Treinta y ocho grados marcaba el
termómetro del coche esa mañana de sábado. El asfalto podría derretirse en
cualquier momento y, con un poco de suerte,
en breve llegaríamos a Nokea.
Me había hecho de rogar durante un
par de meses. Siempre me daba pereza y grima
ir a una gran superficie para comprar no se sabe muy bien qué,
esquivando por todas partes gente frenética, y terminando con el carro de la compra cargado
de objetos supuestamente prácticos y originales que luego veías repetidos en casa de familiares y
amigos. Pero ese día de Julio me pilló mi mujer con las defensas bajas. La
noche anterior, después de una romántica cena, la convencí para ir de vacaciones en Agosto donde más me
gusta, es decir a practicar deportes de
«multiaventura» a la montaña. No tuve
más remedio que ceder esa mañana en su oportuna y endulzada petición entre
sábanas:
—Cari, ¿qué te parece si me llevas a Nokea? —a lo que respondí con un gesto vagamente
afirmativo mientras la abrazaba. «Hoy por ti, mañana por mí» —me dije—. «Soy un hombre práctico y
merece la pena pagar el ‘peaje’» —concluí en mi interior haciendo de tripas
corazón.
Nada más tomar el desvío a la
macrotienda, anunciado por un enorme cartel de letras blancas sobre fondo morado,
nos encontramos con la temida cola de coches y tuve que disimular mi primer
gesto de contrariedad que, seguramente, contrastaba con la cara de felicidad de
Ana ante lo que parecía una inminente entrada al jardín del edén.
Cuando abandonamos la caldeada plaza
de aparcamiento, encontrada con cierta dificultad,
nos dirigimos a la entrada del edificio morado. Al abrirse las puertas de
cristal notamos el agradable frescor acondicionado y una guapa azafata vestida
con los colores corporativos nos entregó un folleto publicitario e invitó a
subir la escalera, flanqueada de un lado por publicidad de la oferta de la
semana de un tresillo y de otro por una columna con bolsas de autoservicio de
color morado, lápices y libretitas para apuntar (y coger un puñado para llevar).
Ana me sugirió que pasáramos a los
aseos antes de subir, idea que secundé ya
que sabía que una vez metido en el laberinto de la tienda era difícil aliviar
flujos sin regresar a la entrada o avanzar en el recorrido a la salida, y sin posibilidad de usar los váteres de pega
de dentro de la exposición.
Me encontraba en el cubículo del
servicio, al que había entrado sin echar el pestillo de la puerta, y al activar la
cisterna oí un tremendo ruido. Se apagaron las luces,
incluso las de emergencia, quedando todo sumido en una negrura total. « ¿Qué ha
pasado?» —me pregunté sobresaltado. Girándome abrí la puerta y cuando me
acercaba a tientas a los lavabos, sentí como si alguien pasara fugazmente por
delante de mí, sin hacer el menor ruido, solo noté el aire y el vacío
posterior. A continuación oí claramente como se cerraba la puerta exterior,
pero ni rastro de luz. Sobresaltado busqué mi móvil para encender la función de
linterna y, al fin pude ver algo. Frente a mí los lavabos y espejos. A derecha
e izquierda, nadie. Estaba solo, o eso parecía; no recordaba que al entrar hubiera
nadie más, o eso creía. Todo estaba en silencio, ni siquiera de fuera llegaba
sonido alguno; era muy extraño. Cuando elevé la luz del móvil, me sobresalté al
ver una tétrica cara reflejada en el espejo: era mi cara, pálida y asustada,
que estaba enmarcada en un extraño graffiti circular de palabras y flechas de
color morado. Acercándome más, un
escalofrío recorrió mi espalda al descifrar el absurdo mensaje:
«Condenado a vivir tus miedos» —leí en voz baja.
Rápidamente me dirigí a la salida
deseando terminar cuanto antes con esta insólita situación. Abriendo bruscamente la puerta, todo volvió a ser luz y sonido, como
antes. La gente circulaba en el exterior con normalidad, hablando; la música
sonaba por megafonía. Me giré cuando vi que un hombre entraba al baño,
comprobando estupefacto que ya estaba iluminado. No pude resistirlo y quise ver
de nuevo el graffiti, pero ¡había desaparecido! Ni rastro. Todos los espejos
estaban impolutos y allí solo había una persona, el recién llegado, que me miraba con perplejidad mientras usaba
el urinario, tal vez pensando que yo era un lunático o un maniático mirón.
Salí de nuevo y pensé que tal vez
fueran imaginaciones mías: la críptica pintada debía ser una alucinación producto
del miedo a la oscuridad del apagón, mas el estruendo que, seguramente, era el
de un avión superando la barrera del sonido…Todo tendría una explicación.
