sábado, 22 de noviembre de 2014

VIAJE GENIAL (Relato)


El traqueteo del tren unido a  las fórmulas de química  que trataba de memorizar, me producía un efecto narcótico. Debía combatir el sueño y aprovechar las largas horas del trayecto hasta Murcia para preparar el examen del día siguiente. La Navidad, como siempre, había transcurrido con muchas celebraciones familiares a base de atracones, mucho beber, poco dormir y el recuerdo de un discreto dolor de cabeza.



Dando un respingo, al notar que el tren frenaba, comprobé que aparentemente  ninguno de los viajeros que me acompañaban en el compartimento se había dado cuenta de mi delator cabeceo. A la izquierda una madre, apoyada en el cristal, con su bebé en brazos, dormía plácidamente. Un hombre de mediana edad trataba de bajar  una maleta de tamaño considerable de la leja superior y casi se le cae,  mientras su mujer, abriendo la puerta que daba al pasillo decía: – ¡Venga Mariano! ¿Es que no ves que ya estamos en Hellín?— el hombre la siguió mascullando por lo bajo  y  bufando  mientras esquivaba mis pies y los de enfrente. Cerré la puerta y al sentarme de nuevo  me crucé con los intensos ojos negros de un señor que debía frisar los setenta y tantos años,  algo canijo y de tez morena surcada de arrugas.

—           Joven, disculpe, mientras dormía se le ha caído este folio. –Y alargando la mano me interrogó —. Veo que es usted estudiante, ¿no?
—           Gracias. Si – contesté.
—           Ya veo. Con tanta fórmula y palabrería es natural que pegue alguna cabezada – me dijo.
—           Eh…no exactamente. Creo que es más por el vaivén del tren –dije  mientras ordenaba los apuntes y tratando de poner distancia con aquel raro viejecito entrometido.
El abuelo, lejos de amilanarse, volvió a la carga y me espetó:
—           La ciencia de hoy en día está totalmente equivocada y, por lo que veo, muchacho, usted  seguirá el mismo camino.
—           ¿A qué se refiere, señor, si se puede saber? —dije—, comenzando a impacientarme.
—           Me refiero a que los catedráticos y científicos son  una cuadrilla de engreídos, subidos en su pedestal, e incapaces de escuchar la menor crítica. Es lo que me han demostrado durante  muchos años.
Aquello despertó mi curiosidad por lo que pudiera contarme este hombre y, craso error,  le pregunté:
—           ¿Es o ha sido usted profesor?
Esta pregunta hizo que mi interlocutor se pusiera en pie sin mediar palabra; bajó del estante una vieja maleta de cuero, la apoyó en su asiento y comenzó a quitarle una correa que la rodeaba. Yo estaba perplejo, sin saber a qué atenerme ante la extraña situación. Por fin logró abrir la maleta,  a rebosar de libros y papeles.  Extrajo de ella un recorte de  periódico que me mostró:
—           Ahí tiene quien soy, joven. Como puede ver la prensa no  me trata muy bien; pero si me lo permite me gustaría poder demostrarle cuán equivocados están todos; antes que nada lea, lea.
Se trataba de un artículo del ABC del pasado16 de octubre titulado:

“Incidente en la inauguración del Curso Universitario de la Complutense de Madrid

En la mañana de ayer, se inició el curso universitario 76/77, con el acto académico de inauguración que tuvo lugar en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias de la Complutense.
La clase magistral, que versaba sobre el - aún no resuelto - Teorema de Fermat (1637),  impartida por el Decano y Catedrático de Algebra, D. Manuel Romera, fue interrumpida durante unos 15 minutos por un hombre de avanzada edad que,  presentándose como “Matemático Jerez”, se puso en pie en mitad del salón de actos, para argumentar que él ya había dado con la solución al Teorema, lo que provocó un gran revuelo entre los asistentes. Siguió durante unos minutos, sin que el sorprendido catedrático ni nadie le hiciera callar, y exponiendo que él, aunque solo era un maestro de provincias y autodidacta había escrito un libro, que mostró a todos, llamado Teorema General de Jerez, en el que aportaba la clave. Siguió diciendo que las autoridades académicas no querían prestar atención a su teorema  y a otros cuarenta  que él había descubierto. Poniéndose en pie, se acercó al atril,  le dio el ejemplar al ponente, y dando  media vuelta se marchó por el pasillo mientras hacía gesto de despedida a todos allí presentes. Tras la interrupción el Dr. Romera prosiguió la lección hasta el final y dio por  inaugurado el curso sin más incidentes.
Fuentes autorizadas de la Universidad han manifestado desconocer por completo a este matemático y, por supuesto, quitan toda validez a sus locas teorías carentes de fundamento”

A continuación, el hombre dijo llamarse Antonio Fernández Jerez -  autodidacta, como había podido leer, que no necesitó ir a la Universidad para aprender sobre números y además de encontrar la solución al Teorema de Fermat, había demostrado que Pitágoras, en el suyo, se había equivocado. Nada más y nada menos —Pensé.

