Hay vidas tan intensas que se desbordan y
fluyen por el cauce de otras vidas
para poder, así, cumplir con su destino.
(Marta Cornejo)
INTRODUCCION
Esta novela corta se escribió entre cuatro personas, María Jesús Ortega, Marta Cornejo, Aurora Asensi y José María García, en el Taller de Escritura Creativa de la Universidad de Alicante, durante el Curso 2014-15.
Ha sido un experimento interesante, en el que hemos intentado compenetrar los distintos estilos de cada uno de los autores, reflejados en cada capítulo de una historia que bosquejamos entre los cuatro.
Los lectores juzgarán si hemos conseguido el objetivo y a la vez, o sobre todo, resulta entretenida la historia.
CAPÍTULO I
EL HIPNOTERAPEUTA
Autora: María
Jesús Ortega
Lucía se despertó. Un hilo de luz en su
habitación acabó con las tinieblas que esa noche habían invadido la alcoba, y
esa oscuridad le dio paz y tranquilidad, la dejó dormir. Se desperezó unos
segundos. Abrió los
visillos, la ventana, y salió.
Llevaba con ella un pequeño
diario, donde anotaba si había tenido o no el sueño recurrente que la agobiaba
desde hacía muchas noches. Ese día tocaba poner, afortunadamente, que no. No
vio la vieja casona rodeada de camelias con las dos añejas palmeras que la custodiaban y que, cimbreándose con el
viento, parecían quebrarse. No vio la hojarasca de alrededor ni vio el gran
aljibe de atrás, no vio ni el sol ni la
lluvia que a veces inundaba la casa. Se encontraba más tranquila, pero tenía que ir con su diario y su historia
a un hipnoterapeuta. Sería un segundo intento, porque primero había visitado a
un psicólogo que le recomendó leer mucho, pasear, ir a teatros y cines, y
viajar para distraerse y alejarse de su soledad con alguna compañía. Le sugirió
también la posibilidad de visitar a su hijo en Australia. Pero ninguna de estas opciones le resolvían el problema. Lo que realmente deseaba era saber el
origen de esos sueños que acudían a ella una y otra vez.
Lucía, camino del hipnoterapeuta recomendado por su amiga Berta, pensó
en su hijo Diego. Cuando vino al mundo, lo consideró un regalo del cielo. Ya
entonces las cosas iban mal con su esposo, con el que llevaba diez años casada.
Repetidos pequeños detalles le habían hecho sospechar de su infidelidad.
Su temperamento serio y disciplinado le
hizo ser una impecable emprendedora, de lucha diaria y responsable, por lo que
a su hijo, ahora australiano de adopción, nunca le faltó nada. A Lucía le había
entusiasmado la idea del psicólogo de visitar a su hijo; las veintitrés horas a
Melbourne valían la pena. La ciudad le atraía y la idea de abrazar a su hijo y
verle en persona, no por Skype, la llenaban de alegría y emoción. Pero su amiga
Berta había dado en el clavo, poniéndola en el camino correcto. Su hijo,
Melbourne y los bellos ópalos que seleccionaba Diego en su negocio, tendrían
que esperar a mejor ocasión.
Paseaba por la Avenida de Salamanca y ya
estaba llegando a los aledaños del estadio “José Zorrilla”, donde tenía la
consulta el hipnólogo, Jorge Durán. Estaba tranquila, sabía que esta visita podría ser
trascendental y confiaba en encontrar una explicación. Ir a la consulta del
terapeuta le parecía algo así como ir a la «máquina de la verdad» o tomar «el
suero de la verdad», como en las novelas de Frank G. Slaughter, que tanto le
habían gustado de joven, donde el uso de
barbitúricos u otras drogas vía endovenosa nunca fallaba.
Jorge Durán la
recibió cordialmente. Hablaron de sus sueños recurrentes y de la frecuencia con
que los tenía. Lucía le mostró un cuadernillo
con anotaciones y unas fotografías de los cuadros que pintaba de modo mecánico,
con la vieja casona y sus dos torres. El terapeuta mostró un gran interés por
sus cuadros y le dijo que se daba cuenta
de que en cada una de sus creaciones había pintado algo nuevo. A Lucía le
pareció sorprendente la capacidad de
observación de su interlocutor. Ella no se había dado cuenta de ese detalle,
pintaba de modo emocional y la memoria de los cuadros anteriores la perdía con
el siguiente. Recordaba que en el último había esbozado un aljibe, porque había
pintado la casona con una perspectiva de lado y el aljibe lo había pintado
detrás.
Durán le preguntó si tenía algún temor a
que la hipnotizara y comentó que lo mejor era grabar todo lo que le aconteciera
en su estado hipnótico, para poder así juzgar entre los dos y determinar qué
ocurría. Después informó detalladamente a Lucía del proceso a
seguir, explicándole en qué
consistía la hipnosis:
—No temas: la hipnosis es un estado de
conciencia. No te vas a dormir. Además, tu hipnosis va a ser breve y regresiva.
Aunque lo que te ocurre es actual, la causa viene de mucho antes. Mi misión es
relajarte para que sepamos lo que está pugnando por salir de tu subconsciente.
La hipnosis es la llave para ese conocimiento. No sabemos si en tu caso tiene
algo que ver el Karma de algún antepasado. Es posible que cuando no se hace
algo correcto, repercuta en posteriores generaciones. El desapego y la falta de
compasión de otra época actúan como una deuda que regresa, con otras
características y síntomas distintos a los que tuvo quien las anidó en su día.
Esta deuda puede derivar en remordimiento, fuertes dolores de cabeza, alguna
enfermedad y otras posibles anomalías.
La hipnosis promueve el pensamiento positivo por una percepción extrasensorial.
Después no habrá pruebas. Quedan las emociones.
—¿Piensas que descubriremos la clave de
todo? —preguntó Lucía.
—¡Claro que sí! Ya verás como cuando veas
y oigas la grabación te vas a asombrar del resultado.
Jorge hizo que
Lucía se recostase en una camilla y le
cogió una mano, contando de modo pausado hasta tres. Le fue relajando
progresivamente la mano, el brazo, la otra mano, la cabeza… En cada periodo de
relajación contaba uno, dos, tres. Hasta
que le preguntó qué veía, qué
oía… Su voz era queda y persuasiva. La consulta, muy en penumbra, se prestaba a
las confidencias y al misterio...
Lucía comenzó
a agitarse, a pasar las manos por su frente y su cabeza y a decir, con otra
voz, que no dejaría nunca ni a su hijo ni al amor de su vida. Se retorcía en la
camilla como si estuviera viendo visiones. Representaba también una voz más
gutural, la del padre de la anterior voz no identificada, que le gritaba y le decía que no tenía
derecho a hacer lo que quisiera, que su destino era obedecerle. La hija —a la
que Lucía ponía voz— ante tanta
contrariedad, gritaba y gritaba, repitiendo las palabras «¡No, no!», «¡Nunca,
nunca, no tiene usted derecho!». Se volvió a agitar y el hipnólogo dio una
palmada para que Lucía volviera del éxtasis.
—Tanta sensación al mismo tiempo me ha
dejado exhausta… Nunca imaginé que pudiera pasar esto.
—¿No recuerdas nada?
—No. Me encuentro físicamente agotada,
pero creo que mi mente está más tranquila que cuando empezamos. Siento que ya
ha pasado lo que tenía que pasar. Ahora, cuando pongas la grabación, ¿sabré si
lo recuerdo?
—Seguro que te sentirás mucho mejor y
comprobarás que no era ficticio nada de lo que sentías y posteriormente hacías.
Jorge puso la grabación, cuando se hubo
cerciorado de que Lucía estaba ya mejor:
Lucía no se
reconoció y, extrañada por esas voces que salían de su garganta, preguntó:
—¿«Quiénes» son esas voces?
—La
voz femenina es de alguna antepasada tuya y todo indica que la otra pertenece a
su padre.
—Parecería trucado si no lo
hubieras grabado completo.
—Debes preguntar a tus padres por los
suyos y por sus abuelos. Debes indagar en tu procedencia genealógica. Te lo
están pidiendo por alguna razón que desconocemos todavía, pero que es evidente.
Cuando sepas el lugar de nacimiento de los progenitores de tus padres, quizá
puedas ubicar la vieja casona, y sobre
todo, podrás comprender el porqué de tus sueños y los motivos y sensaciones
paranormales que tanto te atormentan. Me gustaría hacer el seguimiento formal
de los futuros acontecimientos, aunque sé que vas a estar muy ocupada haciendo
las investigaciones pertinentes.
—Preguntaré a mi madre y después
procuraré empezar por donde ella termine, ya que espero que me dé alguna pista.
Intentaré mantenerte informado.
Lucía empezó a tener pensamientos
contradictorios: por un lado quería desentrañar el misterio que tanto le
molestaba y no la dejaba en paz, pero por otro, sentía que podía perjudicarse
de algún modo. En primer lugar, se terminaría su vida más o menos apacible,
pues tendría que ir de un lado a otro indagando y, quizá, pasando malos
momentos. Su reputación de mujer equilibrada podía cambiar, pues, ¿cómo iba a
comenzar la indagación?, ¿diciendo la
verdad? ¿Se inventaría algo distinto para que no la tomaran por chalada? Podía
llevarse alguna sorpresa desagradable, porque por «esos mundos» no hay, a
veces, nada bueno.
Preguntaría a su madre, que
siempre había sido reacia a hablar de su familia. Tenía la impresión de que
había algo que no le gustaba recordar, como si le costara hablar de algún
suceso del pasado que hubiese preferido que no existiera. ¿Un secreto? Sí, así
debía de ser, porque cuando algo no lo
sabían ni los de la propia familia, era porque debía tratarse de un gran secreto.
Pero sí, estaba decidida, después de preguntar a su madre, se entrevistaría con
su amiga Berta. Ella era muy decidida. Con Berta lo real parecía irreal y lo
irreal, real, porque tenía poderes para cambiar lo malo en bueno. «¡Cuánto me
ayudó con el problema de mi marido, y cuánto también en la tienda de
antigüedades! Es muy decidida y como ama la aventura, casi, casi, le voy a
hacer un favor» —pensó Lucía.
Lucía no encontró a su madre reticente,
antes al contrario, fue derecha al grano y le contó quién había sido su padre y toda su
historia. El padre de su madre, o sea el abuelo de Lucía, hablaba poco de sí
mismo, pero era un hombre de mucho carácter. Su idea de la justicia había hecho que educara a sus hijos con una
rectitud que no transigía el más leve desliz. Era muy exigente y con un
dogmatismo en sus ideas, que le hacían
ser inflexible en todo lo que decía y hacía.
Su madre sabía que en su juventud había
estado metido en algo de política, pero no porque él lo manifestara, sino
porque su modo de hablar era tan firme y tan vehemente a la vez, que su padre le recordaba a Castelar, porque
su discurso siempre convencía.
Lucía tenía que buscar a Berta,
con su madre solo había conseguido averiguar algo que desconocía hasta ese
momento: que su abuelo había nacido en La Alberca. Tendrían que marchar a
Salamanca, su amiga y ella, para empezar las pesquisas. Cerraría por vacaciones
el negocio de decoración y estaría un tiempo sin pintar sus cuadros. Se
llevaría las fotografías de su casona, en las distintas perspectivas a las que,
hasta entonces, había llegado su obsesiva inspiración.
Berta no se hizo esperar; el
soleado día de Valladolid se fundió con las sonrisas y la alegría de las dos
amigas, cuando se encontraron en el Bar-Restaurante del Olid-Meliá. Antes de
llegar a la Plaza de San Miguel, Lucía se preguntaba si a Berta le vendría bien
hacer ese viaje porque, aunque estaba segura de su respuesta afirmativa, los
impedimentos laborales podían ser muchos, ya que ocupaba un lugar importante
como cronista-fotógrafa en un periódico de Valladolid. Lucía recordó la
solidaridad que siempre le había mostrado su «amiga del alma» Berta, y el apoyo
y buenos consejos a pesar de parecer, a
veces, una cabecita loca…
Si no viniese Berta, tendría que ir sola.