Ana no había terminado todavía. Era
raro pues siempre era ella la rápida —y
yo el lento. Esperé unos minutos más hasta que pensé que tal vez era yo el que
me había demorado por el extraño suceso, y quizás ella había decidido cotillear
por las promociones que hay antes de la subida, aprovechando mi tardanza. Pero
Ana no estaba allí. Regresé a la puerta del baño de señoras y sin decidirme a
entrar esperé hasta que llegó una joven, a la que pedí por favor que dijera
dentro el nombre de mi mujer a ver si contestaba. Al poco salió la chica y me
dijo que no estaba, que allí no había nadie.
« ¿Dónde se habrá metido esta mujer?»
—pensé—. «El ‘síndrome de Nokea’ ha
podido con ella y seguro que ya está arriba obnubilada con algún mueble o
cacharro».
Mientras subía las escaleras, sentí
que algo no encajaba, pero lo ignoré
mientras buscaba en la pantalla del
teléfono el icono de llamada rápida con la foto de Ana. No lo encontré. Buscando
en contactos, comprobé sorprendido que el teléfono se había desconfigurado, no
había ningún registro en la agenda. Empecé a impacientarme. Aquello no era posible.
¿Quién lo había borrado? El móvil y yo éramos inseparables. El historial de
llamadas estaba vacío. «Definitivamente este móvil es una patata» —sentencié
pensando que, en cuanto pudiera, iba a cambiarlo por otro. Pero como el número
me lo sabía de memoria marqué los dígitos, no sin antes apartarme a un lado
para evitar el trasiego de gente. No conseguí tono de llamada y además me percaté de que no tenía conexión con el
operador.
Empezaba a ponerme bastante nervioso,
pero decidí, que tenía que actuar. «Calma, en la oficina soy experto en
situaciones de emergencia y nunca me bloqueo» —me dije a mí mismo. Miré hacia
el principio de la escalera buscando a la azafata pero no estaba, tampoco el
stand de promociones. «Eso es lo que me ha llamado la atención…lo que no
encaja» —pensé—. «¿Cómo es posible que hayan quitado tan deprisa todo?». Supuse que
esos canadienses eran así de eficaces. Igual el ruido que había escuchado tenía
que ver con ello…
Algo confuso y mareado, sin querer
pensar más, decidí iniciar el recorrido que no tenía pérdida, estaba muy bien
marcado. Enseguida encontraría a mi mujer contemplando algún comedor o plácidamente
sentada en algún sofá relax, mientras yo la buscaba preocupado, lo típico. Me
encontraba en la zona de salones; había gente por todas partes, como locos,
mirando en todos los rincones, apuntando referencias con sus lápices y libretas
de colores, haciendo fotos con su Smartphone. Entré en todos y cada uno de los
apartamentos de la zona, revisando las habitaciones interiores, cocinas, baños,
vestidores y ni rastro de Ana. Allí no estaba, o yo no la veía. La gente me
atosigaba. Se cruzaban por todas partes, con sus carritos y sus bolsas moradas.
Me asaltó una idea: «¡Claro, si lo que quería
ver conmigo era un dormitorio!». Así pues decidí proseguir hacia delante,
guiado por la dirección de las flechas del suelo, mirando a los lados cada dos
por tres por si acaso, zigzagueando por las zonas de ’librerías’, ‘cocinas’ y ‘muebles
de oficina’, hasta que llegué a ‘dormitorios’, sudando, con el corazón que se
me salía y, ciertamente, algo cabreado con Ana. Después de buscar en todos los
rincones de la zona infructuosamente, pensé contrariado que, tal vez estaba
esperándome en la entrada o intentando llamarme al móvil sin conseguirlo. Desgraciadamente
no había ningún empleado para intentar usar el teléfono o la megafonía.
Regresé sobre mis pasos todo lo rápido
que pude, a contracorriente del
torbellino humano, pasando otra vez por las áreas de ‘muebles de oficina’ –‘comedores’
– ‘cocinas’ – ‘muebles de televisión’ – ‘librerías’ y ‘salones’ mirando de
reojo a los lados para intentar encontrarla. Sentía rabia, impotencia e
indignación, mientras el gentío, con mirada casi ovina, que me encontraba de
frente, me rozaba, o se tropezaban conmigo
sin apenas excusarse. « ¿Cómo me puede hacer esto a mí? ¡La última vez
que vengo!» —mascullaba yo por lo bajo mientras empezaba a dolerme la cabeza.
