaginarios. Eran
corteses y decían lo justo.
Ancianos
parlanchines, sin freno y con el desparpajo de la edad, no dejaron tranquilos a
quien se acomodara a su lado. Sentían que tal vez ese viaje o el siguiente sería su última oportunidad de
demostrar ternura; querían trasmitir su
legado a quien le escuchara.
Algunos,
distraídos, viajaron sin ser conscientes
de ello. Dormían todo el tiempo y, probablemente, fue el altavoz quien les
despertó antes de pasarse de estación. Para ellos el viaje carecía de
significado, igual que su insípida existencia.
Una pareja
de enamorados hicieron un corto trayecto entre paradas intermedias. Levemente unas
risas hacia el mundo exterior, mas el resto fue todo miradas, susurros, besos y
abrazos. Ilusión y envidia quizás fue lo que dejaron en el vagón al marcharse.
Para otros
el viaje fue una carrera de obstáculos, sin origen y sin meta; un combate de
boxeo en pos de noquear al contrario o al mundo. Hurgaban sólo problemas donde
no los hay, sobre la incomodidad de los asientos, sobre lo insípido del bufet
frío, o echando la culpa a los demás. Su permanente gesto fruncido les delataba.
Para ellos reemprender otro viaje será más de lo mismo: abrazar y revolcarse en
las contrariedades.
Pequeños
espontáneos, ajenos a las complicaciones de los adultos, se movían por el
compartimento, lo que sus padres les permitían. Reían y jugaban; a veces se
pegaban y lloraban; otras veces miraban
y preguntaban con descaro a un pasajero desconocido. Todavía no sentían el peso
de las normas de los mayores.
Algún
adulto gustó de hacer cálculos sobre la velocidad del tren o divagar sobre
colecciones pictóricas del Hermitage, e incluso disertar sobre teorías de
Keynes. Sólo se escuchaba a sí mismo; no miraba a los ojos de las personas.
El primer
día del viaje Alvaro había extraído de su maleta los dos únicos objetos que
llevaba en su interior, un grueso bloc de notas y un lapicero.
Percibía e
intentaba conocer y comprender a todos los personajes que viajaban en su tren,
sus motivaciones y miedos, sus cualidades y mezquindades. Lo plasmaba en su
cuaderno desde hace mucho tiempo. En ocasiones no sabía si estos compañeros de
viaje eran reales o imaginarios. A veces
él mismo, como observador de los demás, se sentía irreal, como la fantasía del autor de un libro, o como un
sueño dentro de un sueño del que no se puede uno despertar.
Al
escribir intentó evidenciar, sobre todo, cuánto de bondad había en las personas
que le acompañaron en el trayecto. Quería salvar de ellas, aunque sólo fuera
una brizna, para llevársela en el
recuerdo, para su relato vital. Sin saberlo, sin ser consciente, Álvaro, al pintar a los demás, hacía su propio acto de
contrición, se perdonaba a sí mismo sus malquerencias. Hablar sobre las
inquinas y egoísmos de otros, sólo, le habría dejado regusto a bilis e
hipocresía; le habría empujado hacia la creencia de un paisaje inhóspito en el
que la humanidad del hombre brilla por su ausencia. No. Se negaba a quitar del
retrato de la gente una dosis, aunque fuera pequeña, de cordura y de benevolencia.
Alvaro
llega a la Estación y baja con su ligera
y, a la vez, cargada maleta que contiene el inacabado libro de sus vivencias y
pensamientos, de sus cincuenta y tantos viajes. Cree, sin certeza, que son más de la mitad de las hojas escritas,
mas no gastadas.
Camina
hacia el final del andén número 14 y divisa esperanzado el nuevo tren de
inmediata salida situado en la vía 15.
31-12-14
José María García