Lucía recordó la sentencia de Jorge Durán, el hipnólogo: «Hasta que no
desentrañes el misterio, no cesarán tus
pesadillas». Esta frase en vez de asustarla, la tranquilizó. Vivir
tranquila y feliz, sin ninguna obsesión que la atara a nada ni a nadie, aunque
fuese inconsciente, era tan importante
como respirar. No podía perder la esperanza de encontrar la verdad y, con el
apoyo de alguien querido, esa esperanza tendría más fuerza.
En el transcurso de tiempo en que
tomaron dos refrescos, marcaron las pautas del viaje. A Berta le debían muchas
horas, que traducidas en días, consideró que serían suficientes, al menos para iniciar una
primera investigación, y con un mapa de carreteras en la mano, y el navegador, ya se veían alternándose en los avatares de
conducir el monovolumen de Berta, para hacer más llevadero el viaje.
CAPÍTULO II
EL
ABUELO
Autor: José María García
«El
viento soplaba con fuerza, azotando entre sí las ramas de los frondosos
árboles. La empujaba hacia un lado y otro y, sin poder evitarlo, la sacaba de
la senda que conducía a la casa, apenas visible por la niebla. Cayó al suelo. Se
oía el gemido rítmico de una de las ventanas de las torres...»
Las escobillas del Ford trataban de
limpiar las finas gotas que caían sobre la luna delantera. Berta estaba
concentrada en la carretera cuando Lucía abrió los ojos a tiempo de ver pasar un cartel que decía Parque Natural.
—¡Uf! Otra vez la casona, no hay manera
de que las palmeras me dejen en paz —aquellas fueron las primeras palabras de
Lucía—. ¿Falta mucho?
—Buenos días, bella durmiente, casi hemos
llegado —contestó Berta—. Un par de curvas o tres y, según el mapa, fin del
viaje. ¡Mira qué bonito es el parque de las Batuecas!
—Precioso, con esos árboles…,
parecen robles…, tan misteriosos,
vestidos de musgo. ¿Cómo ha ido el viaje, Berta?
—Excelente, porque solo ha
empezado a llover ahora que estamos llegando. Y tú, por lo que veo, sigues con tus pesados sueños.
—Sí, pero tengo el presentimiento
de que a partir de hoy ha de cambiar mi suerte, nuestra suerte; te he embarcado
en esta historia y saldremos juntas de ella —contestó Lucía.
—Ya sabes, amiga mía, que por ti
haré cualquier cosa que me pidas. Con la de veces que tú me has ayudado en mis
locuras…
Aparcaron el coche en una pequeña plaza,
a la entrada de La Alberca, presidida por una elevada cruz de piedra y cuatro columnas alineadas, emparejadas y
cubiertas por dinteles, que anunciaban
el cuidadoso estilo arquitectónico del pueblo, de construcciones antiguas y
calles empedradas.
El hostal Elías, en el que habían
reservado habitación, se encontraba en esa misma plaza, con lo que no tuvieron
ni que preguntar. Se instalaron en su habitación y decidieron que no tenían
tiempo que perder para conocer el pueblo e iniciar las pesquisas. Pidieron
información y un mapa de la villa a la recepcionista, que les recomendó que
salieran por la calle del Tablao, hacia la Plaza Mayor para situarse en el centro.
Había dejado de llover, por lo que el
paseo hacia la plaza fue de lo más encantador y, cómo no, aprovecharon para hacerse fotos en los
escaparates de tiendas típicas y ante las casas antiguas de fachada de granito y piedra. Se reían las
amigas, cogidas del brazo, por los resbalones que, de vez en cuando,
experimentaban debido a la humedad sobre el adoquinado de piedras. Un hombre
con sombrero de lluvia se les cruzó y, con una franca sonrisa, les dijo:
—Si no quieren acabar en el suelo
con un tobillo en forma de bota, les aconsejo que vayan por el lateral derecho
de la calle.
Las dos amigas se miraron cómplices y se
echaron a reír.
— Gracias —dijo finalmente Lucía—. ¿Vamos
bien por aquí hacia la Plaza Mayor?
El simpático hombre de pelo cano, descubriendo su sombrero al modo
medieval, les dijo que sí y les deseó
que tuvieran un buen día, lo que provocó más risas en ellas.
Al llegar a la Plaza Mayor, Lucía contuvo
el aliento por el espectáculo. Era más o menos rectangular. Con casas de dos
alturas que parecían construidas en dos etapas diferentes: la parte baja, con
paredes y soportales de piedra y granito; el piso alto, con balcón, tenía un
curioso entramado de vigas de madera. En el centro de la plaza, la belleza de
una gran cruz de piedra enmohecida, les impulsó a fotografiarse en todas las
perspectivas posibles. Se sentían como hacía veinte años, muy jóvenes y llenas
de vida. Posaron e hicieron gracias
provocando la curiosidad de algún que otro viejo, de traje de pana y bastón,
que pasaba por allí.
Pensaron que era hora de comer y, sin
más, entraron a una taberna llamada El Verraco, que divisaron bajo los
soportales, en una esquina de la plaza.
Cuando se sentaron, Berta miró hacia la
barra y preguntó a Lucía:
—¿Tendrán verduras aquí? Mira, todo lleno
de jamones y embutidos.
—Me temo que no, Berta. No quería
decírtelo, pero estamos en la patria del cerdo ibérico. El nombre del
restaurante ya lo dice.
Se acercó el camarero con una carta, les
aconsejó sobre los platos típicos y Berta le preguntó si tenían algún menú
vegetariano. El muchacho, algo lacónico, contestó mirando hacia lo que colgaba
de la barra, que «buscaría algo por ahí detrás».
Lucía hacía honores al «cabrito
cochifrito» que le habían recomendado y Berta daba cuenta de una menestra,
quizás de conserva. Al terminar, el camarero se les acercó para preguntar:
—¿Qué tal ha ido la comida?
—Muy rico el cabrito —contestó Lucía
mirando a Berta con cara de guasa, quien se encogió de hombros como única
respuesta.
—Les puedo ofrecer de postre, recomendado
por la casa, las perrunillas y amarguillos, acompañadas de un licor de la
Sierra —dijo el muchacho.
—Eso de «perroniñas» ¿es animal o
vegetal? —preguntó Berta algo seria.
—Esté tranquila; son pastas, sin patas ni
rabo —contestó el camarero mientras las mujeres estallaban de risa. En ese
momento vieron entrar al hombre del sombrero de lluvia, con mochila, que
acercándose a la mesa, les dijo:
—Hola, bellas y divertidas damas. Hola
Manuel —guiñó un ojo al camarero y a continuación las miró sonriente—. Veo que
han encontrado el mejor sitio para comer y, además, no se han torcido un tobillo.
—¿Don Pedro, disculpe, le pongo lo de
siempre? —interrumpió en voz baja el camarero.
—Sí, pero no te pases que ayer tenía más
ron que café y luego casi no pude trabajar —dijo con otro guiño—. Voy a la mesa
de costumbre.
Lucía dio una patada bajo la mesa a
Berta, cuando ésta dijo con cierto desparpajo que se sentara con ellas.
—Gracias, será un placer. Mi nombre es
Pedro —dijo, ofreciendo su mano a las dos mujeres mientras se quitaba el
sombrero. Dejó la mochila en el suelo y se sentó.
—Ella es Lucía y yo Berta. Encantada.
¿Quieres probar con nosotras las «perronenas» o como se diga, que nos van a
traer?
Los tres soltaron fuertes carcajadas, que
hicieron volver la vista a los pocos comensales que se encontraban en ese
momento en el restaurante. Pedro les habló un poco de los dulces y alimentos
típicos de la zona y les recomendó los hornazos y, sobre todo, los embutidos
ibéricos. Lucía dijo que ella, con seguridad, probaría todo antes de marcharse
del pueblo, pero de Berta tenía sus dudas:
—Creo que tú vas a adelgazar en este
viaje los kilos que yo voy a engordar —dijo mirando a Berta.
—O, quién sabe, a lo mejor termino por
dejar mis historias vegetarianas y me da por comer algún bicho autóctono
—respondió Berta comiéndose la segunda pasta, mojada en licor.
—Veo que al dulce no le haces ascos, así
que creo que sobrevivirás —dijo Pedro, y continuó preguntando—. Si no es mucha
indiscreción, ¿qué os trae por este pueblo perdido de la Sierra de Francia, en
esta época del año?
—Pues un poco de todo. Turismo, buscar a
mis antepasados… —contestó Lucía
—¿Tienes familia aquí?
—No sé, es posible. Mi abuelo se llamaba
Alberto Fraile González y nació aquí en 1903. Cuando tenía 25 años se marchó a
Valladolid, donde echó raíces. De allí somos toda la familia, al menos la
conocida.
—Y tú buscas la que pueda quedar por
aquí…
—Sí, así es.
—Con ese apellido, Fraile, no conozco a
nadie y soy de aquí, aunque he vivido muchos años fuera. Tu abuelo... ¿nunca os
contó nada? ¿Nunca regresó a su tierra?
—No. No llegué a conocerlo. Murió unos
años antes de que yo naciera, lo mismo que mi abuela. Según mi madre, su padre
era muy reservado. El tema de La Alberca era tabú en la familia, por lo visto. Creo
que ni siquiera mi abuela debió de saber mucho más. Pero, seguro que te estamos
aburriendo con el «culebrón» y tendrás algo mejor que hacer.
—¡Qué va! Aquí la vida es algo gris y
monótona, especialmente en invierno, y está muy bien conocer a gente de fuera,
a personas como vosotras, que me cuentan historias interesantes. Así me inspiro
más en mis relatos.
—¿Eres escritor? —preguntó fascinada
Berta.
—Sí, algo he publicado, cinco novelas y
algunos ensayos de historia, pero seguro que no os suena mi nombre, Pedro
Martín Bellod…
—No sé, igual si me dices el título de
una de tus novelas...—siguió Berta, en un gesto de buena voluntad.
—Mi última novela la publiqué hace un
año, «El Crimen Charro», y el último ensayo, «Mitos y Leyendas de Las Batuecas»
—dejó caer Pedro sin mucho convencimiento—. ¿Las conocéis?
—No, creo que no —contestó Berta,
mientras Lucía negaba con la cabeza—. Con lo que a mí me gustan las leyendas y
los misterios sin resolver... Por eso le ha costado bien poco a mi amiga
convencerme para acompañarla y resolver el enigma de su familia y tratar de…
—Sintió otra patada bajo la mesa, que cortó en seco su locuacidad.
Pedro ignoró el gesto y siguió hablando
de ciertas personas a las que iba a preguntar esa tarde por el abuelo de Lucía.
Les recomendó, sobre el plano, los monumentos y calles que podían visitar. Las
convenció para cenar juntos, en un sitio que les iba a gustar a las dos
—«tienen verduras», aseguró— y así contarles sus averiguaciones sobre Alberto
Fraile.
Durante la tarde las amigas se dedicaron
a hacer turismo por las calles estrechas, de balconadas muy coloristas, donde
tenían colgados para secar pimientos y calabazas. Visitaron la Iglesia y una
casa típica museo. Preguntaron a algunas personas mayores, sobre el abuelo y el
apellido, pero nadie lo recordaba.
De regreso al hostal, algo desanimadas,
cansadas y con frío, nada más doblar una esquina se encontraron de frente con
un enorme animal: era un cerdo negro que las estaba mirando; estaban
paralizadas. Cuando el cerdo se les acercó olisqueando, corrieron asustadas y
no pararon hasta entrar en el hostal.
—¿Son alucinaciones mías o nos perseguía
ese cerdo? —preguntó casi gritando Berta.
—Yo creo que te estoy contagiando mis
pesadillas —contestó Lucía, ahora divertida.
La recepcionista, al verlas tan agitadas,
les preguntó si tenían algún problema. Le contaron el percance con el cerdo y
se enteraron de que acababan de conocer al famoso «marrano de San Antón»:
—Todos los años, en junio, se suelta al
marrano por las calles de La Alberca —continuó la chica, mientras les entregaba
la llave—. Los vecinos lo alimentan durante unos meses, hasta el 17 de enero,
fiesta de San Antón, o sea, dentro de unos días, que es cuando rifan al cerdo
entre todos los vecinos.
—No sé, no sé… Este cerdo no nos miraba
con buenas intenciones —dijo Berta más tranquila.