Al llegar al principio del recorrido —o
eso creía yo— sin ver a Ana, decidí buscar entre la muchedumbre las escaleras y
salir al exterior, pues acababa de tener la inspiración: «Tonto de mí, también habrá
tenido problemas de cobertura y, con toda lógica, ha decidido salir al exterior
a probar» —pensé—. «La compañía ‘Tescucho’ no me da confianza» —recordé haberle
dicho unos meses antes, cuando Ana se empeñó en contratarla. Iba rumiando esos
pensamientos, mientras sorteaba como podía a las personas pero no encontraba el
inicio de la escalera. No podía ser; debían estar ahí los peldaños. Miré
alrededor y creí reconocer los primeros muebles de salón que había visto antes al
subir, pero la escalera había desaparecido.
A lo lejos solo veía cabezas, paredes, habitaciones, lámparas y muebles.
Ninguna flecha ni señal de bajada.
Nuevamente confundido, a la vez que
enfadado y, sobre todo, avergonzado por ser tan torpe de no encontrar
la salida, busqué de nuevo a algún empleado para preguntarle. Algo me decía que
no iba bien la cosa, pues no recordaba haber visto ninguno con su clásico
uniforme morado, salvo la desaparecida azafata del principio. Tratando de
avanzar un poco más me sentí como un turista despistado intentando ir
contracorriente entre los fieles musulmanes que giran sin parar alrededor de La
Meca. Hacía un calor tremendo, sofocante, pero a toda esta gente le daba igual,
por lo visto. Paré a un hombre de mediana edad y —fuera vergüenza— le pregunté directamente
por la salida. Me miró extrañado y me dijo que por allí no estaba, que tenía
que seguir la dirección de las flechas del camino morado hasta el final. Traté
de explicarle que yo había entrado por esa zona, subiendo unas escaleras que no
encontraba, y mirándome con ojos de loco, me dijo que eso no era posible y que
necesariamente tenía que seguir todo el circuito hasta el final. Lo dejé
marchar e hice las mismas preguntas a un matrimonio con hijos. Los pequeños me
miraron y se rieron de una forma extraña, como con sarcasmo mientras los padres
me informaban de lo mismo, que la única salida estaba siguiendo las flechas del
suelo.
Un vago sentimiento de terror y pánico
anuló los demás: «Esto es un rompecabezas sin sentido, las alucinaciones del
aseo, la exposición de la entrada, la escalera desaparecida, los empleados
ausentes. Encima he perdido a Ana, o ella me ha perdido, y no puedo llamarla ni
nadie me dice nada coherente» —tenía ganas de llorar y las gotas de sudor que
me caían por la frente sobre los ojos producían ese efecto—. «¿Me estaré volviendo
loco?; ¿Sufro demencia senil o algún tipo de amnesia?» —Pensé, mientras el
dolor de cabeza iba en aumento—. «El lunes sin falta, si acierto a salir de
aquí, pido cita al neurólogo».
Se me ocurrió pedirle el móvil a un
joven, que acaba de colgar y que estaba en el rincón de un salón algo friki. Le
di una explicación un poco surrealista sobre el mal funcionamiento de mi móvil
y que había perdido a mi mujer, a la que necesitaba localizar. Me lo dejó,
amablemente aunque un poco mosca. Marqué el número y no me dio tono de llamada.
Después de comprobar que no aparecía símbolo de compañía alguna en la pantalla
se lo devolví al joven y le pregunté si él había podido hablar hacía un
momento. Cogiendo su móvil se marchó dándome por respuesta un gesto despectivo
como si yo no estuviera muy cuerdo.
Seguía sin entender nada.
Intenté, de nuevo, seguir más allá, por
si yo estaba equivocado respecto de la ubicación de la escalera, pero, esta vez
la marea humana, no solo me hizo imposible avanzar, sino que me arrastró. «¿De
dónde ha salido toda esta gente?, ¿qué buscan aquí? ¿Han venido a comprar? ¿Por
qué no sonríen?» —son preguntas que me asaltaron, cuando vi que nadie llevaba
ya bolsas ni, por supuesto, carritos de la tienda. Con la ropa completamente
empapada en sudor y empujado por la gente sentí que me ahogaba. Al tratar de llenar mis pulmones con una brizna de aire
fresco poniéndome de puntillas, miré hacia arriba, más allá del entrelazado de
barras metálicas, y observé que el techo
de la nave tenía enormes tuberías de aluminio para ventilación que parecían amenazadores
tentáculos de un pulpo gigantesco más dispuestos a estrangularnos que a
refrigerarnos. Desanimado no me quedó más remedio que seguir la corriente, no
sé si por el camino con flechas que ya no era posible ver. «Ya encontraré alguna
salida» —dije en voz alta, me daba igual lo que pensara el rebaño que me
propulsaba.
