Apaga aún dormido el zumbido de su iPad, y trata de seguir con el agradable sueño. Pero sus responsables neuronas, que ya están mandando impulsos, le cortan el sopor. Da un respingo y mira de nuevo la pantalla, que marca las 7:46; "¿dónde está el icono de la Compañía?" - se pregunta. Mecánicamente pulsa la f de facebook y comprueba con sorpresa que sale un mensaje de error. "¡Tampoco hay WiFi!".
Sentado en la cama recurre al archiconocido método de apagado y
encendido. Pero tras unos segundos, obtiene como respuesta “red no disponible”.
“Fred, tranquilo, que todo se arregla; de esta no pasa y
hoy sin falta me cambio de operador, ya estoy harto de que me dejen colgado” - murmura en voz baja, mientras da un brinco, pues no quiere
llegar tarde al trabajo. Precisamente hoy 29 de febrero están citados todos en
la oficina, a primera hora, para la reunión de la campaña de primavera.
Ya aseado, al entrar a la cocina, se extraña de no ver sobre la mesa las tostadas y el zumo, que su madre le prepara amorosamente cada día. Ahí está, frente al televisor oprimiendo el mando.
-
Perdona Fred- dice al escuchar sus pasos-. Ahora mismo te preparo todo. Es que este trasto no funciona. Intentaba poner las noticias, que se que te gusta escucharlas.
-
¿Qué me dices?, dámelo.
Pulsa unos cuantos botones pero la niebla de la
pantalla persiste.
-
Bueno, déjalo mamá. Será cosa de una avería o interferencias
raras en el barrio porque mi móvil tampoco funciona. ¿Ayer no estaban haciendo
zanjas en la calle?, seguro, eso será - dice a la vez que piensa lo poco creíble que parece esa hipótesis.
Se bebe el zumo de un
trago y mordisqueando la tostada sale por la puerta a la vez que mira nervioso el reloj.
-
Hijo podrías terminar…
-
¡No tengo tiempo ya me tomaré algo de camino! Me voy pitando que no quiero perder el metro de las 8:30- exclama desde el rellano-. No se van a creer la excusa de las averías domésticas, así que más me vale intentar llegar a tiempo, ¿quieres por
favor llamar a la oficina y les cuentas que enseguida llego?
La madre, sonriente
exclama, mientras su hijo pulsa el botón del ascensor:
-
¡Pues como no lo haga con señales de humo! He intentado llamar al fijo de la tía hace un rato y ni por éstas. Haz el favor y nada más llegar a
la oficina, que seguro que en tu banco no tenéis problemas, avisas al servicio
técnico o donde diablos tengas que llamar, para arreglarme por lo menos la tele. Yo no me
puedo perder el capítulo de Pasiones Encoñadas, que sabes qué el chico y la
chica…
Alfred, al ver que no funciona el ascensor, la deja con la palabra en la boca y comienza a
bajar de dos en dos las escaleras de los seis pisos hasta llegar al portal. Camina
apresuradamente hacia la parada del metro que tiene a cuatro calles de su casa, con
la impresión de que hoy va a ser un día aciago. Tiene una sensación rara, no sabe por qué,
pero no tiene tiempo que perder. Cuando se precipita por las escaleras del metro, frena para no chocar con un grupo de estudiantes. Todos, extrañados, mirando sus móviles. Les adelanta y piensa que es pura coincidencia. Llega al andén, descubre a su alrededor mucha más gente de lo normal. Igual en la otra dirección. Muchos con su terminal pegado a la oreja o tocando pantallas frenéticamente
como si se les fuera en ello la vida - “¿Qué está pasando?” se pregunta.
Los rótulos
luminosos que anuncian próximas llegadas parpadean con signos ilegibles. Se acerca a un empleado de metro con cara de despiste, acorralado
por varias personas que le acosan a preguntas y escucha el intercambio:
-
…ha habido un fallo general de líneas…
-
¿Cómo que de
líneas? - pregunta alguien
-
Sí, no circulan los trenes desde esta mañana pero
no sé más - responde abrumado el empleado.
-
¡No hay derecho! -
grita alguien
-
A mí nadie me ha comunicado nada, el maldito teléfono no
funciona, y esto es lo que hay… - se defiende el empleado tratando de alejarse.
-
¡Pero oiga! ¿A quién reclamo? ¡Llego tarde!- dicen varias
personas
Alfred sale apurado de la estación, a la vez que mucha gente, caras de contrariedad o renegando dios sabe contra qué. Una
vez en la superficie, descubre qué era lo que no le encajaba antes:
el tráfico, normalmente fluido en esta calle hoy es muy denso. Además siente un extraño calor, para ser febrero, "serán los humos de los coches"- piensa.
Algunos conductores hacen uso impaciente de la bocina, el ruido crece por momentos.
Busca un taxi
pero, se da cuenta de que es un esfuerzo inútil, llegará antes andando a la
oficina, aunque esté a un par de kilómetros. Echa casi a correr. Presiente que lo menos importante hoy va a ser la reunión del banco.