A las 9 de la noche Lucía y Berta se encontraron con Pedro en la recepción del hostal, como
habían acordado. No llovía y decidieron ir andando hasta el restaurante, que
tan solo estaba a diez minutos de paseo. Aceleraron el paso, pues el frío de la
noche era intenso.
El contraste con la calidez al entrar en
El Duende, así se llamaba el sitio, fue
notorio. Durante la cena, Pedro se encontró como pez en el agua en su papel de
atento y agradable anfitrión, ayudándoles a elegir los platos de diseño, pues
por el nombre, era difícil saber su composición.
Pedro contó que no había tenido éxito en
sus pesquisas y ellas le confesaron la agitada persecución del verraco. Berta,
animada, le tiró de la lengua para que
narrara alguna leyenda y él les habló de la historia sobre cierta práctica de
nudismo ancestral y adoración al demonio que, supuestamente, practicaba una
tribu descubierta en el siglo XVI, por
los monjes carmelitas, cuando construyeron el convento bajo la Peña de Francia.
A continuación, la conversación derivó hacia el arte y la pintura, donde tanto
Pedro como Lucía demostraron sus conocimientos, mientras Berta aprovechaba para
deleitarse con sus berenjenas rellenas de arroz y crema de remolacha,
recuperándose de la dieta del mediodía.
—Es increíble que mi abuelo naciera y
viviera aquí sin que nadie lo recuerde —dijo Lucía en otro momento.
—En realidad, no tanto. Haz cálculos: si
nació en 1903 y se marchó de aquí con veinticinco años, o sea en 1928,
probablemente solo las personas que tuvieran en esa época un mínimo de veinte
años o fueran familiares lo recordarán. Pero familiares, al menos por el
apellido Fraile, parece que aquí no hay ninguno —hizo una pausa para beber vino
y prosiguió—. Hay que tener en cuenta que durante aquellos años, y hasta mucho
después de la Guerra Civil, mucha gente emigró hacia otras tierras en busca de
fortuna, como tu abuelo.
—Entonces, según tú, solo una persona con
más de 100 años podría haber tenido contacto con él o siquiera recordarlo
—repuso Lucía.
En ese momento a Pedro se le iluminó la
cara y añadió:
—¿Cómo no lo había pensado antes? Conozco
a una persona que quizás recuerde a tu abuelo.
A la mañana siguiente viajaron los tres
por una carretera de curvas, hasta el Santuario de la Peña de Francia. Cuando
aparcaron, Berta se acercó a contemplar uno de los miradores, desde el que se
divisaban los pueblos de la Sierra. Pedro les señaló abajo, La Alberca y el
resto de pueblos, Mogarraz, Sotoserrano y alguno más. Les convenció para no
demorar más la visita prevista, dejando para luego dar un paseo por todo el
Santuario.
Después de tocar una campanilla, salió a
la entrada del edificio una joven monja de hábitos color crudo y velo negro.
Pedro le explicó el motivo de la visita y les hizo pasar a una sala de
altísimas paredes blancas y lámpara colgante de hierro de forja. Algún mueble
antiguo, unos sencillos bancos de madera y enormes cuadros de motivos
religiosos atrajeron la atención de Lucía. Cuando Pedro les explicaba algo
sobre el origen del convento de dominicos, apareció la monja y les indicó que
la siguieran: la hermana Teresa les esperaba.
Tenía 106 años y era la persona más
anciana de la provincia de Salamanca, les había dicho Pedro en el viaje. Se
encontraba recostada en un sillón, en una soleada y agradable estancia. Era un
invernadero, con amplias cristaleras y multitud de flores y plantas. Cuando
notó la presencia de los visitantes, levantó la cabeza, cubierta por un velo
negro y apartó la vista de una gran lupa con la que leía, al parecer, una
Biblia de tapas de cuero. Dos pequeñas rayas horizontales sobre la cara surcada
de profundas arrugas, miraron al grupo:
—Buenos días, jóvenes. Siéntense ahí, por
favor. Acérquense a mí, que les pueda ver y escuchar —dijo la hermana Teresa
con voz temblorosa y dulce, señalando unas sillas de mimbre—. Me ha dicho la
hermana María que querían hablar conmigo. ¡Hace tanto que no me visita nadie…!
—Hermana, no sé si me recuerda. Soy Pedro
Martín, el escritor. Vine hace unos años a preguntarle sobre las Ermitas de La
Alberca, ¿recuerda? —dijo elevando la voz.
—Sí. Creo acordarme… El escritor de la Alberca.
Aunque mi memoria ya no es lo que era… ¿No era usted el que quería saber algo
de antes de la guerra? ¿Algo sobre el teatro que se celebraba en la Ermita de
las Majadas?
—Así es, hermana Teresa. ¡Conserva usted
una memoria prodigiosa que ya quisiéramos muchos! Mire, he venido con mis
amigas, Lucía y Berta, que tienen interés en conocerla.
—¡Qué guapas y jóvenes! —dijo mientras
las dos amigas se miraron cómplices—. Pero, ¿qué motivo les trae a verme? Solo
soy un pellejo de carne medio ciega y sorda, esperando la última llamada... Ya
no creo que pueda ayudar mucho.
—Al contrario, hermana Teresa. Nos ha
dicho Pedro que usted era la persona idónea para tratar de averiguar el origen
de mi familia. Mi abuelo nació aquí, en La Alberca, a principios del siglo
pasado y estoy buscando a familiares o a quien sepa algo de él. ¿Conoció usted
a Alberto Fraile?
La anciana, mirando a Lucía intensamente,
y luego a la cristalera, hacia un punto
indefinido, comenzó a hablar:
«Nací
en el seno de una familia muy adinerada de esta comarca, los Gascón, en Miranda del Castañar. Mi padre, Juan
Gascón, era propietario de gran parte de las tierras de los pueblos de la
Sierra de Francia, con casas en muchos de ellos, entre otros La Alberca, donde
pasábamos los veranos. Mi infancia y juventud transcurrió plácidamente, con
todas las comodidades que se podía tener en aquellos tiempos. Junto a mis dos
hermanos, recibimos esmerada educación con maestros y sacerdotes que venían a la Casa de Miranda, ya que la
escuela más próxima se hallaba demasiado lejos para ir todos los días.
Siempre
recordaré que el día 26 de junio de 1922 —tenía yo 12 años —mi padre y toda la
familia estuvo en el comité de recepción del Rey Alfonso XIII, cuando vino a La
Alberca, después de la visita a las Hurdes. Mi familia era monárquica hasta los
tuétanos. También fue defensora acérrima de Primo de Rivera cuando, un año
después, este impuso la dictadura tras su golpe de estado. Había que terminar
con las veleidades e incertidumbres de los gobiernos liberales. Mi familia era
muy tradicional y defensora de los valores patrióticos y católicos.
Al
cumplir los 14 años, durante el verano, mis hermanos y yo tuvimos que ayudar en
alguna de las haciendas —en las que trabajaban no menos de mil braceros—, unas veces en tareas agrícolas o ganaderas,
otras en la oficina. Mi padre quería que sus hijos conocieran de primera mano
los negocios para hacerse cargo de ellos algún día.
Su
ilusión era casarme cuando llegara a la mayoría de edad con el hijo de un
terrateniente de Guijuelo, que empezaba a despuntar en el negocio del jamón.
Era costumbre de los latifundistas de aquellos tiempos hacer una cuidadosa
selección de los enlaces matrimoniales de sus hijos, para aumentar la fortuna y
pasarla a los herederos. Así había sucedido con los Gascón durante muchas
generaciones.
Cuando
cumplí dieciocho años intenté demorar el compromiso, al principio con la
complicidad de mi madre. ‘Aún era muy joven’, ‘quería seguir estudiando’…Pero
de nada valieron las excusas: mi padre impuso finalmente su criterio y en unos
meses, en septiembre, debíamos casarnos. No quería dejar pasar la ocasión pues
el muchacho era un buen partido. Mi padre siempre con su visión mercantil del
amor. El muchacho era educado y culto, si bien algo aburrido, pero en aquel
entonces tampoco pensaba yo que el matrimonio pudiera consistir en otra cosa
más que un contrato entre dos familias. Mi madre y el sacerdote de la
familia me dijeron que el amor y el
cariño vendrían solos, en el matrimonio. La boda se iba a celebrar precisamente
en la Iglesia de este Santuario...
Faltaban
tres meses y el primer día de junio se iniciaba la siega del trigo. Yo me
encontraba allí cuando los peones, en mitad de la jornada, pararon y se
reunieron alrededor de un hombre curtido y alto, que les arengó subido a un
carromato. Decía cosas extrañas para mí. Les habló de la revolución bolchevique
y de la toma de poder por los trabajadores en Rusia, hartos de ser explotados
por el régimen zarista, de la misma forma que aquí estaba ocurriendo con la
Dictadura amparada por el Rey. Llamó a la gente a realizar paros y protestas
para los siguientes días y les animó a afiliarse a su sindicato. Era un hombre
seductor, hablaba con tanta vehemencia y fuerza que ni mis convicciones, ni mi
educación, ni mi estatus fueron impedimento para quedar hechizada, hasta el
punto que, después, no fui capaz de
decirle nada a mi padre sobre el suceso. Su intensa mirada me traspasó, al
terminar el discurso y, acercándose a mí, me dio su cálida mano –nunca lo
olvidaré—. Se presentó y me marché avergonzada, casi huyendo, presa de una gran
agitación.
Al
día siguiente, algo irresistible me empujó a regresar a la misma zona de
trabajo, quería ver a ese hombre que tanto me había turbado, para demostrarme a
mí misma que era todo un espejismo. ¡Qué equivocada estaba! Los encuentros, a
partir de aquel día, fueron cada vez más frecuentes, su voz, su pelo negro
enmarañado, sus manos me cegaban y me impedían ver más allá. Me enamoré
locamente, nos enamoramos. Olvidé por completo que estaba prometida. Hice mil
pedazos las tradiciones católicas, familiares, el día que nos encontramos
secretamente en aquella arboleda junto al río…».
Los tres, Lucía, Pedro y Berta,
escucharon el relato en silencio, arrebatados. Las palabras de esta centenaria
mujer fluyeron con una elocuencia y naturalidad extraordinarias. Las lágrimas,
que habían comenzado a resbalar por los surcos de su cara, interrumpieron el
relato. Miró a Lucía y, tomándole la cara entre sus manos, dijo:
—No hay duda: eres su nieta. Tienes su
mirada, sus gestos y su boca. Ahora ya lo sabes. Que Dios me perdone.
Lucía no sabía qué decir ante la
revelación del pasado de su abuelo junto a esta monja. Un sentimiento de
compasión y de complicidad hacia ella le hizo secar sus lágrimas con un pañuelo.
La hermana Teresa prosiguió:
—Aquello era demasiado bello y a la vez
peligroso. Tenía la sensación de que no podía ser real. Sabía que no podía
terminar bien…
—¿Qué sucedió? —preguntó Lucía.
—Tu abuelo era un idealista, que luchaba
por las libertades del pueblo, en aquel entonces oprimido por los caciques,
como mi padre, que con la compra de votos conseguían asegurar la estabilidad
del Régimen desde hacía muchos años.
—Entonces, Teresa, ¿mi abuelo era un
revolucionario? Nunca me lo hubiera imaginado, por lo poco que supe de él.
—Sí, lo era, y al mismo tiempo, un loco
romántico que cometió la imprudencia de pedirle la mano a mi padre, en lugar de
hacerme caso y marcharnos en secreto. Sí, yo también estaba loca… Le propuse
huir.
Teresa continuó su relato contando que
las consecuencias fueron terribles. El padre, conocedor de las actividades
subversivas de Alberto, ordenó que le dieran una paliza y lo echaran de las
tierras. Teresa dijo a su padre que renunciaba al matrimonio con su prometido,
pues estaba enamorada de Alberto. El padre dijo que jamás consentiría la unión
entre una noble y un plebeyo, que, además, era comunista. Montó en cólera e
internó a Teresa en el Convento de las Dueñas, en Salamanca.
—Pero, ¿qué fue de mi abuelo? ¿Nunca le
buscó a usted? —preguntó Lucía.
