miércoles, 31 de diciembre de 2014

LA MALETA

Con una ligera y, a la vez, cargada maleta viaja en tren. Apenas han pasado un puñado de días desde que Álvaro subió a bordo. Ahora, casi al final del viaje, adivina  a pesar de la nevada, la Estación. Suma y sigue; una más y una menos…

En el itinerario, lleno de emociones y sentimientos encontrados,  había conocido a diversos viajeros que no siempre iban al mismo destino. Unos se despidieron enseguida, en las primeras estaciones,  quizás porque sintieron que no era su viaje o les había llegado la hora; tal vez se desilusionaron o agotaron.
Los menos,  se incorporaron en apeaderos intermedios, con todo el tiempo por delante para compartir futuros recorridos o para pasar desapercibidos.
Unos cuantos,  orondos, viajaron con gruesas maletas de las que  no se desprendían, ni siquiera al dar una cabezada;  de vez en cuando leían un periódico salmón o hablaban por teléfono. A veces escudriñaban temerosos el rostro de los acompañantes. A veces parecían despiadados.
Otros, risueños, contemplaban la veloz película del cromático  paisaje a través del cristal, quién sabe si recordando instantes felices de anteriores trayectos reales o imaginarios. Eran corteses y decían lo justo.
Ancianos parlanchines, sin freno y con el desparpajo de la edad, no dejaron tranquilos a quien se acomodara a su lado. Sentían que tal vez ese viaje  o el siguiente sería su última oportunidad de demostrar ternura; querían  trasmitir su legado a quien le escuchara.
Algunos, distraídos,  viajaron sin ser conscientes de ello. Dormían todo el tiempo y, probablemente, fue el altavoz quien les despertó antes de pasarse de estación. Para ellos el viaje carecía de significado, igual que su insípida existencia.
Una pareja de enamorados hicieron un corto trayecto entre paradas intermedias. Levemente unas risas hacia el mundo exterior, mas el resto fue todo miradas, susurros, besos y abrazos. Ilusión y envidia quizás fue lo que dejaron en el vagón al marcharse.
Para otros el viaje fue una carrera de obstáculos, sin origen y sin meta; un combate de boxeo en pos de noquear al contrario o al mundo. Hurgaban sólo problemas donde no los hay, sobre la incomodidad de los asientos, sobre lo insípido del bufet frío, o echando la culpa a los demás. Su permanente gesto fruncido les delataba. Para ellos reemprender otro viaje será más de lo mismo: abrazar y revolcarse en  las  contrariedades.
Pequeños espontáneos, ajenos a las complicaciones de los adultos, se movían por el compartimento, lo que sus padres les permitían. Reían y jugaban; a veces se pegaban y lloraban;  otras veces miraban y preguntaban con descaro a un pasajero desconocido. Todavía no sentían el peso de las normas de los mayores.
Algún adulto gustó de hacer cálculos sobre la velocidad del tren o divagar sobre colecciones pictóricas del Hermitage, e incluso disertar sobre teorías de Keynes. Sólo se escuchaba a sí mismo; no miraba a los ojos de las personas.
El primer día del viaje Alvaro había extraído de su maleta los dos únicos objetos que llevaba en su interior, un grueso bloc de notas y un lapicero.
Percibía e intentaba conocer y comprender a todos los personajes que viajaban en su tren, sus motivaciones y miedos, sus cualidades y mezquindades. Lo plasmaba en su cuaderno desde hace mucho tiempo. En ocasiones no sabía si estos compañeros de viaje eran reales o imaginarios.  A veces él mismo, como observador de los demás, se sentía irreal, como  la fantasía del autor de un libro, o como un sueño dentro de un sueño del que no se puede uno despertar.
Al escribir intentó evidenciar, sobre todo, cuánto de bondad había en las personas que le acompañaron en el trayecto. Quería salvar de ellas, aunque sólo fuera una brizna,  para llevársela en el recuerdo, para su relato vital. Sin saberlo, sin ser consciente, Álvaro,  al pintar a los demás, hacía su propio acto de contrición, se perdonaba a sí mismo sus malquerencias. Hablar sobre las inquinas y egoísmos de otros, sólo, le habría dejado regusto a bilis e hipocresía; le habría empujado hacia la creencia de un paisaje inhóspito en el que la humanidad del hombre brilla por su ausencia. No. Se negaba a quitar del retrato de la gente una dosis, aunque fuera pequeña,  de cordura y de benevolencia.
Alvaro llega a  la Estación y baja con su ligera y, a la vez, cargada maleta que contiene el inacabado libro de sus vivencias y pensamientos, de sus cincuenta y tantos viajes. Cree, sin certeza,  que son más de la mitad de las hojas escritas, mas no gastadas.
Camina hacia el final del andén número 14 y divisa esperanzado el nuevo tren de inmediata salida situado en la vía 15.
31-12-14
José María García

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