—           Fíjese, muchacho en una cosa. Yo nací un 18 de abril de 1901, ¿a que no sabe quién murió el mismo día de 1955? -  dijo el matemático.
—           Pues no…
—           Nada más y nada menos que Albert Einstein; así pues, algo habrá influido ¿no cree?
Yo, a estas alturas del viaje, ya no sabía qué postura adoptar, y por supuesto la química orgánica la había aparcado hasta mejor ocasión. La mujer y el bebé, increíblemente seguían durmiendo y yo rezaba porque despertara el niño y empezara a llorar. En fin algo que devolviera la cordura a este hombre y se callara por pudor. Pero el vaivén del tren seguía haciendo estragos en el sueño de algunos, y la incontinencia verbal  en otros.
—           La verdad es que no veo mucha relación entre las fechas, pero si usted lo dice…– contesté intentando darle  un poco la razón por si las moscas.
—           Fíjese si influye que yo sé cuántos decimales tiene el número Pi – siguió dibujándome en una hoja el símbolo π. ¿A que no sabe cuántos tiene?
—           Hombre, por ahí sí que no paso – dije con la autoridad que el segundo curso de ciencias químicas me confería  y sin saber la que me esperaba - el número Pi es irracional y por tanto tiene infinitos decimales…
—           ¡Otro que no tiene ni idea! —me interrumpió—. Por cierto ¿cómo se llama, que aún no me lo ha dicho?
—           José – respondí sin querer darle muchas pistas de mi segundo nombre, Arquímedes,  no fuera a soltarme alguna teoría disparatada sobre el Principio de ídem.
—           Pues, José, el número en cuestión es racional, RA-CIO-NAL. Tiene exactamente 210 decimales y eso lo he demostrado yo en mi teoría. – Sacó de su equipaje un libro cuyo título era algo así como Teoría de la Racionalización del número Pi (π). Mientras me trataba de explicar sus enrevesadas fórmulas, símbolos y ecuaciones, llegando en algún momento a compararse hasta con Don Quijote:
—           Siendo usted manchego me va a comprender. Yo soy un poco como el Ingenioso Hidalgo, que con sus andanzas eclipsó los libros de caballería. Pues bien sepa que mis tratados han desterrado  del campo de la ciencia multitud de teoremas, teorías, demostraciones y hasta paradigmas…

Perdí la noción del tiempo y  el espacio porque, como todo el mundo sabe, viajar en  el tren Rápido de Albacete a Murcia supone, según la Física clásica,  más o menos seis horas en condiciones normales, incluidas paradas en todas las estaciones y, a veces,  en algún paso a nivel. Pero, como se puede intuir fácilmente,  las especiales circunstancias de este viaje me  hicieron pensar mucho sobre la teoría de la Relatividad de Einstein (¿por qué le daría por morirse justamente un 18 de abril?);  sí, es la teoría que habla de la posibilidad de que el tiempo transcurra de forma diferente para una persona en reposo — o sea  tranquila en su casa—,  respecto de otra en movimiento… es decir en ferrocarril con un genio al lado.



Mi cabeza daba vueltas y a ratos seguía las explicaciones y en otros me perseguían a mí. Entré en una espiral de acción y reacción como diría Newton, hasta que el tren se detuvo  y, por fin, pude ver sobre el andén el deseado cartel de Murcia…

El repiqueteo de una campañilla me hizo despertar bruscamente y al mirar por la ventanilla vi   “Estación de Murcia”.  Pegar un brinco y girarme a coger la maleta del estante fue casi un único acto. Recogí como pude los apuntes que se habían desparramado por el suelo, y cuando salía disparado hacia el pasillo, una mano me retuvo, una  intensa mirada sobre una arrugada cara.
—           Joven, disculpe, mientras dormía se le ha caído este folio. –Y alargando el viejo la mano me dijo- veo que es usted estudiante, ¿no?
—           Gracias…si, ¡adiós! – alcancé a decir perplejo y cogiendo la hoja salí corriendo por el pasillo.
Bajé los peldaños y nada más pisar el andén, el tren emitió un chirrido, seguido de un golpe seco y comenzó a moverse. Mi vista se cruzó con la del anciano que, pegado al cristal,  me mostraba un libro cuyo título no alcancé a ver salvo la palabra “Principio”. Conforme avanzaba hacia la salida unas preguntas me acribillaban el cerebro: ¿lo del matemático lo he soñado? ¿Es ahora cuando estoy dormido?...


Tal vez, desde el principio,  todo sea una pesadilla.



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Este relato es un entrañable recuerdo de mi época de estudiante en Murcia y, es verdad, realicé el viaje en compañía de un matemático locamente cuerdo o cuerdamente loco, que luego me enteré era famoso. Para los curiosos acompaño un enlace delicioso que he encontrado en internet, todo un homenaje a este hombre singular.
Recomiendo que lo leáis:

2 comentarios:

  1. Bien enfocado y dirigido, introduces en una historia más o menos creible, que culminas con sorpresa dentro de un posible sueño.
    Me ha gustado, es un buen corto para cine
    Enhorabuena por tu Bolg

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  2. Gracias Belén:
    Si es que ni hay nada como tirar de la memoria. Nunca olvidaré aquel viaje en compañía del matemático Férez, que ahora revivo como un sueño.
    Besitos.

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