—Sí. Supe por mi madre, años después, que
Alberto, una vez repuesto de la paliza, me buscó por todas partes, pero mi
padre era experto en comprar voluntades. Mi internamiento en el convento se
había hecho en secreto. Por lo visto tu abuelo se marchó de La Alberca, al
fallecer su madre unos meses después. Al padre, que era militar, lo habían
matado unos años antes en la guerra de Marruecos. Nada le ataba al pueblo, no
tenía trabajo y encima tenía como enemigo al dueño de estas tierras.
—¿Y no tenía ningún familiar más, algún
tío, primos…?
—No, al menos nunca me habló de ellos.
Pero sí que me confesó, avergonzado, que había sido adoptado, quizás por ello
no reconocía tener más familiares.
En ese momento Lucía miró perpleja a
Berta y Pedro. Esta noticia la descolocaba.
—¿Adoptado? ¿Dónde? —preguntó Berta.
—Si mi memoria no me falla, creo recordar
que en Frómista, un pueblo de Palencia. Con menos de un año lo recogieron allí
sus padres adoptivos y se lo trajeron a La Alberca. Nunca se lo ocultaron, pero
Alberto llevaba muy mal haber sido adoptado. Tal vez de ahí sacó su espíritu
rebelde, que luego alimentó con ideas políticas tras su paso por la Universidad
de Salamanca.
Lucía, preguntada por Teresa, confesó lo
poco que sabía de su abuelo a través de su madre. Siempre se había mostrado muy
reservado sobre su vida anterior en La Alberca, quizás —añadió Lucía — debido
al dolor que le producían las heridas del pasado.
Llegó la hermana María y anunció que era
la hora de comer por lo que la visita debía terminarse. Pedro y las amigas se
despidieron de la hermana Teresa, no sin antes prometerle que le escribirían de
vez en cuando.
Cuando salieron del convento, Pedro les
propuso seguir con la visita a la Iglesia gótica y a un curioso monumento, El
Rollo: monumento de piedra que, según les contó, simbolizaba la independencia
que el Rey Juan II dio al priorato en el siglo XV. Allí, en la escalinata, se
sentó Lucía, mientras Pedro y Berta se hacían fotos en el mirador de la
muralla. Berta decidió subir a una de las torres y Pedro se acercó a Lucía
preguntándole:
—¿Qué te pasa? Te veo triste, ausente.
—Pienso en mi abuelo. En todo lo que pasó
aquí. En lo que tuvo que sufrir…
—Sí, así debió ser. Pero las personas se
rehacen y son capaces de correr una cortina sobre su pasado —repuso Pedro. --Yo
creo que tu abuelo, cuando se fue a Valladolid, inició otra vida. Creo que «el
Alberto enamorado y revolucionario» murió cuando se marchó de La Alberca.
—Tal vez fue mejor así…olvidar todo. Por
ello nunca quiso volver al pueblo, para no reabrir heridas, y nunca contó nada
a mi abuela, ni a mi madre —dijo Lucía pensativa.
—Entonces, Lucía, con esto acaba tu
investigación, ¿no? —preguntó Pedro.
—Al contrario. Ahora empieza.
—No entiendo, ¿qué más quieres saber? Ya
sabes el origen de tu abuelo, conoces lo que aquí vivió, luchó y amó. Después
quiso iniciar otra vida en Valladolid, de la cual tú formas parte…
—Precisamente por eso, Pedro, porque yo
formo parte de su vida, hay más cosas que debo averiguar. Para poner orden en
la mía, en mis pensamientos…
En ese momento Lucía contó a Pedro el
origen de su sufrimiento, las pesadillas, el cuadro, la casona, los gritos
desgarrados. Le relató la visita al hipnólogo y el motivo verdadero de su viaje
junto a Berta.
Pedro se quedó pensativo y finalmente
dijo:
—Ahora entiendo tus comentarios y tus
gestos con Berta. No querías hablar de ello…
—Me daba vergüenza. Pero ahora pienso que
es mejor que lo sepas. Nos estás ayudando tanto…
—Te comprendo. Entiendo lo mal que lo
estás pasando. ¿Qué piensas hacer?
—Seguir con la investigación. Necesito
llegar al origen, tiene que haber algo en nuestra verdadera familia, los
antepasados de mi abuelo, los míos, que está sin resolver. Yo, por la razón que
sea, he sido elegida para esa misión y me temo que no estaré en paz hasta dar
con el misterio que me atormenta.
—Pero hace tanto tiempo de todo ello...
Solo sabes que tu abuelo tenía unos meses cuando fue adoptado en Frómista en
1903. No se me ocurre qué más puedes hacer.
—¿No lo entiendes? Yo necesito saber
dónde nació, quiénes eran sus padres, mis bisabuelos, dónde vivían, por qué lo
abandonaron, dónde lo dejaron en adopción ¡Tal vez cuando tenga respuesta a
estas preguntas encuentre la paz! —estalló Lucía.
En ese momento lloró y apoyó su cabeza en
el hombro de Pedro, que cogió su mano, en silencio. Lucía se sintió
reconfortada durante un tiempo que le pareció eterno. Sintió el perfume y el
calor del amigo. Un ligero
estremecimiento recorrió su cuerpo y se incorporó, soltando la mano de Pedro,
al darse cuenta de que se aproximaba
Berta.
El resto del día lo pasaron recorriendo
la comarca de las Hurdes, pues quiso Pedro que conocieran las maravillas
naturales de la zona y los pueblos semiabandonados que una vez recorrió el Rey
Alfonso XIII en la época de Alberto y Teresa. Por la tarde, cuando regresaban
en el coche, Berta conduciendo y Pedro en el asiento delantero, tenían una
animada conversación sobre los espíritus y las leyendas de esos valles y
montañas. Lucía, en el asiento trasero, mientras consultaba su móvil, les
anunció por sorpresa:
—¡Próxima etapa: Frómista! Lo he
decidido. Berta, mañana nos vamos. Tenemos casi trescientos kilómetros hasta
llegar allí, así que hemos de madrugar.
—¿Os vais a marchar tan pronto? Con la de
cosas que yo os quiero enseñar —preguntó Pedro.
—Sí, Pedro. Tenemos que seguir. Para mí
no es un viaje de turismo. Ya te he contado mis pesadillas.
—Lo comprendo. Os voy a echar mucho de
menos —dijo girando la cabeza hacia el asiento de atrás.
—Ya te contaremos las peripecias del
doctor Watson y Sherlock Holmes —dijo Berta, contagiando sus risas a los demás.
CAPITULO III
LA CRIPTA
Autor: José María García
A la mañana siguiente Berta fue la
primera que abrió los ojos. Le dolía algo la cabeza, fruto de la velada nocturna
de despedida de los tres amigos, que habían tomado alguna copa de más.
Comenzaba a clarear el día, un rayo de luz iluminaba levemente el dormitorio. Su amiga dormía inquieta,
movía la cabeza y los párpados; daba patadas. Incorporándose de su cama tocó
levemente el hombro de Lucía, quien bruscamente abrió los ojos y la miró como
diciendo «otra vez». Sí, tampoco esa noche se había librado de las pesadillas,
y contó que en ese momento soñaba que estaba en el jardín de esa casa, en medio
de una terrible tormenta. Se había despertado justo cuando sonaba un relámpago.
Enseguida hicieron el equipaje,
desayunaron y se pusieron en marcha. Tenían un largo viaje por delante y no
había que desaprovechar ni un instante. Además Berta estaba consumiendo sus
vacaciones.
Hacia el mediodía entraban en Frómista,
después de un itinerario algo monótono. Había conducido Lucía todo el tiempo ya
que, según dijo a Berta, no le sentaba
bien dormirse en el coche, cosa que con seguridad le ocurriría si viajaba de
copiloto.
Fueron directamente al hotel recomendado
en internet, Hospedería del Peregrino, llevándose una grata sorpresa por la
belleza y solidez del antiguo edificio. Dejaron las maletas en la habitación y
salieron a tomar un bocado, muy cerca del hotel, donde el amable recepcionista les aconsejó.
Como estaban cansadas, decidieron regresar y dormir una buena siesta para
recuperar energía.
A media tarde salieron a pasear y
recorrer el pueblo, cosa que hicieron muy rápidamente. Apenas 20 calles y 800
habitantes —que vivían de la agricultura y algo del turismo por estar en la
ruta del Camino de Santiago— definían el tamaño del pueblo. Muy cerca del hotel
se encontraron con la majestuosidad y sencillez de la Iglesia de San Martín,
«estilo románico, sin lugar a dudas» —dijo Lucía. Se encontraron con unos
cuantos turistas a esa hora, seguramente peregrinos, que se relajaban haciendo
fotografías y adquiriendo cultura. La recorrieron por fuera. Tenía la ventaja
de no disponer de edificación civil anexa, con lo que pudieron apreciar la
armonía del conjunto. Lucía era experta en arte y le fue señalando a Berta curiosidades como el cimborrio octogonal
junto a los tres ábsides, orientados al este. Hacia el oeste la porticada
principal tenía en los extremos de la fachada dos elevadas torres que alojaban
las campanas. El conjunto era precioso, rodeado de cierto aire de misterio, al
reflejarse en la parte superior de la iglesia la luz naranja del atardecer.
Bajo los tejados extrañas sombras alargadas, debido a multitud de curiosas figuritas
mitológicas de animales y seres extraños —canecillos, según Lucía— rodeaban
todo el edificio. Mientras hacían fotos,
igual que algunos peregrinos del Camino, se dirigieron hacia una puerta
pequeña, cerca del ábside sur. Parecía la entrada. Tenían la intención de ver
por dentro la iglesia, pero un viejo con hábito de color terroso, encorvado y
apoyado en un bastón, les impidió la entrada:
—Está cerrado ¡Ya son más de las seis!
—dijo el fraile mostrando su boca desdentada, mientras señalaba el cartel del
horario.
Las amigas dieron media vuelta ante el
desagradable cancerbero de la iglesia y decidieron volver al día siguiente por
la mañana. Al llegar al hotel, el simpático recepcionista, que terminaba su
turno de trabajo, les preguntó si
querían ver el edificio, a lo que las amigas respondieron afirmativamente.
Mientras les mostraba las dependencias, contó que el edificio se construyó en
1772, por el Marqués de la Ensenada, como almacén de granos de cereales.
Posteriormente, en el siglo XIX, fue restaurado y ocupado por la orden
Religiosa de los Hermanos Peregrinos, con lo que se transformó en Monasterio
que, al estar en el Camino de Santiago, se destinó a albergar a los peregrinos
que decidían pasar allí la noche.
—También fue casa de acogida de huérfanos
y pobres —dijo el chico, mientras les enseñaba el pequeño claustro rodeado de
columnas.
—¿Cuándo dejó de funcionar como hospicio?
—preguntó Lucía con los ojos abiertos de par en par.
—En el año 31, al inicio de la Segunda
República, debido a un incendio. En aquellos momentos se desató una ola
anticlerical que obligó a los Hermanos Peregrinos a marcharse a otros
Monasterios más seguros.
—Entonces… ¿el edificio se quemó entero?
—preguntó Berta.
—No. Solo una parte. El ala sur, la
dedicada a hospicio y biblioteca —respondió el muchacho.
—¿Qué ocurrió con todos los documentos de
esa época? —preguntó Berta.
—Por lo que yo sé, prácticamente se
quemaron todos. Al parecer los Hermanos, en su precipitada huída, se fueron con
lo puesto.
—¿Y en la parte que se salvó, no quedaron
documentos? —preguntó Lucía con un hilo de voz.
A ello contestó negativamente el
muchacho. En ese momento Berta vio como se le enrojecían los ojos a su amiga y
entendió lo que sentía: sin papeles era imposible seguir adelante con la
investigación sobre la adopción de su abuelo. Berta le explicó al chico que lo
que buscaban era muy concreto: los libros de registro de huérfanos entregados
en adopción de unos determinados años. El chico, guiñando un ojo a ambas, dijo:
—En el pueblo, de toda la vida, ha
circulado la leyenda de que algunos libros se guardaron en la cripta de la
Iglesia de San Martín, pero nunca se ha podido comprobar. Yo nunca vi nada,
aparte de las tumbas, bóvedas y columnas.
—Pero, la cripta se puede visitar, ¿no?
—dijo Lucía algo esperanzada.