Arrastrado por la marabunta, no podía ni
desviarme hacia los lados para liberarme un poco de la corriente. La gente me comprimía
y no me dejaba respirar. «En realidad… ¿he venido aquí solo o con Ana?»
—comencé a dudar, quizás era producto de la hipoxia. Ni siquiera era capaz de
recordar bien su cara. No me atrevía a preguntar a la oronda señora que me
empujaba por la derecha, o al joven de bíceps hipertrofiados que me asaltaba
por la izquierda, estrujado por detrás y por delante por multitud de personas
con rostro anodino y de rasgos indefinidos. La mayoría silenciosa, extrañamente
cada vez más silenciosa. Ya nada me llamaba la atención, me sentía como
anestesiado…
El río humano pasó de nuevo por ‘Librerías’
– ‘muebles TV’…hasta ‘dormitorios’ donde la corriente incansable pero ahora más
lenta y asfixiante me siguió transportando hacia el resto de áreas por explorar
—si es que se podía plantear con ese término. Alcancé a leer los carteles que
colgaban del techo—: ‘armarios’ – ‘colchones’ – ‘dormitorios infantiles’ y al
llegar a esta zona, recuperé cierta alegría, ya que creía recordar de
anteriores visitas que estaba a punto de llegar al final. Al girar la siguiente esquina debía divisar la
zona de restauración, los aseos y la escalera de fin y principio de este
maldito y angustiante laberinto…
Pero el alma se me cayó a los pies. No
había ni rastro del restaurante, solo un angosto y largo pasillo curvo y
morado, que no recordaba, por el que
inexorablemente íbamos a entrar embutidos y empujados por la aglomeración.
Intenté forcejear, gritar, dar la vuelta, salir por un lateral, por arriba de
la gente, pero era imposible. Estaba atrapado, mis brazos inmóviles contra mi empapado
cuerpo y el del resto de personas, que silenciosas, con terrorífica mirada
inexpresiva, avanzaban lentamente como el fluir de la lava de un volcán, poco a
poco, sin protestar. El dolor de cabeza fue a más y creí perder el conocimiento
en algún momento durante el recorrido de los quince o veinte metros del túnel,
carente de toda ventilación y con olor nauseabundo a establo. No podía ver el
final pues la visión se tornó borrosa y
solo alcanzaba a ver la espalda enorme del gigante que llevaba delante. Volviendo
la vista a los lados comprobé con espanto que estaba rodeado de caras que ya no
eran humanas, parecían animales que van al matadero, con los ojos inyectados en
sangre y las mandíbulas desencajadas. No pude gritar. Era una película muda de
terror de mi propia muerte, a cámara lenta. Deseé acabar con todo, ya no era
posible soportar más sufrimiento…
Casi inconsciente, en un momento
determinado, supuse que llegábamos al final del túnel debido al suave y
progresivo incremento en la velocidad del flujo del rebaño, como en la salida a
una zona más abierta.
Me sentí libre de ataduras y noté a través de los parpados cerrados una
potente luz blanca, pero no podía abrir los ojos. El dolor de cabeza era
terrible. Sentí una cálida presión en la mano y escuché mi nombre, que sonó a
música celestial. Al abrir los ojos vi junto a mi cara la sonrisa y los ojos
que me enamoraron hace diez años y le pregunté:
— ¿Dónde te habías metido, Ana? Te he
buscado por toda la tienda.
—Tonto, he estado a tu lado todo el
tiempo. Estás recuperándote de un golpe, en el hospital —respondió con esa voz
maravillosa.
— ¿Un golpe? ¿En el hospital? —dije
incrédulo mirando la luminosa habitación.
—Sí, amor. En el aseo de Nokea, por lo visto un atracador te dio
ayer un fuerte golpe en la cabeza. Total sólo te quitó el móvil porque la
cartera la llevaba yo.
Me quedé en silencio, algo turbado
durante unos instantes y, tocándome la venda de la cabeza, le dije:
—Prométeme que nunca volveremos a
comprar allí y que cambiaremos de compañía de teléfono.
—Conforme cariño. Supongo que te apetece
descansar y recuperarte. ¿Qué te parece si nos vamos de vacaciones al pueblo de
mi madre? —me preguntó oportunamente y aprovechando que yo había dejado un
flanco abierto.
José María García
24 de julio de 2015
«Cualquier discrepancia con la ficción es mera inconsistencia»
«Cualquier discrepancia con la ficción es mera inconsistencia»

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