Cuanto más se
aproxima al centro el caos circulatorio y la algarabía de cláxones va en
aumento. Los semáforos en ámbar, policías que vociferan y hacen aspavientos,
más por impotencia que por tratar de organizar algo. Entre el ruido oye que uno
de los municipales le está diciendo a su compañero algo de un sabotaje en alguna
centralita…
Por fin llega a la cafetería de siempre, junto al banco, siempre atestada de oficinistas y hoy medio vacía. La irritación del dueño es ostensible, intenta con el mando hacer que funcione la tele. Como no ve a nadie conocido se marcha. Al entrar a la oficina casi se da
de bruces con su jefe que en ese
momento sale del despacho.
-
¿Qué está pasando, Manel? -casi grita Alfred- aquí...en la calle…
-
No tengo ni idea…sé lo mismo que tú- balbucea
- ¿No ha llegado nadie más?
-
No...no, ya ves, ninguno de tus compañeros, ni siquiera
han llamado…claro, no funcionan los teléfonos fijos, ni mi móvil, ¿el tuyo va? - niego con la cabeza-. Los ordenadores tampoco ¡maldita sea! ¿qué narices le ocurre hoy a todo el mundo?
Entonces las
luces parpadean y se apagan, disparándose la alarma. La desconectan según el protocolo de seguridad, pensando Alfred si eso tenía algún sentido. Nada más salir a la calle el ulular de
sirenas les sorprende y dos motos de la Policía Nacional, que casi les atropellan siguen su loca y sinuosa carrera sobre la acera, esquivando e increpando a los viandantes. Desaparecen por la siguiente
calle.
Ambos, sin saber muy bien por qué, se suman al torrente de personas que parece dirigirse hacia la Plaza Mayor. Se oyen voces de indignación, de estupor, mucha gente pregunta a quien lleva a su lado; hay quien dice “ha
explotado la central nuclear”, otro “esto es una guerra, seguro”. Apresuran el paso los dos compañeros y se oye por la megafonía municipal reiteradas llamadas a la calma, y que en breve se dará un mensaje de la autoridad.
La marea humana les empuja hacia la entrada de la estrecha calle que conduce a la plaza y,
después de momentos de apuro, pisotones y codazos, llegan a un espacio más
abierto. Se dirigen a una zona más despejada, desde la que se divisa el balcón
del Ayuntamiento.
Pasan unos
minutos y las calles peatonales que dan a la plaza siguen vomitando gente hasta que ya no
cabe un alfiler. El griterío ensordecedor parece que se apacigua un poco cuando
salen al balcón el alcalde seguido de un militar, al parecer de alta graduación.
Gesticulando para calmar a la multitud toma el civil un micrófono
dice:
"¡SILENCIO…POR FAVOR!, ¡UN MOMENTO…POR FAVOR, CÁLMENSE! – se
van apagando los gritos y murmullos en la plaza- ¡Ciudadanos, escúchenme con atención! Estamos ante una situación muy especial y les pido que presten la
máxima atención a las palabras del General Castresana"
La plaza se queda en silencio, oyéndose solo el ruido de fondo de
los pitos de los coches y sirenas de la ciudad. Alfred, mientras se limpia con un pañuelo el sudor de la frente, observa que Manel completamente pálido no quita ojo al militar.
"Ciudadanos y ciudadanas, desde este momento se decreta el
estado de emergencia y la Ley Marcial en todo el país…" - Alfred siente un escalofrío
y mira aterrorizado a Manel que tiene la boca abierta de par en par sin
atreverse a pronunciar palabra - "Las circunstancias me obligan, como máxima
autoridad militar de la plaza, a tomar esa decisión. Se ha producido un corte
generalizado de señales de radio, comunicaciones y ahora también fallos eléctricos
de origen incierto en todo el país…"- el bramido de una multitud aterrorizada calla
las siguientes palabras del militar, quien, a duras penas y elevando el tono de
voz por los altavoces consigue aplacar un poco a la gente- "¡CALMA, SILENCIO…! ¡POR FAVOR, ESCÚCHENME!...hemos
de evitar a toda costa cualquier desorden, actos vandálicos y pillaje, que no vamos a tolerar bajo ningún
concepto. Estoy autorizado por el Presidente de la Nación para informarles que aún no sabemos cuál ha
sido la causa de estos fallos eléctricos y de telecomunicaciones generalizados. Desconocemos si el origen de esta
situación obedece a alguna causa natural, sabotaje o incluso provocada por algún arma estratégica
de enemigos de nuestro país…
En este momento
Manel coge del brazo a Alfred - ¡vámonos, rápido! -le dice arrastrándolo hacia una calle lateral, algo más
despejada, mientras siguen sonando las palabras…”mientras lo
averiguamos y tratamos de mitigar sus efectos les pedimos vuelvan a sus casas
ordenadamente. Queda prohibido bajo orden de
arresto…”
Una vez fuera
de la plaza Manel, sudoroso y desencajado dice a Aldred:
-
Corre a tu casa con tu familia, que yo me voy a buscar a
mi mujer y mis hijos. Esto no me gusta nada, ¿tú has escuchado? Ha dicho el
militar ése que no tiene ni puñetera idea de qué está pasando. Es para salir
corriendo...