—No. Está cerrada al público. Solo en la
festividad de San Martín, el 11 de noviembre, la Iglesia permitía, hasta hace
unos años, que los feligreses entraran para honrar las reliquias de sus
muertos. Se hacía un recorrido de bajada por una estrecha escalera y de subida
por la otra para evitar atascos.
Cuando el recepcionista se marchó, las
dos amigas decidieron que al día siguiente, como tenían previsto, harían la
visita a la Iglesia e intentarían, de alguna manera, visitar la cripta. Era la
única pista posible, por muy endeble que fuera.
A la mañana siguiente fueron a la oficina
de turismo, donde consiguieron información, folletos y planos de la Iglesia de
San Martín. Les confirmaron que la cripta no era visitable desde hacía veinte
años, debido al deterioro de las bóvedas
y columnas, cuyas policromías comenzaron a desprenderse con el trasiego de
gente. Hace unos años se inició un proyecto de restauración por parte del
Ministerio de Cultura, pero con la crisis y los recortes, se supone que aún
tardaría unos años en llevarse a cabo. Aunque la iglesia, del siglo XI, había
sido restaurada en 1894 y declarada Monumento Nacional, después de varios
siglos de progresivo abandono, inexplicablemente la restauración no se hizo sobre
la cripta, que conservaba su primitivo estado bajo el suelo del altar y los
ábsides.
Se acercaron a la entrada sur de la
Iglesia, la única abierta para el público. Unos cuantos peregrinos hacían cola
para sacar el ticket de entrada. El siniestro fraile de la tarde anterior, con
cara de pocos amigos, sentado tras una vieja y carcomida mesa les dio las
entradas y un folleto, indicando con áspera voz que no se podían hacer fotos ni
tocar cuadros o figuras.
Al entrar, se sumieron en la más absoluta
oscuridad, hasta que sus ojos se adaptaron a la penumbra. Era una típica
iglesia románica de tres naves, que orientadas hacia el este, estaban
encabezadas por tres ábsides. En el central había un sencillo altar con
crucifijo. Los laterales tenían dos pequeños altares. Dieron una vuelta a lo
largo de todo el perímetro de la iglesia, contemplando los pilares cruciformes
y capiteles con muchísimas figuras mitológicas, de animales, monstruos y
guerreros. Subieron a la única de las dos torres adosadas a la fachada oeste, que
tenía la puerta abierta. Arriba, a través de las troneras y campanas, se podía
contemplar toda Frómista y el fuerte colorido de las tierras palentinas que la
rodeaban. Esa mañana las dos amigas estaban relajadas y felices.
Decidieron bajar y averiguar dónde podían
estar las puertas de entrada y salida de la cripta, que no habían visto cuando
estaban frente al altar central. Quizás estaban en los ábsides laterales
Acercándose al pequeño altar que había en la nave de la derecha, pasaron otra
vez junto al fraile jorobado, quien no les quitaba ojo. La luz natural que
entraba por los tres ventanales del ábside era suficiente para inspeccionar
todo. Sobre el altar había un pequeño sagrario de madera tallada, pero no se
veía sobre las paredes ninguna puerta que pudiera conducir a la cripta. Tampoco
se podían acercar mucho ya que había una cuerda de pasamanería roja, sujeta a
las columnas laterales, con un cartel de prohibido el paso. Continuaron
revisando otra vez el altar mayor y finalmente el pequeño altar sobre el ábside
izquierdo, todos con sus cuerdas protectoras. En ese momento Berta tuvo una
ocurrencia, dirigiendo la mirada bajo el altar:
— ¡Bingo! —dijo en voz baja, --¿te has
fijado en la vieja moqueta que cubre el suelo? El de la derecha está igual.
Acto seguido se miraron cómplices y
cuando vieron al vigilante atender a otros turistas que llegaban, Berta, que
era la más atrevida, pasó por debajo de la cuerda, que mantuvo levantada para
que cruzara Lucía. Las dos intentaron despegar por algún sitio la polvorienta
alfombra, que parecía incrustada en el suelo hasta que, por fin, justo bajo el
altar, pudieron levantarla. Poco a poco, ya que el despegado hacía ruido,
consiguieron atisbar en la penumbra, lo que parecía que era la esquina de una
vieja puerta de madera sobre el suelo.
—¿Qué diablos están haciendo? —oyeron a
sus espaldas mientras levantaban una nube de polvo al soltar precipitadamente
la moqueta.
—¡Salgan de ahí! ¡Es que no ven la
prohibición! —les gruñó el feo guardián, amenazándoles con el bastón.
Nerviosas, avergonzadas y sacudiéndose la
ropa, salieron de la iglesia. Decidieron, para calmarse, ir a un bar de la plaza para tomarse una
cerveza. Berta, como siempre alocada y decidida, le dijo a Lucía que tenían que
bajar a la cripta por una de aquellas puertas. Lucía ponía pegas:
—¿Cómo entramos otra vez y eludimos al
«perro guardián»?
—Muy sencillo, amiga mía. Por la noche y
sin pedir permiso —respondió Berta.
—Pero hay que entrar por algún sitio,
forzar alguna puerta…
—¿Es que no me conoces? Estas manos que
ves —dijo agitando las palmas— son capaces de hacer lo que se propongan. No es
la primera vez que abro una puerta sin llave.
Lucía miraba asombrada a Berta. Era una
caja de sorpresas.
—¿Y si nos pillan? —preguntó Lucía.
—¿Y si no averiguamos nada más de tu
abuelo? —dijo Berta.
—Sí, supongo que tienes razón. Tendremos
que arriesgarnos.
Comenzaron a trazar el plan. Tenía que
ser esa noche, con lo que había que proveerse de linterna, además de otros
útiles para forzar puertas, guantes, pasamontañas para no ser reconocidas y de
paso evitar el polvo que seguro habría en la cripta. Berta sabía lo que se
necesitaba. Decidieron ir esa tarde a un centro comercial alejado, para hacer
las compras y no levantar sospechas en
el pequeño pueblo.
Una vez en la hospedería, Lucía revisó el
plano de la iglesia, para ver por dónde iban a entrar esa noche. Recordó algo
y, señalando a Berta el plano, le comunicó sus sospechas de que el fraile vivía
allí. Debía de tener sus dependencias junto a la entrada principal de la
fachada oeste y pegadas a la torre gemela de la que habían subido ese día. En
el plano aparecía un habitáculo y solo podía ser ahí donde viviera. Por tanto
la entrada tenían que hacerla por la puerta de la fachada norte, la más
alejada, para evitar que les oyera. Sospechaban que esa puerta no se usaba
normalmente pero esperaban poder abrirla, ya que, en caso contrario tendrían
que intentarlo por la entrada normal de feligreses y turistas.
Esa noche, en restaurante del hotel,
apenas consiguieron cenar debido a los nervios. En conversación informal con el
camarero, bromeando sobre el parecido del fraile con «Quasimodo», se aseguraron
de que vivía en la iglesia.
Era una noche de luna llena cuando dos
sigilosas figuras negras, cubiertas con pasamontañas, atravesaron la plaza de
la Iglesia de San Martín. Todo el mundo debía de estar durmiendo a esa hora. A
lo lejos se oyó ladrar un perro. Rodearon la fachada por la zona de los
ábsides, hasta llegar a la puerta norte, cuya cerradura iluminaron con la
linterna. Rápidamente Berta, con maestría de ladrón profesional, sacó de la
mochila sus herramientas para abrir el antiguo cerrojo de llave de hierro, no
sin antes echarle un spray lubricante. También roció las bisagras para
amortiguar ruidos, según le había explicado a Lucía. En unos minutos se oyó el
«clac» de apertura de la puerta, y con una parsimonia extraordinaria, Berta fue
empujando hacia dentro, sin apenas hacer ruido, hasta lograr una rendija
suficiente para pasar.
Caminaron por la nave lateral, sin
encender la linterna, ya que, por fortuna, entraba la tenue luz de la luna por
las ventanas de los ábsides, hacia donde se dirigían. Sombras alargadas,
agazapadas tras las columnas, parecía que les acechaban a cada paso. No eran
más que estatuas. Terroríficos monstruos les miraban y parecía que giraban la
cabeza a cada paso que daban, desde los capiteles de las columnas. Despacio, un
poco temblorosas, se acercaron a la
penumbra del altar de la izquierda. Solo oían su propia respiración agitada,
cuando procedieron a levantar, por segunda vez en el día, la moqueta, ahora
casi sin esfuerzo. Enseguida dejaron al descubierto la carcomida y estrecha
puerta de entrada a la cripta, que iluminaron con la linterna. Solo tenía un
aro y un herrumbroso pestillo que para abrir tuvieron que engrasar. Lentamente,
tirando del aro oxidado, la trampilla iba subiendo. Pesaba considerablemente.
Los goznes crujían a pesar del spray silenciador. Bruscamente el aro se
desprendió de la puerta que, cayendo sobre la entrada, provocó un estrépito
descomunal, cuyo eco duró lo que a ellas les pareció una eternidad.
Berta apagó inmediatamente la linterna y
se agazapó junto a Lucía. Contuvieron la respiración. No se escuchaba nada. No
se vio luz alguna procedente del fondo de la nave. Cuando se aseguraron de no
haber sido descubiertas, prosiguieron con la apertura de la puerta. Berta sacó
una palanqueta con la que haciendo presión pudo volver a levantarla y entre las
dos, con sumo cuidado y esfuerzo consiguieron voltearla, esta vez en silencio.
Bajaron por la estrecha escalera de
piedra. Lucía iba delante con la linterna, apartando telarañas, sin poder
evitar que alguna se le quedara pegada al verdugo. Al llegar abajo enfocaron a
la derecha y descubrieron una angosta sala de paredes de piedra, llena de bajas
columnas con capiteles decorados, desconchados,
en penoso estado. El suelo crujía al pisar los escombros. Al acercarse a
la zona central, situada bajo el altar mayor, descubrieron una reja metálica,
que al otro lado tenía tres tumbas. Proyectando el haz de luz sobre el resto de
la cripta no vieron lugar alguno, ni piedra o puerta, que pudiera hacer pensar
que al otro lado había algo guardado, salvo la segunda escalera del fondo que
debía subir al otro altar.
Lucía cuchicheó a Berta, un poco desanimada:
—No veo dónde podemos buscar los malditos
documentos. Como no sea dentro de alguna tumba…
—Mira ahí —dijo Berta señalando la tumba
de la derecha— ¿La tapa no está un poco desplazada?
—Es verdad. Además se nota la junta. Si
te fijas, las otras dos están selladas. Podríamos…
—A mi me da un poco de repelús, esto de
ultrajar a los muertos —dijo Berta un poco cortante, pero añadió— si estoy sola
no lo hago. Contigo me atrevo.
Después de abrir con ganzúa la cerradura
de la reja de hierro, Berta sacó de su mochila la palanca que había usado antes
y pidió a Lucía que le ayudara a
desplazar la gruesa losa. Despacio, con dificultad, movieron la piedra hasta
dejar el hueco suficiente como para mirar al interior. Conteniendo el aliento
se asomaron, enfocando con la linterna. Había una especie de jarapa o tela de
saco raída que tapaba un bulto. Se miraron como preguntando quién iba a meter
la mano.
Lucía, la menos supersticiosa de las dos,
se animó y comenzó a destapar la tela, dejando al descubierto las cuencas de
los ojos de un cráneo que le hizo dar un respingo. Se repuso y decidió
continuar ante la mirada de pánico de Berta. El resto del esqueleto, algo
desmadejado, quedó al descubierto. Algo llamó la atención de Lucía:
—Allí al fondo, veo una cosa oscura.
Vamos a mover un poco más la piedra para ver de qué se trata—dijo empuñando
ella misma la palanqueta.
Cuando consiguieron desplazar
suficientemente la losa, Lucía, metió la mano otra vez, mientras Berta
temblorosa apuntaba con la linterna.
—¡Aquí hay unos libros! Mira —le dijo a
Berta.
Entonces notó a través del guante, una cosa
viscosa o blanda que se removió, una serpiente o una rata quizás. El grito de Lucía, y el de Berta a coro,
resonaron como un extraño cántico gregoriano sobre las bóvedas de la cripta.
Las dos amigas se quedaron paralizadas, mirando hacia las escaleras por las que
habían bajado. Transcurrió un tiempo indeterminado en absoluto silencio.
Entonces sintieron claramente unos pasos de alguien que arrastraba un pie y
golpeaba el suelo rítmicamente con un bastón, que se acercaba hasta pararse
sobre sus cabezas. « ¡Quién anda por
ahí!» —sonó el desagradable graznido del fraile. Era como si hubiera un
altavoz en la cripta conectado a un micrófono del altar.
Al sentirse descubiertas, reaccionaron de
inmediato, se miraron preguntándose qué hacer y Lucía, que conservaba la cabeza
algo más fría, señaló la otra escalera,
hacia la que se dirigieron a toda prisa. Cuándo iniciaron la subida,
Berta le pidió a Lucía que la esperara, porque había olvidado la mochila.
Lucía, agazapada en la oscuridad de la escalera, aterrorizada, oyó como los
pasos de arriba se desplazaban lentamente hacia la entrada por la que habían
descendido antes. Vio en el otro extremo de la cripta una débil iluminación
parpadeante, que poco a poco aumentaba su intensidad. «¡Berta!», gritó
mentalmente Lucía. De repente la linterna de Berta vino corriendo hacia ella,
mientras sonaban los pasos y el bastón del fraile, que descendía por las
escaleras del otro extremo. Reagrupadas las dos amigas señalaron hacia arriba,
la puerta cerrada, y subieron a toda prisa. Era la única oportunidad que tenían
de escapar: empujar con todas sus fuerzas y tratar de abrir esa puerta. « ¡Sé que están ahí!» oyeron claramente
cuando ambas al unísono, desde lo alto de la escalera, empujaron la madera con
todas sus fuerzas, que crujió pero no cedió. « ¡No se saldrán con la suya!» sonó más cercana la voz. Cogiéndose
de las manos, hicieron una última embestida sobre la puerta, dotadas de la
brutal fuerza que da el instinto de supervivencia. La madera, seguramente
podrida se hizo añicos, deshaciéndose sobre sus hombros y pasamontañas.
Empujaron la polvorienta alfombra, no sin dificultad y tosiendo sin parar,
hasta que consiguieron separarla del suelo. Salieron al espacio del altar
derecho y echaron a correr en la penumbra. La linterna la habían perdido en la
escalera. Lucía tropezó con el banco de la primera fila y cayó al suelo. Cuando
Berta la ayudaba a incorporarse, la figura del fraile, con una especie de camisón
blanco, tan solo estaba a unos quince metros. Les apuntaba con su linterna y no
paraba de gritarles, amenazadoramente, para que se detuvieran. Lucía, cojeando,
al haberse lastimado una pierna, y Berta, ayudándole, consiguieron salir al
pasillo lateral y a la puerta por la que habían entrado sin que el fraile les
diera alcance.
Una vez en el exterior, bajo la luz de la
luna, corrieron a esconderse en unos jardines próximos donde, agachadas tras un
seto, observaron que el fantasmal cancerbero se asomaba a la puerta. Este, tras
inspeccionar a uno y otro lado, decidió entrar de nuevo, golpeando contrariado
el suelo con su bastón.
Esperaron un rato, sin oír nada raro,
salvo el perro que ladraba a lo lejos. Algo más tranquilas, se desprendieron de
los guantes y el pasamontañas. Se sacudieron el polvo y las virutas de la ropa
antes de regresar al hotel. Eran las dos de la madrugada. El amigo
recepcionista, que estaba de guardia esa noche, les abrió la puerta. Las miró
entre divertido y extrañado y les dio las buenas noches. Cuando entraron al
ascensor, se vieron por primera vez reflejadas en el espejo y empezaron a
reírse como locas liberándose de la tensión acumulada en las últimas horas:
tenían rodales ennegrecidos alrededor de los ojos y de la boca que les daban un
aspecto muy cómico.
Al llegar a la habitación, Lucía,
dolorida por el golpe, empezó a cambiar
el gesto y dijo:
—Nos hemos librado de «Quasimodo» por los
pelos, pero ahora está todo perdido. Por mi culpa. Los libros se quedaron…
—¿Te refieres a estos? —dijo una Berta
exultante, mientras sacaba dos viejos tomos de la mochila.
Lucía abrazó llorando a su amiga quien al
mirarla y ver el efecto de payaso que le producían las lágrimas sobre los
rodales de los ojos, soltó una carcajada.
Como es natural, el grado de excitación
no les iba a permitir dormir esa noche, sin antes inspeccionar los libros, uno
de ellos con un borde algo chamuscado. Después de sacudir el polvo
cuidadosamente para que no se rompiera,
tomaron el primer libro, cuyo título borroso sobre el cuero envejecido
era: «Registro de adopciones. Hospicio de
Hermanos Oradores Peregrinos. De 15
enero 1857 a 31 de Julio de 1902». El otro libro, mucho más nuevo y mejor
conservado, aunque con una punta ennegrecida,
tenía el mismo título, pero solo contenía la fecha de inicio: 1 de
agosto de 1902 hasta…, aparecía en blanco.
Decidieron mirar entre las fechas de 1902
y 1903, ya que de haber algo sobre el abuelo Alberto tenía que ser ahí. No sin
mucho esfuerzo, debido a la caligrafía con pluma, antigua y rebuscada, a veces
borrosa debido al efecto de la humedad sobre la tinta, consiguieron finalmente
encontrar en el segundo libro, con fecha 23 de septiembre de 1902, la entrada
en el hospicio del niño Alberto Expósito. No había ningún Alberto más en ese
año. Se había entregado por una persona cuya firma casi ilegible, figuraba en
un borde parcialmente quemado, y empezaba por «Borr…». En la página de
adopciones encontraron que el niño Alberto Expósito fue adoptado, con fecha 16
de junio de 1903, por un matrimonio de La Alberca, provincia de Salamanca,
tomando los apellidos de los padres adoptivos: Fraile González.
Las dos daban saltos de alegría al
encontrar, por fin, el nombre del abuelo de Lucía. Aunque no era mucho, habían
dado un paso importante para averiguar los orígenes. Lástima que el nombre de
la persona que lo entregó fuera ininteligible.
Decidieron que aquel día, lleno de
emociones, debían darlo por concluido y, después de esconder la ropa sucia y
los libros en sendas bolsas, se dieron una ducha, frotándose a conciencia la
suciedad, y se acostaron.
A la mañana siguiente, sobre las nueve,
unos tenues golpes en la puerta, las despertaron. Lucía, en ropa interior,
entreabrió la puerta y oyó:
—Buenos días. ¿Puedo pasar? Soy José, el
de recepción. Es importante que hablemos —dijo misterioso.
—Pero… estamos medio dormidas aún. ¿No
puedes esperar?
—No. Es por un suceso ocurrido
anoche, en la Iglesia. Parece que dos
personas desconocidas profanaron una tumba. La policía está preguntando a todo
el mundo y enseguida estarán en el hotel.
—Espera un segundo, que nos pongamos algo
encima y te abro— dijo Lucía entornando la puerta y sacudiendo a Berta para que
se levantara de inmediato. Se colocaron unas holgadas camisetas y dejaron entrar
a José.
— ¿Qué tiene que ver con nosotras esa
profanación? —dijo Lucía
—No soy policía, pero coincide que sois
dos. Me preguntasteis anteayer por los documentos del antiguo Hospicio de los
Hermanos Peregrinos y os informé de la posibilidad de que estuvieran en la
cripta. Y llegasteis anoche a las dos, en un estado lamentable, justo después de la hora en que Fray
Pancracio dice haber sorprendido a dos sujetos con pasamontañas en la cripta.
¿Sigo?
—Ya veo que estamos perdidas. ¿Nos vas a
denunciar? -–preguntó Lucía.
—No veo el motivo. No me parecéis
vulgares profanadoras de tumbas ni ladronas, aunque sí guapas atrevidas.
Contadme qué habéis encontrado y por qué lo habéis hecho.
Lucía hizo un rápido resumen de los
motivos de la investigación y de los documentos hallados, que le habían
permitido encontrar el origen de su abuelo. Mostraron los libros a José.
—Os propongo un trato. Yo os doy unas
fotocopias de las páginas que os interesan del libro y me entregáis los
originales. Puedo, perfectamente, declarar a la Policía que anoche no entró ni
salió nadie del hotel después de las diez de la noche, por ejemplo…
—Deben ser muy valiosos esos libros,
cuando te expones tanto —dijo Berta, ya más espabilada.
—Valor en sí, ninguno. Solo para mí,
porque llevaba muchos años tratando de encontrarlos para mis investigaciones
históricas y mis colecciones privadas. Me encantan los libros antiguos.
—Trato hecho —dijo Lucía estrechando su
mano y entregándole los libros—. Pero escóndenos esta bolsa de ropa polvorienta
donde nadie pueda encontrarla nunca. Tal vez dentro de la caldera.
José se marchó con los bultos, no sin
antes recordarles que se dieran prisa, por el posible interrogatorio. Se
arreglaron y bajaron a desayunar tranquilamente, con cara de no haber matado
una mosca en su vida.
Al terminar, ya estaban en recepción los
inspectores. José les llamó y las presentó. Les hicieron pasar a un despacho y las sometieron a un interrogatorio
normal, sobre lo que habían hecho el día anterior. Por supuesto reconocieron
haber saltado por la mañana el cordón ya que eran expertas en arte románico y
querían ver el estado de conservación de la puerta de entrada a la cripta,
cerrada ya tantos años. Berta dijo que querían preparar un informe para la
Universidad, a ver si conseguían acelerar la llegada de las subvenciones para
la reforma. Debió sonar muy creíble. «Ahí estuviste genial, Berta, improvisando
lo del informe para las subvenciones» —reconoció después Lucía.
Como el delito era prácticamente
inexistente, solo el allanamiento de la iglesia y la apertura de una tumba,
pero sin robo aparente alguno —Fray Pancracio debía desconocer lo de los
libros— y dado que la declaración de José había sido en la línea acordada, los
policías terminaron enseguida el rutinario e inútil interrogatorio. Las dejaron
marchar pidiéndoles colaboración en caso de que oyeran algo sospechoso de algún
peregrino o turista del Camino de Santiago.
Lucía y Berta decidieron tomarse un día
de relajación total, para superar el estrés, paseándose por los pueblos de
alrededor, y probando la deliciosa gastronomía palentina, mientras pensaban en
el próximo paso. Al día siguiente bajaron el equipaje a recepción y allí estaba
José, esta vez de turno de día, a quien pidieron la factura. Entre tanto, les
preguntó en voz baja:
—Me pica la curiosidad: ¿Y ahora qué vais
a hacer? ¿Cómo vais a proseguir con las investigaciones? —mientras les
entregaba disimuladamente un sobre con las fotocopias prometidas.
—Seguiremos recorriendo otros Monasterios
de los Hermanos Oradores Peregrinos, para ver si encontramos alguna pista que
nos conduzca al señor «Borr…». No se me ocurre nada más —dijo Lucía.
—Os puedo decir, como ya os anticipé, que
los monjes que huyeron de aquí durante la República se fueron a dos
Monasterios: el de Santa María de Carracedo, en Ponferrada y el de San
Francisco, en Betanzos. Pero lo que quizás no sepáis es que el primero está en
ruinas, fue abandonado enseguida por la
Orden y se encuentra en proceso de restauración. El segundo se quemó
totalmente en mitad de la Guerra civil. Dudo que podáis conseguir información
allí.
—¿Y qué fue de los monjes de la Orden?
—preguntó Berta ante el silencio de Lucía.
—La Orden se disolvió, pero algunos
expertos historiadores dicen que los monjes marcharon a Francia, uniéndose a
otra orden benedictina.
Viendo a las amigas desanimadas, José
tuvo una inspiración y, tratando de ayudarlas, preguntó a Lucía:
—¿Tienes una fotografía de algún cuadro
de la casona que pintas?
—Sí, mira estas fotos —dijo alargando su
móvil
José contempló las diversas fotos de
cuadros de la casa, del jardín, con las camelias y las dos palmeras flanqueando
la entrada… Sonriendo devolvió el móvil a Lucía y dijo:
—Podíais haber empezado por ahí. Está
clarísimo —continuó—. Es un pazo gallego típico. De la época de los indianos
que emigraron a América. Deberíais ir directamente a Betanzos sin perder más
tiempo e indagar en la pista de esas fotos. No puede haber muchos pazos como
ese.