-
¿Sí, pero hacia dónde?
-
Tú vete con tu madre, tranquilízala y protégela…de lo que
sea, que yo haré lo mismo - contesta Manel encogiéndose de hombros. Ya saldrá el sol por algún sitio...
Ambos se dan un abrazo y cada uno sale
disparado en una dirección. Alfred corre lo que sus piernas y la fatiga por el
calor le dejan, esquivando todo tipo de obstáculos. Se tropieza con un joven
que, saliendo de las puertas reventadas de unos grandes almacenes, se lleva lo
que parece es un televisor- "¿para qué?"- piensa Alfred. Le siguen otros con cajas de comida,
botellas de agua y ginebra entre los brazos… Un guarda de seguridad aporrea violentamente a un joven que, tendido en el suelo junto a una caja, implora…Alfred siente la necesidad de pararse para defenderlo, pero decide seguir corriendo.
Las escenas de
pillaje, las peleas se repiten por todas partes. El pánico es evidente, las personas se atropellan y empujan en todas direcciones, saltan entre los coches -ya sin conductor-, desencajados, sudorosos…
Al llegar a casa - "¡maldición, no funciona el ascensor!" - sube los 6 pisos a toda velocidad.
Extenuado y empapado, irrumpe en el piso y se encuentra junto a la ventana del
comedor abierta, a su madre que, con cara de espanto, rompe a llorar. Alfred la abraza
mientras ella pregunta:
-
Hijo ¿qué está pasando? ¿Por qué corre y grita todo el
mundo?
-
No sé muy bien mamá…
-
¿Estás enrojecido y sudando muchísimo? ¿por qué tengo
hoy tanto calor?, la menopausia hace tiempo que la olvidé…
- Tranquilízate y te cuento…
-
Pero Fred... – dice mirando a la calle- no ves, esos dos están tratando de quitarse un paquete...los coches, ahí en mitad de la calle, los
han dejado abandonados... ¿No será una guerra?
-
Mamá, pues uhmm…el alcalde…un militar ha hablado desde el
Ayuntamiento y dice que no saben si alguien nos ha declarado la guerra y han disparado algo o se trata de una catástrofe.
-
Entonces ¿qué pasa? ¿qué podemos hacer? ¿nos vamos a
morir achicharrados con este calor? ¡seguro que es una bomba nuclear de
esas!
-
No, que no madre, que esto tendrá una
explicación y ya verás como todo vuelve a la normalidad…
Un temblor casi
imperceptible, que hace vibrar los cristales, corta las palabras de Alfred.
-
¿Qué es eso hijo?- dice la madre y ambos se asoman a la
ventana.
De repente en
el horizonte, observan arrobados y estremecidos, como las nubes a toda
velocidad van adquiriendo la tonalidad rojiza de un aterrador crepúsculo bañado en sangre.
El suelo oscila
ligeramente a la vez que el fragor de fondo va en aumento, mientras madre e hijo se abrazan desesperados, para no caerse. La temperatura ya es insoportable. Todos los
objetos de la habitación son ahora color púrpura, igual que los edificios de enfrente, cuyo resplandor apenas deja verlos. Es un caleidoscopio apocalíptico, para Alfred, que aún puede ver gente en la calle huyendo como hormigas cuando las pisotean, corriendo entre los vapores amarillentos que emanan las alcantarillas. La densa niebla en la habitación ya es irrespirable, madre e hijo, tosen nerviosamente, mientras un olor sulfuroso impregna el ambiente. En seguida
un bramido ensordecedor parece rasgar el mundo y las fuertes sacudidas del seísmo derriban a la pareja, caen cuadros, lámpara, cascotes y armarios con estrépito. Revientan los cristales de las ventanas,
mientras una bocanada de aire abrasador les envuelve.
Alfred desde el ardiente suelo, a duras penas abre los ojos, sabe que por última vez, y arrastrándose para
abrazar a su madre inconsciente, observa con beatífica y resignada serenidad, a través del hueco que ha dejado la pared rota, la invasión del colosal sol rojo
abrasador que en su ocaso los está devorando.
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Este relato lo escribí pensando y contestando a la pregunta "Qué ocurriría si de repente dejaran de funcionar los móviles". tirando del hilo, salió el ovillo y el Ocaso.
Pero, no temáis, hasta dentro de unos 3.000 o 4.000 millones de años la Tierra no será absorbida por el Sol:

Buffff, un relato un tanto traumático, menos mal que no será ahora (Dios no lo quiera).
ResponderEliminarPara mí, la reunión en la plaza del pueblo, la sustituiría por más definición de lo que en ese momento estaría ocurriendo en la calle, hablaría más del sentimiento de la gente, del desconcierto, no sé....., de esas cosas que uno siente cuando la incertidumbre se apodera de uno mismo. Es lo que me ha faltado