Las dos amigas, agradecidas, cubrieron de
besos a un José abochornado tras el mostrador,
sobre todo cuando se dio cuenta de
que unos clientes estaban esperando su turno en la cola.
CAPÍTULO
IV
RUTA
DE LAS CAMELIAS
Autora: Marta Cornejo
Al fin se encontraban cerca de Betanzos.
El día era lluvioso y gris. A veces el limpiaparabrisas no daba abasto para la
cantidad de lluvia que caía. Otras veces, la lluvia amainaba y parecía que las
pequeñas gotas quisieran convertirse en copos de nieve. El estado de ánimo de
Lucía estaba en consonancia con el tiempo. Berta la animaba:
—Vamos, Lucía, ya verás como en
Betanzos descubrimos algo interesante. Bueno, tengo la corazonada de que lo que
encontraremos será más que interesante. Seguro que allí está la clave de todo.
—No sé, Berta. Es todo muy
complicado, ya no sé qué pensar.
—Piensa que estamos a punto de llegar y
que vamos a premiarnos con una buena cena.
El móvil de Lucía sonó en ese momento.
—Es Pedro —Lucía vio su nombre en la
pantalla del teléfono—. Hola, Pedro —la voz de Lucía sonó más animada que hacía
unos instantes—. ¿Vienes mañana a Betanzos?... Estupendo.
La cara de Lucía se iluminó y a Berta no
le pasó desapercibido. Después de una corta conversación con Pedro, Lucía se
dirigió a su amiga.:
—Dice Pedro que mañana a mediodía se nos
une, que nos echa de menos y que le ha pillado el gustillo a ser investigador.
—¡Vaya!, seguro que te echa de menos a ti
más que a mí —Berta le guiñó un ojo a su amiga, apartando un momento la vista
de la carretera.
—Venga, Berta, no empieces. Pedro me cae
muy bien, y a ti también, ¿no?
—Sí, sí, a mí también. Pero creo que a ti
te gusta bastante. ¿O me equivoco?
—Pues sí, Berta, me gusta, pero no tengo
ánimo ni disposición para pensar en nada más allá de una amistad. Ahora mismo
solo hay una cosa que me preocupa: encontrar el origen de lo que me está pasando,
de mis sueños y mis pesadillas.
—Vale, vale, está claro. Pero Pedro no
está nada mal, yo me lo pensaría…
—Déjalo ya, Berta. ¡Mira, ahí está la
salida a Betanzos!
Berta se desvió a la derecha, siguiendo
la indicación. La lluvia había cesado y las nubes empezaban a ser menos densas.
Cuando llegaron a la plaza, aparcaron
cerca de unos soportales donde se encontraba la oficina de Turismo. Entraron y
pidieron información de la zona. Después de recomendarles un par de hostales,
les informaron sobre “La ruta de las camelias”, un recorrido por diferentes
pazos de los alrededores, todos ellos con magníficos jardines.
Estaban agotadas, pero unos tímidos rayos
de sol aparecieron entre las nubes, lo que animó a las amigas y, sobre todo, a
Lucía, quien había parecido revivir con la noticia de que Pedro se les uniría
al día siguiente.
Por la mañana, Lucía y Berta recorrieron
varios pazos que estaban indicados en el folleto de Turismo. Ninguno era la
casa soñada por Lucía. En uno de ellos entablaron conversación con uno de los
jardineros y le preguntaron si no había otros pazos o casonas señoriales en los
alrededores. El jardinero les contó que la ruta turística incluía solo los que
estaban restaurados y eran visitables, pero que había, al menos, tres pazos más
que permanecían abandonados, por eso no se citaban en el folleto.
Las dos amigas decidieron buscar esos
pazos por la tarde, ya con Pedro, que se les uniría para comer. Habían quedado
en la plaza, donde se encontraban varios restaurantes y tascas típicas.
Pedro y Lucía se alegraron de verse, y
eso que solo habían estado separados cinco días. La comida fue animada, pues
Pedro venía con ánimos renovados y contagió a las dos mujeres su optimismo.
—Ya veréis como esta tarde encontramos
algo —les aseguró.
Se dirigieron a los dos primeros pazos,
que estaban muy cerca de la salida a la carretera de La Coruña. Ambos estaban
bastante abandonados, pero su sólida estructura se mantenía totalmente en pie.
Ninguno de los dos le resultó familiar a Lucía.
Al llegar al último pazo, el pazo de
Láncar, en Bergondo, una pequeña aldea junto a Betanzos, aparcaron el coche
junto a un muro del que sobresalían enormes árboles de ramaje salvaje y
descuidado. Decidieron bordear el muro para buscar una puerta o algún tipo de
entrada a lo que supusieron debía de ser una gran casa en medio de una especie
de selva enmarañada. El cielo estaba plomizo y empezaban a caer gruesas gotas
de lluvia, mientras se dejaba sentir algún trueno. Comenzó a llover fuertemente
mientras los tres amigos intentaban refugiarse bajo las ramas, pero la lluvia
arreciaba y Berta decidió buscar refugio en algún sitio.
—¡Nos estamos empapando, vamos a algún
sitio a resguardarnos y cuando pare de llover, volvemos! —Berta salió
corriendo, al tiempo que animaba a Lucía y Pedro a seguirla.
Pero Lucía se había quedado inmóvil:
mirando por un boquete del muro, había visto la fachada que tantas veces había
aparecido en sus sueños, la fachada flanqueada por dos altísimas palmeras…, la
escalinata…, los dos torreones, uno de ellos semiderruido…, las paredes
desconchadas, las desvencijadas contraventanas verdes...
CAPÍTULO V
EL PAZO
Autora: Aurora Asensi
Lo que tantas veces le había parecido
irreal... ahora estaba ahí, frente a ella. Ya no era un sueño...
Pedro, cogiéndola suavemente por los hombros,
dijo:
—Tranquila, todo irá bien. Estoy contigo.
Berta
había decidido quedarse bajo el porche de una parada de autobús cercana.
«Estáis un poco locos. Os vais a empapar. ¿Por qué no esperamos a que escampe?»
—pensaba.
Juntos inspeccionaron la valla buscando
un hueco, un resquicio por donde penetrar al jardín y, sin dificultad, lo
consiguieron dado el estado en que se encontraba.
«Todo está ahí... Es increíble» —pensó
Lucía. Sintió vértigo frente a la fachada que tantas veces había sido un anuncio
de lo incomprendido.
El cielo se cerró y la cortina de lluvia
los envolvió pero a ella nada parecía importarle. Como hipnotizada, se dirigió
a los escalones que daban paso a la entrada. Agarró el pomo de la puerta que
tantas veces había visto, pero esta no cedió. Pedro, que había ido tras Lucía,
cogió sus manos heladas, pero ella no parecía sentirlo, empapada como estaba de
lluvia y lágrimas. El cielo se incendió
por momentos, y se escucharon estampidos atronadores. Pedro la llevó con
firmeza hacia un lateral de la casa, bajo una techumbre. Justo allí había una ventana carcomida y de
un empujón consiguió abrirla. Lucía, poseída por una atracción incontrolable,
entró. En el interior el aire era denso. Aunque todavía era de día, el amplio
salón en el que se encontraban estaba envuelto por una neblina que hacía aún
más enigmática la escena. De las paredes enmohecidas colgaban varios cuadros
representando paisajes y algún retrato.
Ella avanzó con los brazos extendidos,
como sonámbula, arrastrada por una voluntad ajena a la suya, mientras de sus
labios se escapaban palabras ininteligibles. Él la miró con fascinación y algo
asustado, pero no quiso interferir, presintiendo que algo fuera de toda lógica
iba a ocurrir. Lucía fue directamente
hacia uno de los cuadros, puso sus manos sobre él y un espasmo agitó todo su cuerpo.
Pedro la sujetó cuando empezaba a desplomarse y, a pesar de la
semioscuridad reinante, pudo contemplar,
con asombro, el retrato de una mujer de enorme parecido a Lucía, o más bien a
una Lucía en su primera juventud.
Pedro arrancó el cuadro de las manos
de Lucía y la sacó de allí, aquella estancia era demasiado
turbadora. Una vez fuera de la casa,
bajo el techado junto a la ventana, Lucía preguntó a Pedro si había visto lo mismo que ella. Él asintió con la
cabeza y la abrazó con fuerza.
Serían las seis de la tarde cuando un
fuerte vendaval se levantó y la hojarasca barrida dejó al descubierto, muy cerca de ellos, dos lápidas. Sin
importarles el aguacero, se pusieron de rodillas junto a ellas y con las manos
descubrieron las inscripciones. En una se leía: «Blanca Borrajo Llanes
(1875-1921)»; en la otra, «Julian Borrajo Paredes (1848-1936)».
Pedro se levantó, alejándose unos metros.
Recordó entonces el apellido casi ilegible del libro del hospicio que le había
enseñado Lucía. Ella permanecía absorta, en el suelo cuando, repentinamente,
una luz cegadora y un estampido atronador la envolvieron. Un rayo había caído
destruyendo el torreón que aún quedaba en pie y una de sus ramificaciones
alcanzó la tumba del hombre, junto a la que estaba Lucía.
CAPÍTULO VI
EL
HOSPITAL
Autora: Marta Cornejo
Imágenes sin forma definida, colores,
líneas… se agolpaban en la mente de Lucía. No tenía una noción clara de dónde
se encontraba. Había estado dos días en coma, pero había despertado y empezaba
a ser consciente de lo que la rodeaba: paredes verde manzana, puertas que se
abrían y cerraban, una ventana por donde, a veces, se filtraban unos débiles
rayos de sol. A menudo caía en una duermevela que no le impedía escuchar lo que
se decía a su alrededor. Oía la voz de Pedro, y a veces la de Berta, junto con
otras voces que no podía identificar.
Lucía se imaginaba a menudo flotando: era un globo mecido por el viento.
La sensación era agradable, pero le desconcertaba no poder aterrizar. Otras
veces, notaba una brisa en el rostro, parecía estar en la cumbre de alguna
montaña, con un enorme valle a sus pies. Solo imaginaba espacios abiertos y
cielos limpios de nubes.
Finalmente, pudo vencer la pesadez de sus párpados y mantuvo los ojos
abiertos. ¿Dónde estaba? Giró la cabeza hacia la luz y se encontró con el
rostro de Pedro, sonriéndole.
—Hola, guapa.
—Hola —Lucía se dio cuenta de que le
costaba articular, tenía la boca seca. —Estoy en un hospital, ¿verdad?
—Sí. ¿Cómo te encuentras?
—Bien —respondió Lucía, —pero no tengo
claro por qué estoy aquí. Estoy confusa.
Pedro le ofreció un poco de agua.
—¿No recuerdas lo que te ocurrió?
—No, solo tengo sensaciones. A veces
siento un calor repentino y una especie de sensación de vacío; creo que voy a
recordar algo… pero se me escapa.
—La historia es larga, Lucía, además de
increíble. Estás viva de puro milagro…
Entonces, Pedro le contó lo sucedido: el
pazo, la tormenta, el rayo que la había afectado, por suerte, solo
tangencialmente…
Lucía no recordaba nada de todo aquello.
Ni rastro en su mente de las imágenes que durante tanto tiempo la habían
atormentado ni del impacto que sufrió ante las tumbas. Ahora entendía por qué
tenía las piernas vendadas y le costaba trabajo moverlas. Las quemaduras de
tercer grado todavía tardarían en curar. Había tenido mucha suerte, era una
superviviente
—Berta ha
hablado con tu hijo Diego y me ha dicho que estará aquí muy pronto—Pedro
le apretaba la mano. —Ha podido arreglar los asuntos de trabajo. Está deseando
verte y darte un abrazo.
Lucía, con los ojos llorosos, asentía.
—Verás cómo te vas a poner bien muy
pronto.
—Gracias, Pedro —la voz de Lucía fue un
susurro apenas audible.
La noticia de la llegada de su hijo fue
un bálsamo para las heridas de Lucía.
Los días comenzaban a alargarse
anunciando una tímida primavera. Lucía se recuperaba poco a poco y quería
ordenar sus pensamientos para reconstruir los sucesos que la habían llevado
hasta aquella habitación de hospital. Necesitaba comprender y le pidió a Berta
que le contara todos los detalles de lo sucedido el día de la tormenta.
Berta le relató que al alejarse del pazo,
dejando a Lucía y Pedro, se había refugiado bajo una marquesina de madera que
hacía las veces de parada de autobús. El agua se filtraba entre las tablas,
pero, al menos, protegía de la tremenda cantidad de lluvia que estaba cayendo.
Allí había encontrado a un aldeano que le contó la historia del pazo de Láncar,
del dueño, Julián Borrajo, y de su hija Blanca.
La joven Blanca se había vuelto loca al
perder a su hijo de pocos meses, y el padre la había tenido encerrada en la
casa durante años, en el torreón ahora derruido. A veces, según contaban los
viejos, se escuchaban sus gritos en la aldea. La joven llamaba al niño y
profería gemidos y lamentos desgarradores como si alguien le hubiera quitado a
la criatura. Un día de tormenta, un rayo había destruido el torreón, acabando
también con la vida de Blanca. Entonces, el padre decidió marchar a América,
donde tiempo atrás había hecho fortuna. La casa quedó abandonada. Transcurridos
unos años falleció en la Argentina, pero había dejado estipulado en su
testamento que quería ser enterrado en el pazo de Láncar junto a su hija, que
yacía allí. Padre e hija permanecieron juntos bajo la tierra desde entonces. El
pazo nunca se reconstruyó, pues pasó a propiedad de varios parientes que no
llegaron a ponerse de acuerdo en los términos de la herencia.
Lo asombroso de la historia es que el
rayo que había afectado a Lucía, había destruido el otro torreón del pazo,
donde solía habitar el padre, y también su tumba. La tumba de Blanca había
quedado intacta. Parecía una venganza del destino que, al cabo de los años,
había deparado el mismo final al padre y a la hija.
Las ajetreadas mañanas de hospital, con
enfermeras y médicos que entraban y salían de la habitación, daban paso a las
tardes diáfanas que se extendían en la luminosidad del cuarto. Lucía se
encontraba cada día un poco mejor y era
más consciente de todo. Aun así no lograba recordar los sucesos acaecidos ni
evocar la imagen del pazo, esa imagen que había rondado por su cabeza durante
tanto tiempo. Solo, en alguna ocasión, habían vuelto a su mente sensaciones
difusas que sentía como un martillo metálico golpeando sus sienes, pero que
desaparecían sin dejar rastro.
Pedro, que estaba escribiendo una historia con todo lo
sucedido, iba y venía a La Alberca, turnándose con Berta en acompañar a Lucía.
La presencia de Pedro se había convertido en un apoyo impagable: callaba cuando
era preciso, le hablaba cuando lo necesitaba, le mostraba un afecto
incondicional, bromeaba y le contaba pequeñas historias que hacían más
llevaderas las largas horas de hospital.
Era el abrigo con el que Lucía se arropaba y su calor empezaba a ser vital para
ella.
Una tarde de marzo, Lucía miraba por la
ventana los tímidos brotes de las ramas del olmo que se erguía por encima de
los demás árboles del pequeño jardín. Pedro entró y le dio un beso en la
mejilla.
—¿Cómo estás hoy?
—Muy bien. He andado por el pasillo un
buen rato y me he tomado todo el desayuno y casi toda la comida.
—Así me gusta, estás hecha toda una mujer
—bromeó Pedro con una sonrisa cómplice.
—Tengo una buena noticia: el viernes me
dan el alta —Lucía le sonrió.
—Estupendo, Lucía, estoy seguro de que en
tu casa terminarás de recuperarte del todo.
—Sí, eso creo. Además, ahora que viene
Diego prefiero estar en casa y aprovechar cada minuto para disfrutar de él.
—Muy bien. Yo me iré al pueblo. Tengo mis
cosas un poco abandonadas.
—Pedro, gracias por estar conmigo y por
dejar aparcados tus asuntos. Has sido una ayuda fundamental para mí y… no sé
cómo agradecértelo, de verdad —Lucía miraba a Pedro con los ojos húmedos
mientras cogía su mano y la apretaba con fuerza.
—Agradécemelo poniéndote buena pronto
—Pedro respondió a la presión de la mano de Lucía.
—Berta y tú habéis sido mi apoyo…y lo
sois todavía…
—Lucía, yo he estado donde quería estar
y… espero seguir estando, si tú quieres —la mirada de Pedro se dirigió intensa
a los ojos llorosos de Lucía.
—Claro que quiero…
—Mira, —Pedro, sentado frente a Lucía, se
inclinó para estar más cerca de ella —yo voy a marcharme y te dejo con tu hijo
para que disfrutes plenamente de los días que va a estar aquí. Después volveré
y hablaremos de nosotros, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —Lucía apenas controló su
impulso de reír y llorar a la vez.
Pedro se inclinó aún más y besó
suavemente a Lucía en los labios. Ambos notaron una sensación cálida que creían
ya olvidada.
CAPÍTULO VII
EL HIJO
Autora: Marta Cornejo
Los días con Diego, ya en Valladolid,
transcurrieron demasiado rápidos. Los paseos junto al río, los largos desayunos
en la cocina, las visitas de los amigos… A Lucía le parecía un milagro tener a
su hijo otra vez en casa. Había sentido su marcha como un auténtico desgarro.
Pero sabía que no debía retenerlo, no podía ser un obstáculo en su camino.
Lucía tenía ganas de vivir y se esforzaba por
recuperar su vida, lejos de obsesiones y pesadillas. La compañía de Diego le
daba fuerzas. Pedro hablaba mucho por teléfono con ella y el cariño de su
familia y de sus amigos estaba resultando definitivo en su curación. Solo
alguna noche que Diego había salido, estando sola en casa, había intuido alguna
sensación extraña que apartaba inmediatamente de su cabeza, pero que le dejaba
un rastro amargo, como si masticara herrumbre y polvo.
Una tarde intentó ponerse a pintar de
nuevo, quería saber si volvería la
imagen recurrente de tantas otras veces…, pero su mente se hallaba en blanco.
Estaba ensimismada, intentando definir
un contorno que le era familiar, pero que no era capaz de plasmar, y abandonó
los pinceles. En ese momento sonó el teléfono. Era el doctor Moura, uno de los
doctores del hospital donde había pasado más de un mes.
—¿Cómo se encuentra, Lucía?
—Bien, doctor. Estoy tranquila, pero
tengo algunas lagunas y no puedo recordar ciertas cosas.
—Bueno, es normal. Piense que sufrió un
gran shock.
—Sí, supongo que sí…
—Verá, Lucía, he estado estudiando su
caso con mucho interés y me gustaría cambiar impresiones con usted. Tengo unos
días libres y podría acercarme a Valladolid, si no tiene inconveniente.
—Por supuesto que no, doctor, venga a
casa cuando quiera, me encantará hablar con usted. Pero, ¿ocurre algo por lo
que deba preocuparme? —Lucía se alarmó.
—No, no, por favor, no se preocupe.
Únicamente quiero que hablemos porque quizá
pueda ayudarla, si no a comprender, sí a aceptar todo lo que le ha
ocurrido. La verdad es que, hoy por hoy, la ciencia— dijo —no puede explicarlo
todo.
El doctor Moura acudió el fin de semana a
la cita con Lucía. Berta y Diego la acompañaban. Mientras tomaban café, el doctor les explicó su teoría de lo
sucedido.
—Muchos puntos pueden tener alguna
explicación científica, pero como le he sugerido por teléfono, a la
neurociencia le queda mucho camino por recorrer.
—Doctor, yo siempre he sido una persona
muy intuitiva, pero realista y práctica, a la vez. No creo que llegue nunca a
entender lo que me ha ocurrido, lo que quiero es olvidarlo y, sencillamente,
vivir.
—Verá —explicó el doctor Moura—, la
memoria de los sucesos traumáticos, que dejan un rastro marcado sobre la psique
(tragedias violentas, muertes, pérdidas desgarradoras…), puede ser barrida, o
neutralizada a través de otro suceso traumático de igual o mayor impacto emocional.
La fuerza del segundo shock anula la huella del primero, por decirlo de algún
modo. Ello ha sido demostrado en numerosos estudios sobre pacientes afectados
por grandes traumas. Por tanto, el impacto del rayo puede haber borrado la
memoria heredada de los sucesos sufridos por su antepasada, su bisabuela. Queda
por resolver cómo ha llegado hasta usted la presencia tan intensa de unos
hechos ocurridos muchos años antes. Por el motivo que sea, sus conexiones neuronales son, o al menos
eran, hipersensibles y habían captado imágenes y voces marcadas de algún modo
en su herencia genética. Según la teoría de la Bioneuroemoción, los herederos
van acumulando, en forma de dolencias físicas o mentales, los conflictos no
resueltos del pasado familiar. La ciencia está investigando al respecto, pero
no hay todavía resultados ni explicaciones definitivas.
—Doctor Moura, me cuesta trabajo
comprender por qué me ha ocurrido esto, es más, no recuerdo el día de la
tormenta ni tampoco la historia de mis antepasados. Solo sé lo que me han
contado y, si le soy franca, quizá sea
mejor así.
—Entiendo su postura. Pero si cambia de
opinión, sepa que su caso es digno de ser estudiado con más detalle y yo
estaría dispuesto a hacerlo si usted quisiera realizar algunas sesiones de terapia
en mi consulta.
—Doctor, le agradezco su interés, pero
solo quiero empezar de nuevo y disfrutar de lo que tengo. No quiero volver
atrás ni hurgar en el pasado. En este momento solo me preocupa el presente
—Lucía miró a Diego—. No necesito nada más.
Lucía despidió al doctor Moura y, cuando este se marchó, comenzó a llorar.
Berta, preocupada, le preguntó qué le ocurría. Lucía lloraba de felicidad, al
fin se sentía liberada. Quería ser una mujer nueva, olvidar sus obsesiones,
dejar de sufrir. Era una superviviente y solo quería ser feliz. Solo anhelaba
pintar cielos abiertos y paisajes multicolores. Solo necesitaba desterrar las
sombras de su alma.
Diego regresó a Australia. La despedida
fue difícil, pero Lucía sabía que Diego siempre estaría con ella, aunque
viviera a miles de kilómetros de distancia. Era consciente de que su hijo
estaba bien en Melbourne, de que le gustaba su trabajo, y había intuido,
además, que probablemente también tuviera allí algo parecido a una novia.
Estaba claro que su vida se encontraba allí.
Lucía ahora se sentía una mujer nueva y
había aprendido a valorar lo que tenía. Ante ella tenía un nuevo reto, su
relación con Pedro. También quería volver a poner en marcha la tienda, cerrada
durante varios meses, retomar la pintura… Si alguna sombra pasaba fugazmente
por su mente, la borraba de inmediato.
La primavera vestía de aguaceros y tardes cálidas la
ciudad, mientras Lucía y Pedro se acomodaban a una situación nueva en sus
vidas. Lucía intentaba disfrutar con cada pequeña cosa que la vida le
proporcionaba, pero de cuando en cuando sufría episodios de ausencia que
preocupaban a Pedro.
Lucía y Diego hablaban un par de veces
por semana. La pantalla del ordenador le
devolvía una imagen algo deformada de su hijo, pero, al menos podía verlo. Lo
conocía muy bien, sabía si estaba contento, o triste, o cansado…
Últimamente parecía preocupado.
Una noche, el rostro de Diego delataba
una fatiga que Lucía no había notado otras veces. No quería ser la típica madre
pesada y había estado evitando preguntarle, pero ya no podía más. A su hijo le
ocurría algo. Después de insistirle mucho, finalmente, Diego le contó lo que le
pasaba.
Desde hacía días vivía obsesionado por un
sueño cada vez más frecuente: soñaba con una gran tormenta, sentía que le
envolvía una luz cegadora, escuchaba un ruido abrumador y notaba una sacudida
interna, su cuerpo parecía arder y caía a tierra en un espasmo violento. Se
desplomaba sobre la tierra mojada.
Había sido alcanzado por un rayo.